
El cover y el rock
Texto y fotos: Alí Hernández Castro
La disminución del público en los conciertos y el desenvolvimiento de las bandas de rock me despiertan dudas sobre lo ganado y lo perdido en los últimos años. Problemas que, junto a otros, confirmé en el recién terminado V Festival Caimán Rock y que entorpecen el futuro del género en nuestro país.
Hace varias décadas los primeros exponentes del metal cubano comenzaron a soñar un cambio de mentalidades y concepciones. Después de mucho batallar ―pedir y exigir espacios― tenemos una Agencia Cubana de Rock, con su local Maxim, pero poca representación de esta fuera de la capital; en casi todas las provincias se editan festivales, aunque aún se suspenden conciertos y lamentemos la falta de promoción, organización y apoyo. El género cuenta con grupos profesionales y disponemos de programas radiales y televisivos, si bien no se cubre la demanda.
Con todo, quisiera hacer un llamado de atención, porque observo que el principal obstáculo para el desarrollo de nuestra escena rockera hoy son sus propios cultores. El acomodamiento de las bandas, es decir, la no evolución de sus obras después de ser profesionalizadas es alarmante. Un anémico aumento del repertorio se esconde bajo la fiebre del cover. Es cierto que se disfruta oír un tema clásico en una versión “made in casa” delante de tus ojos. Esta práctica, buena en una dosis racional, se ha convertido en un tumor que corroe la creatividad del metal cubano. Resulta empobrecedor que en bandas consideradas punteras de nuestra escena nacional, la mitad de su set-list sean temas de grupos extranjeros, y que tanto para mantener como para finalizar “arriba” un concierto se abuse de este socorrido recurso.
Las discográficas han publicado escasamente las producciones de nuestras bandas, dejando los demos como única forma de hacer perdurable una grabación a desmedro de su calidad. La no materialización de las obras las deja solo en el recuerdo de quienes las escuchamos, pero la solución no es tocar indefinidamente los temas que lograron aceptación para mantenerlos vivos. Hoy la evolución de los grupos ha quedado sujeta a cambios de alineación en sus integrantes, que trae, con la misma letra, solo una textura diferente al oído. Aun así, la creación y la necesidad de hacer llegar esa obra deben primar en nuestros artistas.
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Hay conciertos de rock, pero cada vez con menos público; porque como en las telenovelas, los grupos se repiten en todos los capítulos y la historia no avanza. No se pueden pedir precios altos para ver músicos que se ciñen a poner las mismas notas día a día como ladrillos en una casa. Los grupos deben arriesgarse más, buscar otros espacios aun a riesgo del cobro de las entradas y, sobre todo, no pensarse en el tope de sus carreras.
Si lo que se quiere es apoyar la escena rockera, no se pueden copiar fórmulas usadas por otras entidades para géneros de mayor popularidad. No se debe, en pos de la rentabilidad, perder el Norte y terminar en la búsqueda de la ganancia a cualquier precio. Debe mirarse más la cantidad del público que los beneficios que acarrea.
Lo que hemos ganado nos puede llevar a perder cosas más importantes. El movimiento rockero no son únicamente sus promotores o exponentes, somos todos los que sentimos por esta música. Por tanto, no podemos tener las mentalidades y concepciones que tanto luchamos por cambiar. Nuestra batalla a favor del rock debe continuar, más no se puede perder en ello lo principal, el público que lo escucha. |