
Clips de escalera
Por: Antonio Enrique González Rojas
En medio de la verdadera erupción hi-tech en que se ha convertido la industria del video clip cubano, sintonizada con los requerimientos cada vez más sofisticados del audiovisual en el mundo, y con resultados muchas veces superiores en factura a las realizaciones de la propia Televisión Nacional, es fácil olvidar el génesis de este arte en nuestro país, constituido por producciones de una poética sencilla, generada desde la ingenuidad de los bisoños realizadores de entonces, quienes estructuraban sus discursos desde la magra producción y las influencias directas del material dramatizado.
De esta época fundacional de la década de 1980 provienen un grupo de videos clip de fuerte carga narrativa, protagonizados muchos por Mayohuacán, Donato Poveda y otros. Paralelas al tema musical eran hilvanadas historias autónomas que trascendían la mera apoyatura visual del texto melódico. Tales relaciones simbióticas enriquecían estos productos, que desde la nostalgia tienen mucho que decir todavía a realizadores noveles como el cienfueguero Luis Miguel Cruz, quien fijó miras en estos paradigmas y logró redimensionar antiguos códigos en el video clip Besitos de Escalera, del trovador Nelson Valdés.
En este primer material promocional de la obra del joven trovador cubano, convergen dos tramas aparentemente divorciadas, que se imbrican en una riesgosa narración no lineal, tributaria de grandes temas arquetípicos como son el amor y la añoranza. Asumidos estos, no obstante, desde una frescura inocente que trasunta sinceridad. El minimalismo de los recursos disponibles logra ser compensado con una fotografía por momentos rayana en la exquisitez, tampoco libre de ciertos deslices donde se descuida la composición, pero que no cargan la balanza hacia el lado negativo.
La trama paralela, de menor carácter narrativo, que transcurre en áreas del Parque de Diversiones de la ciudad de Cienfuegos, goza además, de excelentes y ágiles planos, tomas y movimientos de gran expresividad, con una edición muy efectiva, que calza los propósitos dramatúrgicos del director y guionista. Todo redunda en una indagación lúdica, pero indagación al fin, del carácter del artista-protagonista, y en la consecución de nexos empáticos entre su figura y el público.
Igual suerte no corre la concebida como trama principal, leiv motiv de toda la cadena de acontecimientos: la historia del trovador y el marinero víctimas del coqueteo de la enigmática (?) muchacha, que los seduce y frustra con su huida cual sirena en corta visita por tierra firme. En primer lugar, esta adolece de una edición más fragmentaria y apresurada, lo cual dificulta la clara comprensión de la trama. Y es en esta historia donde la fotografía alcanza a la vez sus momentos de mayor gloria y también los de menor calidad.
Tres planos llegan a ser realmente imperdonables desde el punto de vista narrativo, pues dos caen en la graficación consciente de la letra: al texto …acordonándome tu amor… acompaña el proceso de atado de un cabo a la bita del muelle; una expresión farsesca y epidérmica del actor que interpreta al marinero complementa la frase …dos ojos mirando a la misma niña…;y un fragmento de trusa azul entrevisto, frustra todo intento de simular el desnudarse de la modelo, antes de su precipitación en el agua.
Cuando se asumen elementos del kitsch con el propósito de resemantizarlos se camina por una cuerda floja, que no deja de inclinarse constantemente hacia los dos bordes. Y uno de los bamboleos más pronunciados hacia el terreno de lo cursi es el uso de prendas de orfebrería (anillo, cadena con crucifijo) que la muchacha coloca como equívocas señales a los dos pretendientes. Aquí, los realizadores incurrieron en el pecado del facilismo, corriendo el riesgo de legitimar lo que se pretende ironizar.
A pesar de todo lo anteriormente mencionado, no es esta ópera prima de Luis Miguel Cruz, un paso en falso, sino otro escalón serio en la evolución del video clip concebido por cienfuegueros, arte aún incipiente en la provincia. No deja de ser Besitos de Escalera una efectiva promoción de la obra de Nelson Valdés. Y es una agradable mirada al pasado cercano, cuando la edición lineal y las cámaras de baja resolución eran la única contrapartida tecnológica de los talentos de un músico y un realizador. |