
Canciones desde lo sensible
Por: Antonio López Sánchez
Fotos: Cortesía de Ana María
El genial Antoine de Saint Exupery, en ese clásico que es El Principito, narra un pasaje que me viene a la memoria al comenzar estas líneas. Decía el escritor, que a los adultos era preferible afirmarles que una casa era grandiosa por su precio de cien mil francos, y muy rápido lo entenderían, antes de subrayar que en verdad era magnífica, por sus hermosos ladrillos rojos, por sus geranios en las ventanas o por las palomas en su techo.
Viene Exupery hasta mi memoria porque el adulto, crítico por más señas, que firma estas líneas, se enfrenta un poco a duelo con sus propios esquemas en el momento de hacer esta reseña. El motivo, hacer una primera evaluación del material sonoro que compone una joven creadora. El enfrentamiento, pues porque de inmediato el crítico esgrime el hierro al rojo de su creída sapiencia y trata de marcar con la correspondiente etiqueta, y pone la obra y el artista al estante que les toca.
Presentemos ya, sin más, a la protagonista de estas líneas y vayamos luego a saber si valen o no las etiquetas. Va este trabajo rumbo a deslizar algunas primeras opiniones sobre varias canciones de la autoría de Ana María Delgado Rodríguez. Una creadora joven que, luego de varios años como músico en diversas formaciones, encara ahora el iniciar la escarpada cuesta de una carrera en solitario, como autora, guitarrista e intérprete. Por más señas, podemos añadir que Ana María es graduada del Conservatorio Provincial Musical Amadeo Roldán, en la especialidad de Guitarra.
Lo primero que resalta al escuchar su trabajo es la limpieza. Aunque se trata de un material demo solo a guitarra y voz, o a dueto el canto en algunos pasajes, hay una evidente frescura, una claridad sin artilugios desde la obra. Y es de agradecer, desde esa total sencillez, el remanso de paz que proponen estas canciones. Ante la ruidosa avalancha sonora de estos días, no siempre del todo felices su sonidos y mensajes, el seguir tras las primeras sendas por las que apuesta Ana María, nos lleva a lugares tranquilos, de sonidos que arropan y dan bienvenidas. Conduce a tomarse un respiro, a sentir con calma.
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Y aquí comenzarían los duelos con los estantes. Pues dicho así, podríamos rápidamente colgar el sambenito y decir: acá tenemos a una trovadora. Bien, puede ser. Ana María canta, toca la guitarra y defiende su propio material. Se ha presentado además en dos o tres de los espacios habituales a este modo de hacer. Sin copias ni parecidos, a nivel de potencial, remite a la seguridad interpretativa en voz y guitarra de una Yaima Orozco, aunque con menos definición; recuerda un poco la dulzura de una Heidi Igualada, aunque con más empuje; augura la hondura de una Yamira Díaz, aunque todavía en ciernes.
Más sumergidos en aguas teóricas, podemos argumentar que sus textos huyen de cualquier facilismo y mayormente se centran de un modo u otro en temas amorosos, el pilar de la trova por excelencia. Que incluso, estas reflexiones amorosas nacen desde el entorno de su creadora, y se alejan o se acercan de sí misma como eje, a la vez que viajan por los más disímiles parajes o situaciones poéticas. Ese preocuparse, desde un verso o desde toda una canción, por el alrededor, el hoy del artista, es otro hábito del monje trovero.
Hasta podemos añadir, que esos amores llegan a decirse desde la observación del propio proceso creativo y se extienden a regiones más intangibles. Como puede ser el amar a la propia música y declarar los afectos que se prodigan y reciben en esa relación imaginaria, tal expresa Evocación. Esta característica de personalizar o sustituir en entes diversos a la pareja de una relación, es también habitual recurso poético del hacer trovadoresco. Si ese sujeto, la música, se sustituyera por un sujeto real, sería una preciosa canción de amor, dirigida a alguien, no como ahora a ese algo.
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Sin embargo, es en su estética musical donde Ana María se escapa un poco de este primer supuesto estante y, sin caer del todo en otros, estira sus posibles límites más allá de la típica canción trovera. Sus temas muestran una sonoridad más cercana a la balada, con reminiscencias del pop y del rock, briznas de folk, y hasta un par de guiños a predios del blues, el jazz o el soul. Todo en muy apretada mezcla, a la usanza actual, de donde a veces sólo brilla algún destello de estos campos. Creo que, además de la ya citada Evocación, sería Mejor cantar, la obra de mayores soplos trovadorescos, tal nos sugieren la guitarra y las voces. Por cierto, son dos hermosas y bien armadas canciones estas mencionadas (de lo mejor del demo), a pesar de la juventud de su creadora.
Pero las armonías, los posibles arreglos que a gritos piden dos o tres de los surcos de este disco, nos conducen a terrenos de sonido diferente, de mayor amplitud que el credo trovero. Por ejemplo Y dónde estás tú, una pista de rico lirismo desde texto y música, ronda ámbitos de lo mejor de la balada, con cierto trasfondo de la música negra, aunque sin las griterías con que algunas intérpretes pretenden ahora resolver estos difíciles géneros. Quizás sea por la tristeza, sin derrotas pero tristeza a fin de cuentas, que trasluce su pregunta y temática central. Un magnífico arreglo de cuerdas frotadas podría esconderse detrás de este corte.
Tal vez sea Libre de amar la canción que más claramente se adentra en los mapas del pop más actual. Incluso sin banda, y este es un tema que requiere arroparse más por su propia naturaleza, se mueve en cauce agradable y tono ligero y festivo. Y deja una agradable pimienta de optimismo y ganas de andar tras de escucharlo.
Por cierto, es buena noticia constatar que lo ligero no tiene por qué ser obligadamente intrascendente a la hora de encarar una composición. Como mismo una canción no puede ser un laberíntico manifiesto (sinónimo de canción inteligente para algunos creadores y oyentes errados), tampoco la ligereza debe ser nadería. En Libre de amar, la anécdota de la obra, cierta soledad sorprendida, como recién descubierta, y sus casi soluciones, fluye bien tratada, sin complicaciones pero sin banalidades, como para compartir y a la vez divertir; y resulta gratificante la historia que la autora nos regala. Este contar desde su punto de vista para armar el texto se hace presente igual en Tenerte así. A propósito, ojalá sea consciente, y no trampa del oído al componer, el levísimo homenaje musical a La vie in rose,que hace fugaz aparición en este corte. Subrayado, igual en positivo, a los acentos en cuerdas de acero de este surco.
Aunque, por supuesto, no puede pedirse a un grumete que descubra América en su primer día, Ana María todavía deja ver algunas de las costuras inherentes a quien comienza en estas lides. Mas puede hacerse un subrayado al respecto de sus letras. Ajena a densidades y sin apelar a lugares comunes, sus textos quieren decir algo, ir más allá del sólo montaje de palabras sobre sonidos para pegar. Hay intención, arte por lo mismo, detrás de estas búsquedas. Dos o tres “compositores”, de los supuestamente ahora mismo consagrados, no nos han regalado en sus carreras algunos de los versos que ya ha descubierto para todos esta muchacha.
Hay que destacar la bien timbrada y hermosa voz de Ana María y, sobre todo, su acertado sentido del límite a la hora de emplearla. Aunque posee una tesitura de suficiente amplitud, no se excede y usa las notas altas necesarias. Las dos voces y los coros consigo misma, como útiles condimentos, van bien distribuidos para mejorar el conjunto. Notables por igual, son sus acentos bien distribuidos y la calidez con que acompaña desde sus textos, con voz y cuerdas. De su interpretación en la guitarra, creo que puede pedirse más, pues se le escucha segura, pero solo da lo estricto para cada canción. Incluso, creo que puede aventurarse ya en acordes de mayor complejidad, sin temer. Aunque, tiempo al tiempo, debe llegar.
En resumen, es toda buena promesa esta compositora, guitarrista y cantante, que por ahora en sus tanteos rebasa las clasificaciones. Como toda promesa, encierra en sí misma el potencial suficiente para hacerse cumplir y valer, o para no dar más. Tiene aptitudes como creadora, pero tocará ahora el turno a la constancia, a la voluntad y el constante sacrificio inconforme (no el que jamás termina, sino el que siempre quiere ir a buscar más allá en la próxima vez), para traer a lo real el posible triunfo.
Así pues, y regresando a las disquisiciones con que comenzara este trabajo, prefiero por ahora alejar las etiquetas sabidas y los estantes y hierros de marcar. En su momento, cada artista legítimo define sus caminos y ya habrá tiempo para denominaciones genéricas. Sería entonces lo mejor apelar a lo más serio y sensible del niño que siempre debiéramos salvar en nuestro adentro, y terminar estas apreciaciones de otro modo. Cuando usted escuche las obras de Ana María, ojalá le conmuevan los bien colocados ladrillos que alzan sus textos, los geranios que nos acogen y se dejan florecer en sus acordes, y las palomas que levantan vuelo desde su voz. A fin de cuentas, los adultos, y hasta los críticos, requieren siempre de muchas explicaciones. Y estas canciones, rumbo a lo sensible, no las necesitan tanto.
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