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| Trío Matamoros |
Felices lágrimas negras
Por: Antonio López Sánchez
“Aunque tú me has echado en el abandono, aunque ya has muerto todas mis ilusiones...” A toda voz, escorado como un velero tras sufrir un huracán pero todavía navegando, el viejo se cruza conmigo al salir de un oscuro bar, incluso más caluroso que este mediodía en plena Habana. Me sonríe por un instante su alegría ebria y sigue su camino cantando unas nada tristes Lágrimas negras. A dúo con su voz que se aleja, termino en mi mente la estrofa.
Posiblemente no haya homenaje mejor a una canción, y a su autor, que estar en boca del pueblo. ¿Quién no se sabe Lágrimas negras; quién no la habrá entonado al menos una vez? Y si añadimos que se escribió por ese genio que fue Miguel Matamoros por allá por la primera mitad del siglo pasado, hay que ponerle un par de buenos signos de admiración a tan larga existencia.
Pensando en esto me ensordece el paso de un taxi, con un sonriente neocalesero con drelos a lo Bob Marley, que pasea un estridente reguetón desde los baffles del auto. Aunque de seguro Marley, el alma del reggae, debe vibrar de impotencia con todos sus huesos ante cada hiriente verso de este repetido ritmo. Y entonces empiezo a pensar en el papel, para que no se me olvide.
Como casi todo en este mundo nuestro, la música es hoy un impresionante negocio. Las empresas disqueras se dan el lujo de fabricar ídolos como salchichas y, más aún, de crear la ilusión de que necesitamos de esa música. Cada cierto tiempo, emerge un nombre, acompañado de toda la parafernalia posible, luces, bailes, besos en público, provocativa desnudez y demás ingredientes para enmascarar su falta de talento real. Entonces cautiva multitudes, impone vestuarios, peinados, canciones que sospechosamente repiten más o menos lo mismos motivos bobos y cansones de amores mal logrados, playas felices, autos de lujo y chicas conquistables y bien divertidas y de no puedo vivir sin ti y ven a gozar. Todo hasta que se gasta y aparece un ídolo nuevo y se repite el ciclo.
Lo triste es que tales “músicas” proliferan entonces en colectiva metástasis. Como en un hechizo donde la poderosa bruja del mercado lograra convertir a todos los sapos artistas en príncipes y princesas. Sin embargo, cualquier observador podrá notar que luego de la moda, ni el nombre ni el hit de turno son recordados alguna vez.
Por supuesto que los consumidores más jóvenes de uno y otro sexo son el blanco favorito de tales engendros. Sabido que la pasión adolescente defiende con furor casi irracional a veces a sus gustos y héroes musicales. Y que criterios como, esto es nada más para divertirnos y no para pensar, es solo para desconectar y pasar el rato, son los más habituales argumentos de defensa. Lo triste es que el rato a veces se extiende toda la vida y debe ser muy terrible descubrir al final de la existencia que no nos hemos llenado de nada el alma en tanto tiempo, pues todo fue pasajera diversión. Que ninguna canción nos echa atrás el recuerdo hasta la adolescencia; que acompañamos al primer amor solo de un desenfrenado movimiento de cuerpo con el cerebro apagado y sin una sola frase que diga en otras palabras lo que hubiéramos querido decir y entonces sentíamos; que no nos encontramos a nosotros mismos en algún texto poético más allá del simple gozar y pasar el rato. Que cada seis meses renovamos las nostalgias y las memorias, según el ritmo o el héroe de moda o que simplemente no tenemos ninguna.
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¿Quién que bailó con Chirrín Chirrán,
de los Van Van, podrá olvidarlo? |
¿Quién no se divirtió en su tiempo con La engañadora; con Benny Moré bailando y cantando al frente de su Banda Gigante; quién que lo viviera podría borrar a Chucho Valdés y los Irakere, atronando metales mediante, con aquel inolvidable Bacalao con pan; quién que bailó con Chirrín Chirrán, de los Van Van, podrá olvidarlo? Y todas esas obras son bien recordadas todavía. Valen su peso en buen arte y en nostalgias y alegrías vividas y son además para divertirse, supuestamente para desconectar. Pero igualmente no veo reñidas con la diversión canciones tales como Novia mía, del inolvidable José Antonio; Palabras, de una Marta Valdés; Ojalá, de un Silvio, por sólo citar tres ejemplos que ya rebasan las tres décadas, y más, de haber sido concebidas. Y todos son ejemplos que recordamos con placer quienes tenemos la dicha de conocerlos y saborearlos, sin que importe cuándo fueron hechos pues saben a presente. Todavía no han terminado de decirnos todo lo que expresan. Y sí, son obras viejas. Pero viejo en este caso no es sinónimo de anquilosado, reaccionario, polvoriento, mustio, seco. Decir viejo al hablar de ese arte es elevarlo al significado de clásico, perdurable, verdaderamente válido e imperecedero y por ende actual.
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| Los temas César Portillo de la Luz son cantados por varios ídolos del pop |
Hay dos o tres de esas canciones “nuevas” con más votos para el olvido desde su concepción que cualquiera de las canciones “viejas” de César Portillo de la Luz, que deben rebasar casi todas los cuarenta o cincuenta años de compuestas. ¿Quién dirá que es vieja Contigo en la distancia, si hasta algunos ídolos del momento han tenido que echar mano de ella, para cantarla sin que siquiera sepan hablar el español?
De todas maneras, la diversión y la juventud tampoco están reñidas con el buen hacer. Por ahí están los muchachos y las canciones de ese grupo de compositores que integran el ámbito creativo que ha sido Habana Abierta para desmentir que tienen que odiarse el rigor artístico y la alegría. Que el arte para ser bueno, debe ser solemne y serio. Y podría apostar a la mención de otros ejemplos, de otros músicos y géneros, pero prefiero dejárselo a ese juez inexorable que es el tiempo.
Con toda honestidad dudo que alguna de esas canciones “para divertir” que antes mencionaba se fabrican como tornillos, dure en la memoria más allá de los seis u ocho meses para los que fueron concebidas. Y claro, no se trata de negar la diversión, el despejar por un rato. Se trata de que el despejar no debe ser la máxima que determine nuestras preferencias. Cierto que hay creaciones para el momento, que es importante divertirse. Pero hay caminos que también es necesario transitar y sentir el agrado de llenarse de esas huellas, imperecederas, sólidas. Y que el arte que deja rastros, que nos deja sentimientos que recordar, también nos da placer, también puede hacernos divertir, más sanamente y sin que nos suba el colesterol del mal gusto y de la tontería.
Debe ser sólida una canción, resistente su barca sobre el tiempo, para que un anciano de unos setenta y tantos años, escorado velero en ebrio gozo, y un periodista que transita la treintena puedan entonar los mismos versos y compartir la misma alegría. Debe tener bastante de valor y de presente para que esos cantares, en vez de maldecirnos con justo encono, apagándonos la razón, sean capaces todavía de colmarnos el alma de bendiciones. Aunque haga calor en la Habana.
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