
¿Dónde estás, Pocholo?
Por: Antonio Enrique González Rojas
Ante las reiterativas competencias con sabor de fotocopia y papel carbón, entre equipos de niños que se desgastan en el set del programa televisivo dominical El Elefante y la Hormiga, apelo a sus anteriores reencarnaciones, que han venido degenerando desde la dignidad de las décadas de 1980 y 1990 hasta la atrofia creativa en el alba del siglo XXI.
Entre la niebla de mis primeros años rescato el recuerdo del olvidado A jugar, donde se divulgaba el valor de la educación física en la formación del niño cubano, conjugada con otros campos del conocimiento como las matemáticas. Conducido por comentaristas deportivos de la Televisión Cubana (el que más recuerdo es René Navarro), asesorado por licenciados en Cultura Física y Educación Física, filmado en estadios y terrenos deportivos, este espacio apostaba por la creatividad, no reñida con la preparación física óptima.
Luego de esta oferta, las competencias entre equipos de niños inclinaron la balanza hacia una perspectiva más artística y creativa, consolidada en Pocholo y su Pandilla, programa protagonizado por el actor Nelson González en el papel de un mágico director de feria, constantemente al tanto de las travesuras de los “bonetes” Pastosa, Listón, Tico Tic Tac y el posteriormente incorporado Villano Mandax. Con el desarrollo de diferentes argumentos como pretexto, este se basaba en la pugna entre dos bandos de pandilleros, de “overall” y pañoleta en la cabeza, en diferentes juegos competitivos donde se combinaban también habilidades físicas y mental.
Aplaudido por unos, despreciado por otros en su momento, la memoria de Pocholo… acude desde hace casi dos décadas como ejemplo de voluntad creativa -producción compleja solo igualada por el más contemporáneo y raro La sombrilla amarilla- e histrionismo balanceado entre la calidad y la dignidad. No obstante, los llamativos personajes pregnaron en toda una generación de niños cubanos, quienes miramos con nostalgia hacia ese pasado sin retorno.
Marcada su decadencia por la salida del personaje del bonete Listón (sustituido por otro llamado Salitre, para nada dotado del carisma del otro actor), Pocholo… definió además el principio del fin de este tipo de producciones audiovisuales para público infantil, las cuales nunca han logrado más la factura de este.
El sustituto, nombrado Fantástico, estuvo marcado por la decadencia desde su mismo nacimiento, con un formato rígido que quiso mezclar las características deportivas de A jugar con el arte de la feria de Pocholo en un producto de poco alcance creativo, devenido en una inexperta animación turística de piscina, cada vez más torpe y reiterativa, donde los mismos juegos se repetían hasta el fin de los tiempos, por suerte adelantado ante la muerte térmica del programa.
El parque de todos fue un intento de reencarnación de Fantástico en busca de mayor originalidad (incluso repetían varios de sus actores) pero, inmediatamente degenerado en algo más de lo mismo, no llegó a la mayoría de edad.
Paralelamente a los intentos de la Televisión Cubana por fomentar estos programas competitivos (si bien no competentes), telecentros provinciales como TV Yumurí pulsó la cuerda con Barquito de Papel, de resultados pobres en el apartado lúdico, mas no en la trama secundaria, nombrada La Telepaella, protagonizada por grotescas lombrices dotadas de un humor interesante. La diferencia es marcada por el argumento de ciencia ficción “juliovernesca”, con referencias al programa La hora de las brujas, y un guión enriquecido por el uso de la jitanjáfora y la ironía, no usual en este tipo de producciones desde la época del programa de Osbrújula Pérez y Suárez del Villar.
Y las cadenas nacionales vuelven al ataque con una nueva reencarnación de Fantástico y El parque…, menos original y más aburrida que los dos juntos, nombrado El elefante y la hormiga, donde la improvisación de los conductores desluce por completo el programa y no hay nada nuevo bajo el Sol, digo, bajo las lámparas de los estudios del ICRT.
Es indudable el descenso de este tipo de producción televisiva en la línea del tiempo iniciada por A jugar, muy parecida a las versiones adultas como Todo el Mundo Canta, Para bailar, Para que tú lo bailes, Quién Sabe, Sorpresa XL, Encuentro con Clío, El selecto club de la neurona intranquila (sin dudas una bocanada de aire fresco a la que se le agota el aire), fomentada por las extensiones excesivas de espacios hasta el agotamiento más deprimente (Dando Vueltas y su fotocopia Abracadabra Sopa de Palabras, si bien se salen del formato tratado, son buen ejemplo de esto), quizás por no aparecer, o por no ser aceptadas, ideas renovadoras y auténticas.
Falta la nueva corriente que ventile la programación para infantes, donde estos jueguen un papel activo, convirtiéndose el niño común en protagonista de su propia aventura, midiendo fuerzas consigo mismo y con sus iguales, a la par que disfrute de un producto artísticamente rico y enriquecedor del espíritu. Quizás Pocholo duerma aún en su polvorienta feria, vamos a tratar de despertarlo…
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