 Amarse con reguetón
¿Al duro, sin guante y sin amor?
Por: Antonio López Sánchez
Ya para nadie es un secreto que el reguetón, especialmente sus peores cultivadores, como sonora epidemia, se ha extendido velozmente y contamina inmisericorde los oídos universales. Como novedoso negocio, que deja abundante dinero, tiene la bendición de amplios aparatos comerciales y una enorme difusión para garantizar su producción y consumo.
En Cuba también ha hecho metástasis, principalmente en su rostro más criticable. Y como la gripe veraniega de cada año, que recibe el nombre del malo de la telenovela de turno, se mueve abundante entre fiestas, choferes de alquiler, cafeterías y comercios y por cuanta actividad, motivo o equipo que sirva y sea capaz de hacer bulla en este mundo.
No vamos a hablar de la monótona, escasa y reiterativa estructura ritmática de sus melodías. Tampoco del contaminante sonoro y terrorista atentado de quienes difunden esta ¿música? en lugares públicos, sin pensar, claro, en los decibelios que torturan los indefensos oídos de esos seres anormales que somos aquellos a los que no nos gustan los exagerados volúmenes musicales en ciertos momentos.
Vamos a hablar de un recodo, un sendero que se escurre reguetón adentro, enmascarado en el festivo, ligero y hasta inofensivo según algunos, espíritu de las letras de este género. Al menos, de las letras más difundidas.
Valga aclarar que hay algunos cultivadores de este ritmo que en determinados momentos, especialmente en los orígenes de esta manifestación, han apostado, como hicieron y hacen los raperos, por letras comprometidas y de verdadera búsqueda artística y fines loables. Sin embargo, debo decir honestamente que hasta ahora he escuchado muy pocas de verdadera calidad, incluso algunas de factura nacional, y los resultados no me parecen del todo felices.
Tal vez las excepciones puedan ser los trabajos de fusión de un grupo como Free Hole Negro, que ha experimentado con estos ritmos, aprovechando sus posibilidades dentro de sus propuestas musicales y los textos ambientalistas y de corte pro ecológico de Cubanos en la red o algunas, no todas, sólo algunas, de las letras de un proyecto como Kola Loka. Y a nivel internacional, donde también existen, a pesar de su nula difusión en algunos casos, son obviamente estas propuestas de diferente corte e intención las menos o nada privilegiadas por los grandes mercados y por ende las casi condenadas a no ser. Quizás un proyecto como Residente Calle Trece, ya bien posesionado, podría escapar de algunas críticas y exhibir mejores intenciones y pretensiones artísticas y textuales que sus correligionarios, pero un comentario más sólido de este hecho sería motivo de otro trabajo. A veces es tan bajo y burdo el nivel de lo hecho por la mayoría de los reguetoneros, que cualquier diferencia, cualquier búsqueda mínima, más allá de sus genuinas calidades, sólo por el hecho de ser diferente y resaltar un poco y tener una migaja de buena factura de algún tipo, nos suena a Beethoven y destaca a sus realizadores sobre el resto. Pero repito, eso es harina para otro empanizado.
Una de las constantes en el temario reguetonero es el sexo. Dicho así, parecería hallarnos ante un paraíso del erotismo y la sensualidad, como debiera ser cuando hay música, baile y poesía de por medio. No obstante, las realidades apuntan a todo lo contrario. El machismo, la violencia, el macho exitoso y dominante, la hembra sometida, presta siempre a los caprichos de “su hombre” y además, curiosamente siempre satisfecha, son los acápites más sobresalientes. Todo esto a través de un lenguaje donde prima la educación más baja, la vulgaridad en todas sus manifestaciones y la más elemental carencia de ternura y verdadera sensualidad y sensibilidad poética.
Sabido es que los medios, especialmente en edades bien tempranas, son parte muy importante de ese complejo entramado a través del cual se crean patrones de gusto en las personas. Y en esta era tecnológica en que vivimos, los medios (aunque siempre se piense en las grandes cadenas radiales, televisivas, en el cine, la prensa y las disqueras), incluyen también un simple cassette o un disco quemado. Soportes estos que son de ya relativamente fácil circulación.
¿Qué patrones entonces van a reproducir en un futuro o ya en el presente los habituales receptores y repetidores de estas letras? ¿Qué sexualidad puede desarrollar un adolescente varón que recibe como constante mensaje la entronización del dominio, la violencia sobre su pareja y la obligación de esta a complacerlo en todo y a incluso saborear esta suerte de sexo duro, que es el correcto según ellos, que tanto difunden y preconizan tales creaciones? ¿Qué capacidad de satisfacción puede desarrollar una chica, si siente que debe ser la receptora, la responsable de recibir el placer del otro y no una de las vitales protagonistas en el inigualable acto de amarse y dar y recibir placer mutuamente; si al escucharse desde una voz de mujer en una canción, esta solo reproduce gemidos y la aceptación de complacencias ajenas que al parecer siempre son infalibles?
A pesar de los evidentes avances en la mentalidad y los comportamientos sexuales de nuestras muchachas y muchachos persisten todavía diversos problemas. En la redacción de la Editorial de la Mujer, donde labora este cronista, se reciben abundantes cartas de problemas sexuales de parejas o de jóvenes de ambos sexos. La eyaculación precoz, la impotencia en los varones, más la anorgasmia y la insatisfacción sexual de las chicas, entre otras disfunciones, son, entre otros, de los problemas más comunes. Y casi siempre están fundamentadas en desconocimientos, ignorancias o comportamientos inadecuados y, sobre todo, basados en la carencia de mecanismos que desarrollen la comunicación y de confianza entre parejas. Eso, para no hablar de males mayores como las enfermedades venéreas y otros demonios reales y que también nos azotan.
Cómo entonces aceptar de brazos cruzados que la mayor parte de las letras de uno de los más seguidos ritmos musicales, inculquen en sus oyentes más jóvenes que el amor es una guerra; que la seducción es una especie de agresiva cacería donde la presa (siempre ella, obviamente), está obligada a aceptarlo todo; que los atractivos se reducen a belleza y dinero; que el sexo es un duelo, donde gana quien más duro lo haga, quien más brutal sea, quien manda y domine. Cómo mirar sin estremecimientos que el ritmo más seguido por la juventud pisotea los más elementales preceptos del respeto a las relaciones amorosas y usa a las mujeres, y las vulgariza y las convierte en simple objeto receptor de aventuras y caprichos o, cuando pretende igualarlas, como peones en un ajedrez de intercambios de ofensas para probar fuerzas entre parejas. Todo eso sin contar que además en esas obras se difunde una suerte de atmósfera de eterno jolgorio y fiesta donde todos son felices y nada malo ocurre a pesar del desorden o de ese orden irracional de violenta jungla y dominación machista y económica que son cada una de esas canciones.
Nuestras leyes apoyan obviamente la igualdad y el respeto por las mujeres. Pero ello no significa automáticamente que estas ideas están ya dentro de las construcciones sicológicas y los comportamientos de cada persona. Años, esfuerzos y mucha educación ha costado el sitio que ocupa la mujer cubana dentro de la sociedad y sus logros. Y todavía falta un enorme camino por recorrer hasta lograr los más altos escalones posibles. Entonces, permitir que tanto tiempo y batallar se eche por la borda ante el chapucero ejemplo que se oye y luego, desafortunadamente, se reproduce en el accionar, pensar y comportarse de los escuchas de este ritmo, en especial sus más jóvenes receptores, es como para inquietarse.
Divertirse y desconectar no significa necesariamente vulgarizar el arte, ni ser presa de lo fácil, lo torpe y desechable. Ahí están muchos buenos ejemplos en la música (en los más diversos géneros, incluida la imprescindible música bailable, de la cual Cuba es indiscutible potencia, reconocida y premiada a nivel universal), la plástica, la literatura y el teatro y otras manifestaciones, que es necesario hacer llegar a esos mismos muchachos y muchachas. Ahí están los medios de difusión, los maestros, las familias, para lograr entronizar en esos mismos jóvenes la capacidad de discernir, de apreciar lo valedero sobre la superficialidad pasajera. Una capacidad que solo se basa en la diversidad cultural, en tener conocimientos profundos, amplios y bases para diferenciar lo verdaderamente trascendente de lo banal.
Y por supuesto están los que desean cultivar el reguetón. Como mismo a nadie se le ocurriría eliminar de la faz de la tierra al huevo frito, solo porque a alguien no le gusta; también hay que aprender a convivir con el reguetón, y hasta con otras cosas más terribles, una vez que aparecen y se desarrollan. Queda entonces tratar de hallarles un buen sentido, de aprovechar su amplio poder de escucha entre sus receptores, su fuerza y convocatoria ya insoslayable; queda el convertirlo en algo positivo.
Como fenómeno de difusión innegable, como posible moda que pudiera quedarse y arraigarse, o al menos mientras dure, queda apelar a los que entre sus filas sean verdaderos artistas y no buscadores de fama y fortuna fácil y pedirles mayor autenticidad. Pedirles acercarse más a la conciencia que debe tener un artista, al respeto por sus receptores, por su cultura nacional y sus tradiciones, por la búsqueda de verdaderas esencias. Pedirle que olviden los caminos trillados, las copias de modelos importados que nada dejan y en nada son capaces de enriquecer el espíritu y la cultura. Actos y enriquecimientos que pueden lograrse también, aunque sea a través del baile y la diversión; desde ellos, incluso a veces más fácilmente que desde cualquier discurso, también se puede enseñar a ser mejores. En el futuro, si esta manifestación perdura, ojalá se pueda amar también al compás del ritmo del reguetón si así sus seguidores lo desean. Pero aunque sea con reguetón, no tiene que ser al duro, sin guante y sin amor.
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