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William Vivanco
“Es urgente el rescate de nuestros géneros tradicionales”
ENTREVISTA

Por: Ariadna Ruiz Almanza

No dudo que de haberse dedicado a la cocina hubiera sido el chef santiaguero de recetas afrodisíacas más famoso –como salido de la novela de Laura Esquivel Como agua para chocolate. No me cuestiono tampoco que de haber seguido en las clases de natación hubiera sido un buen rival para Rodolfo Falcón y hasta una amenaza a su récord nacional.

Podría asegurar incluso que de haberse dedicado a la exploración, hubiese devenido un gran discípulo de Antonio Núñez Jiménez; y es posible también que de haberse consagrado a la pintura, hoy fuera colega de Ernesto Rancaño o Pedro Pablo Oliva.  Pero William Vivanco escogió ser músico, y aunque adora cocinar, nadar, irse al campo y dibujar, la música ha sido su prioridad desde que tuvo una guitarra en sus manos; y que ha logrado que sus canciones se parezcan a él, o viceversa.

Probablemente su marca a la hora de componer, su timbre de voz, sus melodías, sus ritmos fusionados, sus alegorías al negro, el café, las raíces, el mar, el campo, lo autóctono, aquello que nos hace diferentes y auténticos, es lo que percibimos cuando escuchamos a Vivanco. No por gusto dice haber bebido de un laberinto tan musical, en un barrio de adoquines donde los caracoles hablan y la rumba es un baile de salón.

¿Cómo recuerdas aquellos años, cuando tocabas en la Casa de la Trova de la calle Heredia y en otros lugares de tu ciudad?

“Comencé en la música cantando en el coro Madrigalista cuando terminé el 12 grado. A los 17 años, una amiga mía fue a mi casa y al ver que yo me quedé “enveletado” con su guitarra, regresó luego y me trajo una. Así comencé a tocarla. Era pleno período especial: año 95’.

“Así fue hasta que conocí a personas más sofisticadas intelectualmente, como Ernesto Rodríguez, que era del dúo Postrova; Eduardo Sosa –tengo que reconocer que cuando lo escuché cantar, con todo su vuelo poético, me preocupé por las dos o tres canciones que yo tenía compuestas: romanticonas, de esas de: ‘te quiero mi vida, tú eres mi sol, pero que tenían algún significado para mí’. De alguna manera insertarme en estos círculos de artistas e intelectuales, me impulsó muchísimo y abrió mis ojos.

“Soy de una familia bastante humilde, que no tiene ninguna tradición artística, ni literaria, ni cultural. Entonces me obligué a leer libros, a escuchar mucha música y no me fue difícil diferenciar la ‘chea’ de la que para mí tenía swing. Me metí tanto en eso que busqué las cosas más raras del mundo; así conocí por ejemplo, al músico africano Salif Keïta, los cantos de los taiwaneses cuando cultivan sus campos; y todo lo extraño que encontraba por ahí.

“Luego fui a Suiza, donde aprendí a escuchar la música clásica, y sin darme cuenta estaba haciendo un ejercicio de aprendizaje, pues desarrollé mi sensibilidad ante este tipo de música que también forma parte de mi preparación y acervo cultural.

“Cuando regresé a Santiago de Cuba, dejé el coro Madrigalista, el trío y me encerré en mi interior. Caí en una especie de depresión que me llevó a componer cosas rarísimas, algunas de las cuales no he grabado nunca. Me puse más complicado que nadie. Entonces me hice miembro de la Asociación Hermanos Saíz (AHS), y empecé a participar en eventos como Las Romerías de Mayo, en Holguín; el Longina, en Santa Clara; La Canción Política, en Guantánamo; y  Al sur de mi mochila, en Cienfuegos; entre otros”.

¿Cómo te recibió La Habana?

“Llegué a La Habana y me encontré con Gerardo Alfonso, a quien pedí que escuchara una canción mía. Evidentemente le gustó, porque me puso en la lista donde estaban los 20 candidatos, entre dúos y solistas, a Proyectos Nacionales de la Música de aquel año; de los cuales fuimos seleccionados cinco.

“Por aquel tiempo – año 2001–, Adolfo Costales, que trabajaba con el sello Bis Music, buscaba talento joven para hacer un disco a propósito del Congreso de la AHS. Fuimos ocho los trovadores escogidos para crear este volumen que se llamó Trovanónima, la cual fue mi primera grabación e incluyó los temas Barrio Barroco y Negra Sálvame, entre otras versiones”.

¿Cuán bien pensado tenías tu primer disco en solitario?

“Luego de este disco compilador, Bis Music decidió hacerle un disco en solitario a uno de nosotros y para mi suerte fui el seleccionado. De esta manera nació Lo tengo to’ pensao (2002), cuyo éxito promocional estuvo en el tema Cimarrón. La idea de escribir esta canción se me ocurrió subiendo la Gran Piedra en Santiago de Cuba, durante una de las excursiones que hago con mis amigos cada año. Lo que quiero decir es que siempre he sido muy apegado al monte, cuando era niño iba todos los años con mis padres a los campismos y cargábamos con casa de campaña y todo lo que fuese necesario, hasta un televisor si a mi madre se le antojaba para no perderse la telenovela.

“Mi afinidad con la naturaleza es desde pequeño. No obstante, aunque la idea de Cimarrón se me ocurrió en Santiago, compuse el tema aquí en la capital. Me habían invitado a cantar en un evento y me alojaron en un hotel de La Habana Vieja que se llamaba Perforación -no sé si aún existe-, y fue en una de sus habitaciones donde se me ocurrió el tumbaito de esta canción. Cuando Costales, productor junto a Emilio Vega de Lo tengo to’ pensao’,  la escuchó bien, coincidió con Lester Hamlet en que ese debía ser el tema al que le hicieran el videoclip. Yo me decía: ‘Bueno, tengo mejores letras que esta’, pero según ellos, era la más pegajosa y la que más funcionaría a la hora de enganchar al público e hicimos el video”.

¿De qué manera ha determinado Robertico Carcassés e Interactivo tu carrera como músico?

“En ese período conocí a Darcy Fernández, delegada de la Sociedad General de Autores y Editores (SGAE) en La Habana, quien me acogió y brindó su amistad. La SGAE es una empresa que respeta mucho el trabajo de los artistas. Y fue Darcy quien me conectó con Robertico Carcassés y por transitividad con Yussa, Telmarys, Francis del Río, Elmer Ferrer, y en general, con lo que es el proyecto Interactivo.

“Fue cuando me alejé un poco del mundo del trovador y su guitarra en solitario. Y no era que ya no tocara en peñas, lo seguí haciendo, pero consideraba que había sido suficiente y quería experimentar cosas nuevas.

Con Interactivo aprendí a dominar los grandes públicos, a tocar con músicos de mucha energía, a desplazarme en el escenario, y a hacer una canción menos ingenua, con los pies bien puestos sobre la tierra.

“Interactivo me enseñó a estar atento, alerta, a ponerle más presión, más fuerza para que llegue la canción, que puede ser romántica, pero tiene que imponerse. Robertico Carcacéss es un gran amigo, se hace querer con facilidad y su respeto por la música cubana nos lleva a superarnos constantemente”.

Una vez frente al teatro Karl Marx me contaste que acababas de llegar de Brasil, a donde habías ido a grabar algunas percusiones para tu segundo disco. Cuando te pregunté, me dijiste: “Se parece más a mí”. ¿A qué te referías?

Lo tengo to’ pensao es más pop, las canciones son más románticas, dulces, soñadoras; aunque muchas personas me han comentado que lo prefieren.  En cambio La Isla Milagrosa (2006) es más caribeño y rítmico, pues experimenté muchísimo con los ritmos cubanos. Este CD, producido por Descemer Bueno, me posicionó mejor en el mercado de la música, sobre todo a partir del tema Pilón. Creo que a la gente le llamó mucho más la atención, pues es más maduro y definitivamente hizo que mi público creciera”.

En este aire caribeño de tu música hay una mezcla de calypso, reggae, son montuno, bossa nova, bolero, changüí, son, pilón… ¿Es este elemento acaso una búsqueda intencional con el objetivo de personalizar tu estilo?

“Sin dudas. Cuando estuve en Ginebra me hicieron una crítica donde tildaban despectivamente a mi música como pop, y me señalaban que no parecía un cubano sino un imitador de Lenny Kravitz o Ben Harper. En ese mismo encuentro en el que participé cantó Eliades Ochoa y fue increíble cómo levantó el furor de la gente, al igual que la Orquesta Aragón. Todo esto me hizo reflexionar mucho, y empecé a fusionar mi canción trovadoresca con nuestros ritmos populares y la de otros países de África y Latinoamérica fundamentalmente”.

Entonces, ¿crees que la música mientras más va a las raíces, mejor es?

“Sabes, yo no oigo música de moda, prefiero la folclórica de los países. De Haití me encanta el compa; de Brasil, la bossa nova; de República Dominicana, el perico ripiao; etcétera. Cuando estuve en Venezuela escuché el joropo, la música llanera, y me hacía muy feliz notar que en la radio ponían mayormente música venezolana. Sin embargo, en Cuba se escucha muy poca música tradicional cubana.

“Actualmente, es casi un exotismo ver a personas escuchando o bailando un bolero, un changüí, o un danzón, que es nuestro baile nacional. A duras penas Adalberto Álvarez ha logrado rescatar el casino. Por suerte los Van Van siguen a la vanguardia; pero, por ejemplo, la Orquesta Aragón, que es famosísima en Europa, al igual que Omara Portuondo, prácticamente no se escuchan aquí. No podemos culpar totalmente a los jóvenes por no saber quién es María Teresa Vera.

“Ahora se graba con mucha compresión. El reguetón es un ejemplo de esto, y cuando los oídos se adaptan a recibir ciertos decibeles, es más difícil después que las personas puedan reconocer un violín dentro de un arreglo orquestal cualquiera.

“Hoy por hoy, existe una preocupación generalizada por la influencia que ejerce el reguetón en nuestra sociedad, pero en realidad los problemas para mí  empezaron en los años 90, cuando surgió la timba.

“Pienso que el boom de la salsa no supo aprovechar realmente su momento, no se hizo ni un pilón, ni se fusionó changüí, ni nada. Sin embargo, en medio de este escenario (1997) apareció el guitarrista estadounidense Ry Cooder, reunió a grandes figuras de la música tradicional cubana como Compay Segundo, Omara Portuondo, Eliades Ochoa, Ibrahim Ferrer y produjo el disco Buena Vista Social Club, que obtuvo un Premio Grammy ese año. Lo triste es que ese triunfo ha quedado como una noticia, porque no se ha estimulado a que se priorice y difunda más este tipo de música en nuestro país.

“Y volvemos al punto inicial. Es urgente que se rescaten nuestros géneros tradicionales y tengan la presencia que se merecen en nuestros medios. En la actualidad hay muchos jóvenes haciendo canciones, sin embargo al escucharlos uno nota que están escribiendo con influencias de lo más manido de la música pop extranjera, y por eso están ‘fritos’, porque, aunque parezca anticuado, las influencias tienen que ser de Matamoros. En cada país los músicos se nutren de sus grandes maestros.

“Esta es la única forma de conservar nuestra música y con ella la idiosincrasia, aquello que nos define, que nos hace cubanos. Las raíces son nuestra identidad”.

¿Por eso siempre regresas a Oriente?

“Voy en busca de esos ritmos, pero también por las cosas que suceden allá: la manera en la que se habla, los chistes. El oriental es muy jocoso, sobre todo el guantanamero, y yo me nutro mucho de este ambiente, increíblemente le da sonoridad a mis canciones”.

¿En qué estado consideras que se encuentra la canción alternativa cubana y principalmente la de autor?

“Hay mucha gente haciendo canción de autor y música alternativa, como se le llama ahora. Pero el problema, a mi entender, está en que la música cubana es muy rica en ritmos y conceptos como para estar innovando tanto en géneros que no nos corren por la sangre. Tenemos que ir más a lo nuestro, dirigir el talento –que es bastante– hacia la producción de una canción (de autor o alternativa), que a tono con las nuevas tendencias, no pierdan de vista nuestra herencia musical. Eso fue lo que hicieron, por ejemplo, los de Habana Abierta: fusionar el rock and roll con la música cubana.

La propuesta que hizo Habana Abierta de hacer una canción más bailable renovó el concepto de trova que se tenía hasta el momento. ¿Crees que es la presencia de estos ritmos dentro de la canción trovadoresca lo que la ha distinguido principalmente de la tradicional?

“Por supuesto. El disco 24 horas demostró que se puede hacer una canción moderna con la sazón de la música cubana; y esto lo reafirman también Kelvis Ochoa y David Torrens. A mí me encantó particularmente lo que hizo X Alfonso con los temas de Benny Moré. Igualmente se puede hacer una canción romántica con buenos arreglos, y es el caso del primer CD de Haydee Milanés con letras de Descemer Bueno”.

Estás preparando un tercer disco. ¿Cuáles son las novedades?

El mundo está cambiao’ lo grabé con una compañía francesa y ahora lo voy a licenciar en la Isla. Según espero, Bis Music debe sacarlo pronto. Algunas canciones ya se han regado por ahí, pero no son las versiones que aparecerán en el volumen final, donde habrá de todo un poco: una guajira joropo, una milonga, un son montuno, un bolero, un tema medio country, uno afro-religioso, y uno muy tradicional que hice con Eliades Ochoa. Espero que guste mucho. Es un disco para curar”.

¿Para curar?

“Después que salga y la gente lo escuche, te diré por qué”.

¿Hasta qué punto te consideras un continuador de la tradición trovadoresca cubana?

“Soy un granito de arena más. Algo debo estar haciendo por la música tradicional. Eso espero”.

Si te pidiera que me dijeras el lugar dónde siempre has querido cantar…

“En Trocha y Carretera del Morro (intercepción de las calles santiagueras), pero para tocar ahí….Ese es el termómetro de la música cubana. Pregúntale a Formell. Él lo sabe”.

¿Y con quiénes?

“¡Imagínate! Con Caetano Velozo, Carlinhos Brown, Pablo Milanés... Ya lo hice con Eliades Ochoa, cantamos un tema juntos y sé que lo repetiremos en otro momento. Me encantaría poder hacerlo también con Omara Portuondo”.

Entonces, como todo cabe en la boca de su guitarra, me enteraré que Vivanco dará un ‘conciertazo’ en Trocha y Carretera del Morro. Clarísimo me queda que volverá a cantar junto a Eliades Ochoa, y que algún día compartirá el escenario con Caetano Velozo, Carlinhos Brow, Omara Portuondo o Pablo Milanés.  ¿Cómo dudarlo?

© Asociación Hermanos Saíz. 2010.