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¿Creer a (con) Baby Lores?

Por: Armando Chaguaceda

La música popular cubana, pese a ser portadora de una voluntad crítico-reflexiva acotada por los propósitos “recreativos” y sus anclajes en la difusión masiva dentro de los circuitos de tele y radiodifusión estatales, ha sido cronista de nuestra vida cotidiana. Los salseros del patio dieron cuenta de la irrupción masiva del mercado en la Cuba de los 90, con su secuela de modernización conservadora (auge del racismo y el machismo incluidos) y la irreversible recomposición social, pobremente explicada con la consoladora imagen de la "pirámide invertida."

Sin la radicalidad de cineastas y teatristas, pero con los poderosos recursos del acervo popular,  Juan Formell anunciaba en 1994 la búsqueda de “un socio para su negocio”, La Charanga Habanera ofrecía “papirriquis con guaniquiquis” prometiendo a nuestras conciudadanas que tendrían, parafraseando a Nicolás Guillén, "lo que tenían que tener". Y José Luis Cortés “el Tosco”, nos alertaba, incomprendido, de las “brujas sin sentimiento”, de forma menos lírica -y más gráfica- que Silvio Rodríguez y sus "flores de Quinta Avenida."

Paralelamente la explosión hiphopera se deslindó, a mediados de la pasada década, en dos campos con fronteras porosas, con una marea de grupos orientados al mercado y la reflexión social de “baja intensidad”, auspiciados y canalizados por disqueras foráneas y agencias estatales. Frente a estos, una red de colectivos culturales y cívicos contestatarios, que apuestan por autonomía creativa y la defensa del ethos comunitario, encararon los procesos (ocasionalmente aliados) de mercantilización y estatización del arte. Por último la irrupción del reggaetón, ya va desatando polémicas entre detractores y apologistas, recordando que en los predios del arte nada nace o fallece por decreto y que la música, como los virus, posee una notable capacidad de mutación y resignificación.

Pero debo confesar que el reciente video “Creo”, de Baby Lores, que presenta como don fundamental el de encender pasiones, superó todas mis expectativas. La obra cuenta con una puesta en escena sorprendente (y sospechosa), similar a otros videos recientes del rap contestatario: desarrollo en un vecindario popular con profusa presencia de símbolos patrios, ritmo y gestos beligerantes, uso de iconografía de la Revolución. El saldo es un producto pegajoso, visualmente atrayente, con gancho potencial entre sectores de la población joven, pero…

La obra encendió varios focos rojos. Procurando la doxa me acerqué a mis jóvenes vecinos de Regla y Alamar, conocedores y practicantes del reggaetón y la opinión casi unánime es un rechazo al video no por el mensaje o la factura, sino por lo que consideran “una jugada”. A todos sorprendió la repentina ideologización (y amplia difusión) de un artista cuya trayectoria más conocida se ha basado en canciones ligeras y debates protagónicos (con frecuencia insulsos) con rivales de semejante factura dentro del mercado. Al video y su autor no lo rechazan por político, sino por politiquero.

Yo prefiero tomar otros rumbos, fundados sobre la interpretación de las evidencias y no de las intenciones. En el video de marras la imagen y la idea de Fidel, en tanto líder histórico de la Revolución cubana, es “privatizada” por Baby Lores, al ser convertida, tatuaje mediante, en suerte de objeto de culto y amuleto por el cantante. Está claro que cada cuál es libre de “privatizar” lo que se le venga en gana (y nada es más personal que el cuerpo) siempre y cuando esa privatización solo lo afecte a él como individuo. Y que la apropiación colectiva de símbolos e ideas no deberá jamás desterrar las estrictas recreaciones individuales. Sin embargo, aprecio diferencias entre el fidelismo epidérmico de Baby y la apropiación colectiva del Che (en su doble condición de imagen e idea) por creadores cuyas obras, críticas de diversas facetas de la sociedad cubana, asumen y proyectan explícita y coherentemente valores ideológicos socialistas: solidaridad entre los pobres, compromiso crítico con el legado de la Revolución, denuncia sistémica de la mercantilización y no solamente del imperialismo encarnado en el gobierno de EEUU.

Por otro lado la letra es pobre en argumentos que sustenten el discurso que la imagen quiere vendernos, y cuando estos aparecen.... huelen a azufre¡¡¡ Enfundado en su “guapería elegante”, el cantante dice que “esto se va a poner caliente” y que “la verdad no se ensaya”, dando la apariencia de reducir la opción revolucionaria a un asunto de anuencia mecánica y  adoración de la fuerza viril desbordante en el video. Nada más cercano, aun en la ignorancia, al “cuando oigo cultura desenfundo mi pistola” tan caro a los jerarcas nazis. Y deja una clara opción a lo que disientan de su peculiar modelo revolucionario “si no te gusta aquí echa pallá”. Para colmo, un Baby empoderado se siente en el derecho a espetar un “condénenme y tú veras, la historia me absolverá”.

Este video se demarca de obras recientes de prometedores miradas sobre nuestras problemáticas sociales. Pienso en “Soy lo que ves”, del dúo Buena Fé, dirigida por el mismo Rufo Caballero que ahora, de forma algo enigmática, prodiga alabanzas a “Creo”. Aunque acusa cierto didactismo (véase la imagen angelical de Israel dando clases de Historia de Cuba) este video articula la imagen y la lírica con llamados a la reflexión crítica y comprometida (“equilibrio de caer y de seguir”, “el sentido de vivir forjando hechos más que sentado a maldecir”), rechaza la iconografía simplista (recordemos el ojo avizor tatuado en el brazo del bardo y la reivindicación simultánea de Che y Chaplin) y apuesta por seguir “descifrando estrellas tras las apariencias, fraguando esperanzas sobre las conciencias”. Una panoplia de recursos ausentes en el “panfleto guerrero” del reggaetonero cubano.

Mirando al horizonte me asaltan algunas preguntas. ¿Que tiene que ver la marginalidad mercantilizada y el nacionalismo descafeinado de “Creo” con un proyecto cultural emancipador? ¿Qué significa la actual difusión en horarios estelares de este video, cuando creadores comprometidos con su barrio, su identidad y el legado libertario de nuestro socialismo de liberación nacional (desde Frank Delgado a Los Aldeanos) no gozan de igual privilegio? ¿Este “producto” es compatible con una Revolución que aspira a ser hija de la Cultura y de las Ideas, persistentemente expansora (a despecho de la racionalidad mercantil) de Ferias del Libro y Universidades Municipales? ¿O es orgánico con la amalgama de cultura de masas (“la gente quiere despejar”) y dogmatismo ideológico (“no puede darse armas al enemigo”) preferidos por no pocos funcionarios del patio?

Vuelvo al caso. No se trata de vetar a Baby Lores y mucho menos negar su derecho  a interpretar una Cuba socialista como le plazca. Pienso que todos deben tener lugar y momento para difundir su obra, y creo que el debate estético, ético y político entre corrientes y obras contribuye al fomento de la más auténtica cultura general e integral de nuestra ciudadanía. Y siento que, como lo demuestra la experiencia del dúo Buena Fe, se puede hace música popular y ganar paulatinamente en madurez y agudeza.

Pero considero que estamos en momentos definitorios de nuestra nación y cultura, donde las exclusiones o auspicios pueden prefigurar tendencias mercantilizadoras y autoritarias en curso, en contra de una cultura y sociedad socialistas, participativas, democráticas, sostenibles. Martí nos enseñó que en política lo real es invisible y de “los palos dados por la vida” aprendimos que, a medio camino entre la paranoia o la ingenuidad, podemos vislumbrar los contornos, promisorios o funestos, de las cosas que vendrán.

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