
¿El Boom del documental cubano?
Por: Raciel Del Toro Hernández
El documental, aunque es un género que nació junto al cine mismo con aquellas ya antológicas imágenes de La llegada del tren o Salida de los obreros de la fábrica que nos legaran los hermanos Lumière, ha sido generalmente subvalorado y preterido a lo largo de los poco más de cien años de edad que ostenta el séptimo arte, sobre todo debido a esa preeminencia del star system hollywoodense que ha marcado mucha de la historiografía cinematográfica.
Sin embargo, aproximadamente a partir de la década de 1980, el discurso de la televisión, su preponderancia como medio de comunicación masiva y el surgimiento de varios programas cuyo contenido se basaba en materiales realizados con elementos tomados directamente de la realidad, provocó una regeneración del documental, muchas veces de la mano de formas híbridas que no tomaban en cuenta las pautas habituales en la conformación del género, como el “reality show” o el docudrama.
Esta revitalización ha ido afianzándose gracias a las facilidades tecnológicas de última generación (filmación con cámaras cada vez más manuables, edición digital, distribución a través de Internet, televisión on-line, etc.), lo cual ha derivado en un menor costo de la producción y en cierta “democratización” del audiovisual. A ello se une el éxito en fechas recientes de unos cuantos documentales españoles, franceses y estadounidenses, fundamentalmente los de Michael Moore (Bowling for Columbine, Fahrenheit 9/11 ó Sicko)y algunos de impronta ecologista, como El viaje del Emperador, de Luc Jacquet, ó Una verdad incómoda, dirigido por el ex vicepresidente de la Casa Blanca, Al Gore.
Por lo tanto, el género parece haber resurgido como un medio de expresión informativa, propagandística y/o artística, tributando a un fenómeno que algunos han catalogado de boom en varias latitudes el mundo, ¿también en Cuba?
El periodista y crítico de cine Joel del Río opina que no: “Hay mucha desinformación y se desconocen las principales técnicas y estilos del documental, así como sus grandes autores. Y es una pena, porque Cuba no está participando apenas en el gran éxito de que goza el género mundialmente.”
“Yo no sé si llamarle boom a lo que ha pasado en Cuba con el documental –duda el realizador Rigoberto Jiménez-. Lo cierto es que ha crecido la producción y el interés hacia este género. Creo que esto se debe sobre todo a las nuevas tecnologías y al crecimiento de los lugares donde se pueden formar documentalistas. Además, indudablemente los realizadores del documental tienen una preocupación genuina por lo que pasa a su alrededor y esto es vital para el género, y es entonces que también agrego a las causas del crecimiento el interés de los realizadores por su realidad diversa y compleja.”
Sin embargo, el crítico de cine y profesor de la facultad de los Medios de Comunicación Audiovisual del ISA (Instituto Superior de Arte), Gustavo Arcos, adjudica el crecimiento de la producción documental en Cuba al hecho de que los realizadores, desde un punto de vista técnico y productivo, pueden concentrarse con más facilidad en crear documentales y no obras de ficción, pues estas requieren más recursos. “Aunque es verdad que se están haciendo muchos documentales –explica-, no considero que haya en Cuba ningún boom porque la dirección de documentales muchas veces no está sujeta a los deseos de los realizadores como a las condiciones reales existentes: si se tienen o no los recursos, si te dan o no los permisos, si puedes filmar o no en determinado lugar, etc.”
Ya sea por una razón u otra, lo que sí es cierto es que la producción documental cubana ha ido en aumento luego de casi una parálisis total a principios de los años ´90. Pero también es real que una gran parte de estos materiales no son asumidos por la programación televisiva como ocurre en muchas otras partes del mundo. Esta producción muchas veces queda relegada a una circulación alternativa, a un ambiente doméstico que admite la exhibición sólo en pequeños cenáculos, que permite confeccionar películas con y para los amigos, en fin, una producción que básicamente no tiene salida comercial.
En este sentido, el periodista y profesor de cine cubano, Mario Piedra, recordó que “cuando apareció la televisión, la gente gritó: «ahora sí se jodió el cine». Y sucedió todo lo contrario, ya que los ´60 es un momento glorioso de la historia del cine, teniendo en cuenta que la televisión surge en los ´50, pero se afianza en los ´60. La muerte de casi todos los soportes ha sido proclamada como boom. Y ahora está pasando lo mismo: la aparición de la televisión por cable, de la televisión satelital, ha creado un enorme mercado de cine a nivel mundial. Es un tigre pidiendo comida siempre; y por supuesto, si hay un tigre pidiendo comida, pues hay gente dispuesta a tirársela. De hecho, actualmente casi se puede afirmar que el cine europeo se mantiene gracias a la televisión. Entonces hay un boom a nivel internacional, es cierto, porque hay espacios.”
Pero estos espacios escasean en la Isla. Y es por ello que desde el punto de vista de la distribución y la exhibición, el audiovisual cubano no participa del boom existente a nivel mundial. Aún son exiguas en la programación televisiva del país opciones como Breves Estaciones, o el deseo sincero de algunos espacios de promover el audiovisual del patio, como es el caso de Frank Padrón con su programa De Nuestra América.La televisión consume mucho material documental, es cierto, pero casi todo norteamericano, mientras unas pocas y escogidas obras de factura nacional deben conformarse con horarios no estelares, si quieren montarse en el trencito de la TV. Y “el vidrio es el vidrio”, señores; no neguemos su primacía en el reino de los mass media, aunque el cine sea más artístico e Internet más “democrático” (entre comillas).
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En el otro extremo de la cuerda, el crítico e investigador cinematográfico Juan Antonio García Borrero no cree que el éxito del documental contemporáneo sólo obedezca a una cuestión económica, aunque es evidente que influye. “Me parece que ante todo lo que se pone en evidencia –apunta- es un cansancio de ese cine de ficción que ha terminado por saturar al espectador. La gente está ávida de encontrar `mundos reales´, sobre todo porque con los noventa y el desplome de todos los grandes metarrelatos, el individuo sintió la necesidad de encontrar asideros reales que le permitieran sobrevivir en medio de un contexto francamente caótico. Cuba no es ajena a esa situación, de allí que los noventa se caractericen por esa producción donde lo que predomina es el retrato de las pequeñas épicas, esas que podríamos llamar las épicas cotidianas.”
Quizás esa misma voluntad de documentar lo cotidiano (muchas veces mediante formas que se asocian más con el estilo reporteril), de simplemente develar -sin profundizar mucho- zonas de la realidad nacional que no son usualmente reflejadas en los medios de comunicación masiva, es lo que ha provocado que en Cuba prime ese tipo de documental corto, que ronda alrededor de los 20 minutos.
Y es precisamente este tipo de documental el que, según Gustavo Arcos, no ha caracterizado a ese llamado boom en el género, sino “el documental inquisitivo, el documental político que se hace fundamentalmente en Estados Unidos y no solamente Michael Moore, sino otros muchos. Por ejemplo, existen muchos documentales de directores españoles que son largometrajes de una hora y media sobre la Guerra del Golfo, sobre problemas sociales, sobre la emigración, etc., y son documentales muy duros y muy crudos. Creo que ese documental social, o ese documental que reta, que le plantea preguntas al poder, que trata de cuestionar determinadas leyes, determinados valores que se están intentando implantar en determinadas zonas del planeta, es el tipo de documental que ha ganado premios y atención en el mundo.”
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Pero desde esta perspectiva, cuando miramos a Cuba, ese tipo de documental aquí no se hace. Hay en nuestros documentalistas una voluntad de hurgar en temáticas sociales o sociológicas, de explorar zonas de nuestra realidad vedadas para el Noticiero Nacional de Televisión, de cuestionar –a veces cruda y mordazmente-, pero el documental investigativo que ha marcado el boom internacional no existe en el país, salvo contadas –y de paso censuradas- excepciones, como Fuera de liga, de Ian Padrón.
Boom aparte, existente o no, ya sea productivo, temático, comercial o contextual, las denominaciones o conceptualizaciones no tienen el propósito ni deben mellar las ansias de nuestros documentalistas; su espíritu renovador, cambiante, revolucionario; el arrojo de literalmente echar mano a lo que aparezca (una cámara UMATI, un trípode hecho con un par de tornillos y un trozo de madera, o edición con el más elemental Windows Movie Maker) para captar toda la gama de grises que moldean o estatizan a la Cuba de hoy, desde el blanco más triunfalista hasta el más opaco de los negros.
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