colorao
Nuestro lugar en el mundo. Una mirada más a la Pedagogía del Oprimido de Paulo Freire
Restaurar y crear ¿hay algún dilema?
¿Y tu abuelo dónde está?
La moda desde los cielos
Por suerte estamos
¡Los casi chiflados!
Subvertir más que las palabras
Juego de niños…
Los tambores de Kong
Mirada a la escena cubana III
Destino documental de los ‘90
¿De vuelta al teatro de salitas? (Mirada crítica a la escena cubana II)
Feria del Libro: ¿Espacio para promover jóvenes escritores?
Oda al documentalismo serrano y comunitario
El Internado y otros embrollos de programación
Tocar la varita
Suficiente es casi nunca
Apuntes sobre responsabilidad intelectual
El Arte: ¿Ondas o partículas?
Éxodo: la representación sin fin
La pequeña Vera yace en la playa
¿El Boom del documental cubano?
Telesur: Mis Dudas (Y La Duda De Los Otros)
¿Creer a (con) Baby Lores?
Amarse con reguetón
¿Al duro, sin guante y sin amor?
Al cierre de la valla: primer round
Las malas «artes» del voluntarismo
Los tres Villalobos: el “western congrí” retoma las pantallas
Felices lágrimas negras
¿Dónde estás, Pocholo?
Danilo el diverso
¿Qué estamos validando?
Clips de escalera
Estrellitas de cartón

El Internado y otros embrollos de programación

Por: Julio Martínez Molina
Fotos: Internet

El domingo 31 de enero, el colega Luis Luque publicó un comentario de opinión en Juventud Rebelde titulado “¿A esta hora y con ese… Internado?”, en torno a la ubicación en la franja infanto-juvenil televisiva de la tarde-noche (7 y 30) de la serie homónima española, a juicio suyo algo subidita de tono para el horario por su componente de lenguaje de adultos, misterio y violencia.

24 horas después, el ente, en lo cual devino súbita respuesta desprendida de un nivel de recepción inédito -pues ante llamados de atención anteriores de corte más o menos parecido las orejeras había sido lo común- la teletransportó hacia las tantas de la noche: al sector destinado a custodios, sonámbulos o vampiros, donde por cierto va mucho de lo mejor que actualmente se proyecta en el medio, sin que le sea posible verlo al trabajador.

Quien escribe se propuso, por baldío, no escribir más del tema “horarios televisivos”, luego de unos cuantos comentarios infructuosos en Cinco de Septiembre, Juventud Rebelde y el sitio de la UNEAC Nacional acerca del asunto; pero haré la excepción.

A la larga está bien claro que no se producen más telenovelas cubanas nuevas (un hecho ideológico en sí su no permanencia constante en pantallas) debido a la crisis económica, y que el ICRT la pasa amarga en su franja de dramatizados largos durante épocas de economía maltrecha. Bueno, nunca ha tenido su agosto total. También quedan despejadas otras cuestiones para nosotros y el común de los lectores, como la debida prioridad hacia los materiales de este género de factura criolla, en fin, cosas de las cuales ya se ha hablado bastante.

Lo que hasta ahora no he logrado que nadie me explique son los criterios tenidos en cuenta para la selección/ubicación de los horarios de las teleseries. En el capítulo 3 de la décima temporada de la serie televisiva norteamericana South Park, titulado Guerra de Cartones -sarcasmo en estado puro-, son unos manatíes quienes hacen los guiones del programa más visto de la cadena Fox.
Los inventan rodando unas pelotas con letras que ensartan y caen dentro de un componedor donde se van uniendo palabras, oraciones, ideas, el libreto. ¿Qué especie confeccionará los horarios de los canales cubanos? Sin dudas son mamíferos, aunque algo menos aguzados que los manatíes. Yo digo: ¿y nadie vio de qué iba El Internado antes de programarlo a tal hora?

Aunque tampoco es para tanto, aclaro: el 90 por ciento de las situaciones dramáticas de la serie está generado por niños y adolescentes. De puta madre y giros parecidos no son palabras ofensivas en España; todo lo contrario. De la violencia le resulta harto difícil abstraerse al hecho audiovisual en la actualidad, cual reflejo de un universo caótico e hiperviolento. Y misterio hay en Cinco semanas en globo, Viaje al centro de la Tierra y La isla misteriosa, valga la redundancia.

En México, sin ir más lejos, El Internado pasó de 7 a 8. Algo bastante peor se suscitó poco tiempo atrás en la  tele cubana, cuando a las 7 salió al aire Hermanos Rebeldes, cuyas protagonistas femeninas tenían y se compartían más parejas que hippies drogadas camino a Woodstock. Nadie dijo nada.

Recientemente Rufo Caballero dedicó una página en Trabajadoresal hecho erróneo de repetir, tan fresquita ella aun en la memoria, El balcón de los helechos, en el horario estelar de la telenovela cubana. Él deslizaba una sugerencia antes hecha por este comentarista: ¿por qué no pasan para ahí, en momentos de bache nacional, series de cualquier parte y validable calidad?

Me temo, empero, que la recepción aquí no va a ser todo lo favorable que en el caso El internado. Obró la rapidez del cambio en el de marras, no solo el alerta periodístico -o algún otro desconocido toquecito- sino además lo siguiente: cada capítulo de la citada serie de la cadena Antena 3 -todo un suceso en la Península- posee una duración de 80 minutos. Aquí, como mínimo, debían picarse en tres. Tres multiplicados por siete temporadas de 71 episodios: ¡qué va!, era mucho, y no cabía el riesgo de afrontar posteriores señalamientos durante tan prolongado lapso.

Éste y otros entuertos bien pudieran evitarse con una política más seria al abordar el asunto, mayor rigor, decantación, análisis. Aunque en el submundo digital cubano muchos andan ya por la sexta temporada, y la ven muchachos de toda edad, El Internado pasó, en televisión, muchisísimo (para usar una palabra de Paula, la niña de seis años que la protagoniza y relata en off) después de La Calabacita o que Doki -el perrito con voz de cuate de Discovery Kids, que Multivisión hizo suyo- digan: “Amiguitos, llegó la hora de dormir”.

En realidad, pese a su ritmo mantenido, tensión, buenas actuaciones y correcta factura, resulta una teleserie menor comparada con otras transmitidas por los canales criollos cuando la lechuza vaga, como las norteamericanas Seis pies bajo tierra, Los hombres de la Avenida Madison (Mad Men) o Daños (Damages), por citar solo tres ejemplos. Todas ellas, como otras aquí exhibidas, son respetadas por la crítica más exigente de EUA y del planeta entero; además de haber obtenido innumerables premios de considerable prestigio por cada una de sus temporadas.

Ninguna, por cierto, posee más elementos “subiditos de tono” que los de cualquier culebrón de la transnacional O´Globo; ni incluso que la erobobería con los cubitos de hielo de Susana Pérez y Roberto Perdomo en El balcón de los helechos.

© Asociación Hermanos Saíz. 2012.