 Una parábola mística: Rogelio Martínez Furé y Cimarrón de palabras (descargas)
Por: Ulises Padrón Suárez
I. He leído un poemario breve de Martínez Furé en el cual retoma el discurso reivindicativo o de ingente nacimiento de los años 60, sobre los cuestionamientos de la caribeñidad, y la contingencia de visibilizar mediante texto literario la tradición afrocaribeña. En este sentido, se vale de las resonancias orales, del espacio poético latente en la construcción de una identidad alterna, oculta y denigrada en el Caribe y el deber del poeta de insertarse en una serie histórico-literaria que redimensione todas estas interrogantes (y carencias) en la poesía cubana más actual. Es dable señalar que esta edición es de 2010.
II. Ante tal apremio, Martínez Furé (re)invenciona el lenguaje y muestra la ductilidad de la palabra para penetrar en los conflictos que atraviesan la esencia humana. La palabra es siempre, en el poeta de Diálogos imaginarios, concierto simbiótico que crea en constante tránsito una realidad virtual: tiempo y espacio alegórico, una verdad fractal, no asible. La poesía que como bien alega Furé: Todo es poesía. / Pero sólo el ashé de la Palabra / puede capturar su misterio, ritualiza, como una necesidad en el discurso ontogenésico, ese Ser que demanda los espacios de creación verbal. Si bien, las bifurcaciones de significados se diluyen, se fragmentan hasta hacer imposible unir un significante obliterado con sus refracciones de significados, es porque en alguna medida, como la vastedad oceánica, la palabra, en su aparente fusión, no logra ser aprehensible.
III. En el discurso postcolonial, la palabra no es tan inocente (nunca lo ha sido); supone una inteligibilidad que asoma subrepticiamente los signos de la colonialidad discursiva, los intersticios entre poder y represión: la palabra no es solo enunciación, es además sometimiento. Si la voz, el Caribe en particular, conserva lo oral, la escritura personaliza un vínculo entre los modelos retóricos occidentales y la sonoridad yacente en la savia mitopoética de los pueblos trasplantados. La escritura se vuelve porosa, osmótica, respira, siente vívida las contradicciones culturales. En ese universo, Nicolás Guillén y Aimé Cesaire preconizan tajantes y divergentes modos de creación, que permiten pensar desde un enfoque introspectivo la realidad negra del Caribe. Un nexo con una tierra arrebatada; pensemos en El apellido, poema de Guillén en el que no solo celebra el proceso de transculturación y mestizaje, sino además, habla de la pérdida identitaria, de la imposibilidad de (auto)reconocimiento y de la necesidad sígnica de apropiarse de la lengua del colonizador.
IV. En la generación sucedánea a la del poeta de Motivos de son, se inscriben Nancy Morejón y Rogelio Martínez Furé como las voces más destacadas. Del último, Cimarrón de palabras (descargas), es su entrega final y recorre con peculiar contemplación creativa un universo que está contenido en la oralidad, en las fuerzas del lenguaje y su difracción mítico-filosófica. Este poemario nos vale para acceder a una realidad trasunta, creada en la palabra, y mediante ella se elaboran las estructuras discursivas que sirven de plataforma a un lenguaje coloquial cubierto de una substancia ecuménica. De este poeta, africanista y traductor, es indispensable mencionar sus aportes a la cultura cubana en el área del pensamiento descolonizador y sus estudios sobre África, las religiones, la música y la danza. Como cofundador del Conjunto Folklórico Nacional de Cuba, Rogelio Martínez Furé se ha dedicado a mantener vivo el legado de las tradiciones orales afrocubanas en nuestra identidad cultural.
V. En Cimarrón de palabras la oralidad y lo escriturario se funden y componen una poesía vigorosa, que medita en un lenguaje despojado de cualquiera arrogancia erudita e inquiere en cuestiones de corte existencialista y filosófico. Si observamos que Martínez Furé utiliza la lengua del colonizador y concentra en ella las voces ancestrales, podemos percatarnos que concibe un rejuego invencionado entre un formato lingüístico con su respectivo repertorio léxico-semántico y la imagen simbólica, para otorgarle a la escritura una nueva dimensión discursiva. Desde luego, y esto lo comprende Furé, la Palabra no se puede asir a ningún orden convencional y se torna rebelde: Cimarrón de Palabras condiciona una lectura quinésica, aleatoria, que de tanto en tanto recrea un universo multiforme. En Del aguardiente nuevo, reproduce la conflictividad histórica del sometido que se ha «apropiado» a fuerza de latigazo cepo y bocabajo, la lengua del Amo, la lengua del Poder y que ha hecho suya a través de las generaciones. Sin embargo al articularla, la palabra consigna una vitalidad paradójica y patrimonial que desestructura el pensamiento occidental y refuncionaliza el lenguaje, a tal punto, que este adquiere los rasgos de un proceso de transculturación. De manera que si nos detenemos a pensar en los resortes que propician este hecho, nos sorprende que La Palabra sea un acto de reafirmación:
Soy Cimarrón-de-Palabras.
Klonador de identidades.
Un hambre insaciable
de Universos, me habita.
Aquí estoy yo.1
El cambio de grafía nos infiere una erosión a nivel lingüístico, una sutil variante gráfica que manifiesta una cierta irreverencia discursiva. Un alegato que subsiste en el perpetuo mobile que más que reafirmarse en una identidad, su existencia se nutre de la inmensidad del universo. Desde luego, el incontenible apetito es un acto de renacimiento, de ser, en esencia, no ser. Pero no nos volvamos herméticos. Hay una constante búsqueda de una imagen no revelada, perdida y/o escondida identidad. Así se inicia este libro.
Ante tal sospecha, el poeta delirante y sin cabeza se lanza ante otra disquisición, que no por vieja deja de ser intensa. Sobre la Poesía, su esencia elabora su propia tesis para terminar diciendo:
La Poesía…
Rama quebrada del árbol milenario,
Que reverdece a pesar de la herida.
…
No hay jaula que atrape a la Poesía,
Sin el ashé de la palabra.
¡Ago!
¡Ago l´ona! (“Arte poética I”24-25)
Con este precepto poético Furé reclama de sus mentores una cierta letanía escrituraria avezada en el descenso febril hacia lo literario. Si por un lado, enuncia un linaje vigoroso, que oscila entre Dulce María Loynaz y el Grupo Orígenes hasta Rimbaud y Valéry, sintetiza el discurso conciliatorio en el Caribe que emerge con absoluta propiedad del contraste cultural; por el otro, saber que en cierta manera su fatalidad identitaria radica, a semejanza de esta, en la misma cuestión ontológica. Obedece más bien a un orden de valores en que lo blanco y lo negro, Europa y África, civilización y barbarie acumulan tensiones que el poeta en su honestidad expresa con la misma intensidad que pervive en él. Sin embargo, el proceso identitario no solo permanece de modo incorruptible, sino que vuelca su individualidad en la suma de otros sujetos que como él su conflicto trágico se centra en la búsqueda, o mejor en la concordia de un espacio cultural:
Yonu, hoy más viejo que el Árbol-de-la-vida
Lanza de nuevo su pregunta sibilina:
“¿Quién soy?” (p.33 “¿Quién soy?”)
Pero este neologismo (yonu) carecería de sentido si el poeta antes no expresa:
¿Soy/ somos
Centro de universos
Únicos e irrepetibles? (p.32 “¿Quién soy?”)
Para (auto)contestar este silencio existencialista, el poeta revisita la Historia y la Literatura e intenta mitigar la angustia de saber que nada contiene su devenir, que nada supone vivir, que es a la vez, todo y nada en el trayecto circular que lo transporta hacia el mismo punto de partida: ¿quién soy?. Por fuerza siempre emerge esa duda que sin revelación no encuentra asidero posible. De nuevo la voz, a todas luces, comunica el interior del poeta que sublima la zozobra de su gente, de un pueblo errante que viaja para encontrar el espejo el cual le devuelva su propia imagen.
VI. En este libro, Rogelio Martínez Furé ha discurrido una tesis que devela su discurso anticolonial y caribeño, sus ansias de poetizar los conflictos de un alma simbiótica, su naturaleza plural. Fruto esto de un largo decursar diaspórico que se nutre de un constante olvido y recuerdo, de muerte y luz. Sin lugar a dudas, este compromiso con la Palabra atrae al poeta al vórtice de sus introspecciones vitales y le proporciona una eticidad que enuncia ante una cultura y un locus espacial e identitario. Una parábola mística. El nacimiento de un universo que carece del Verbum y él, poeta y genio, dará a luz a la Palabra para convertir su fato en esta eternamente:
Nombro las cosas
Y me apodero de su esencia
Al nombrarlas.
El ashé de la Palabra
Me torna Palabra. (p.17 “Proemio en De”
1 Martínez Furé, Rogelio. Cimarrón de palabras. Descargas. Editorial Letras Cubanas. La Habana, 2010. p.17. A partir de este momento solo consignaré las páginas, dado que todas las citas son extraídas de la misma bibliografía.
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