
Ritual del Necio: una novela de la búsqueda
Por: Beatriz Rosales Vicente
Un cisne enfermo, airoso,
INOCENTE, acechado, aleteante.
Un único cisne multiplicado
que se resiste a la flecha y la palabra:
ni uno ni otro quiebran el simbolismo.
Desnudo [el Ángel], empuña su trompeta y por un momento los vecinos que escuchan olvidan el apagón, las peleas por un poco de aceite o de agua, o por nada (…) Desde hace un año, nunca falta a la cita. Así se las ingenia Roberto Méndez (Camaguey, 1958) para presentarnos a Andrés, el personaje protagónico de su novela Ritual del necio, ganadora del Premio Alejo Carpentier de Novela 2011.
La novela cuenta las andanzas y, sobre todo, (des)andanzas interiores de Andrés, un musicólogo y trompetista frustrado, que va tocando en medio de su conflicto distintas miradas a una ciudad -personajes, escenas, ambientes- permeada por el deterioro y el derrumbe. El antes, el durante y el después de una ciudad, esbozados en un esplendor pasado y unas ruinas esplendorosamente presentes. …que a muy pocos parecían importar, pero que a todos zarandea en un vorágine barroca.
En esta carrera pierde el que no se adapte, parecen decirnos los personajes. Así lo expone por las claras el Gordo, un personaje ausente pero desencadenante. Aparece suicidado desde las primeras páginas, incapaz de adaptarse, pero es un manuscrito suyo el que empuja a Andrés a enfrentar sus conflictos a través de la música y la historia universal y nuestra -¿o es una sola historia?-.
La narración transcurre en dos planos, uno realista y otro ficticio, donde lo real y lo ficticio va perdiéndose poco a poco, y los límites entre uno y otro se disuelven. Un plano, el de Andrés, en el que presumiblemente habitamos todos. Podemos encontrarnos en la multitud de reconocimientos posibles, porque son miles los cuadros que se trazan a través de los personajes: digamos Andrés, que lo mismo es profesor por gusto, músico nudista de azotea, asesor en la Radio, vendedor de ron, potencial emigrante, etc. Digamos Franz, buscador de caricias varoniles en las noches y nostálgico de tiempos idos, o un viejo que muere solo, o un hombre que se consume en un esfuerzo que nadie le retribuirá nunca, o una mujer con su don (escudriñar el futuro) que prefiere cobrar en especie y constituye a la vez un nexo con antiguas invocaciones, con nuevas alegorías.
En el segundo de los universos (el manuscrito), una ópera de Wagner justifica un paneo selectivo y simbólico sobre la historia y la mitología universal. Se reflejan así miradas a la historia y a las percepciones asociadas a distintas culturas, entremezcladas con una impudicia provocativa. En tales páginas de Ritual..., se encuentra el lector con la persecución a los judíos alemanes, o con un esbozo de la desaparecida Unión Soviética; a referentes culturales tan dispares como un coro griego, Caronte haciendo de guía en un inframundo de representaciones, una negra agitando manteles, la búsqueda del Grial; o el sofocante clima del caribe y el carnaval, con los que hay que tener paciencia, o el espejo de ella. Insisto, hay de todo.
Ambos niveles narrativos avanzan a un tiempo en distintos sentidos y se entrecruzan innumerables veces para finalmente terminar uno donde estaba el otro. Perceval, en el manuscrito, el héroe wagneriano, es equiparable a Andrés; a pesar de los pocos puntos aparentes de contacto. Es un Andrés-Perceval el que ofrece al fin el final abierto del libro.
Roberto Méndez hace uso aquí de una redacción incisiva, desprovista de alambiques innecesarios en la descripción de la realidad palpable -¿qué es realidad palpable?-; y una redacción, otra, que se enreda en sí misma para mostrar los enredos de Perceval y su inocencia migratoria hacia universos distintos. El barroco es un estilo que impera en ambas redacciones, y la crudeza de las descripciones también participa en esta novela, que parece gritar preguntas esenciales: ¿qué somos? ¿A dónde vamos o iremos? ¿Qué quedará de nosotros? La búsqueda de un camino que siempre es una búsqueda personal.
Aunque los personajes pueden parecer en algunas facetas más bien esquemáticos: Leyla, emigrante a Miami con suerte para encontrarse un viejito con dinero; la Vigilante, especie de chismosa institucionalizada; Franz, el viejo que vive de acusaciones y recuerdos; el mismo Andrés, oriental aferrado pase lo que pase a La Habana…, no creo que el esquematismo prive de profundidad al diseño de los caracteres, o a la profundidad del discurso narrativo, sino al contrario. Además, esta puede ser solo una impresión inicial, porque los personajes se van tornando impredecibles en su aparente simplicidad estructural. Los mismos, a medida que avanza la novela, van mostrando facetas que no les conocíamos, actos que no les hubiéramos supuesto. Compleja es la vida de las personas que se reconocen en la uniformidad, porque la uniformidad no existe: es una construcción con muros resquebrajados.
La novela es como un gran bosquejo. Un bosquejo que desnuda los esplendores de La Habana convertidos en desmoronamientos o degradaciones: externos e internos, de los personajes y de los muros. Pinta así una realidad aplastante, sucia (abundan las descripciones de este tipo), obnubilante, devoradora de ganas y esperanzas. Pero Ritual... muestra otra vertiente narrativa, porque al tiempo que devora, la realidad crea justamente ganas y esperanzas -¿otras?-. Todo ello logrado a través de alegorías, (constantes codazos al lector –memoria y conciencia del mundo-), y de varios formatos de escritura, pues encontramos epístola y hasta teatro en la novela.
Si bien hablo de degradaciones y suciedad, no creo sea, sin embargo, el derrotismo lo que impere en las páginas, porque la ruina y la desolación no hacen que el Ángel de la Trompeta falte a su cita. No son los mosquitos los que pican su cuerpo desnudo, sino que funcionan como acuciantes para que halle su camino, o mejor dicho, forjadores del camino por encontrar. La cita solo se incumple en un punto cúspide de la dramaturgia narrativa, como expresión de un drama interior y no de una derrota personal. Vuelve la trompeta en la cita de las noches, no cuando la realidad es cambiada, o las dudas desaparecen, sino como un acto que reconoce la incertidumbre como un estado de formación y no de eclipse.
Interesante es que el escritor sea un personaje más, no por lo novedoso o lo obvio del proceso creativo, sino porque funciona también como puente entre los dos niveles narrativos imbricados en una redacción inmensa de alegorías. Roberto Méndez, explícitamente presente en la novela, es un amanuense que escribe lo que no vio y cuyas hojas se llevó el viento…, por lo visto hasta el Alejo 2011.
¿Por qué rituales y necedad? Supongo que solo Méndez pueda decirnos, pero quizás todo es un ritual que debemos cumplir para ciertas cosas. Irrepetibles y circulares, la universalidad es aquí un enorme símbolo de lo diverso y lo único, lo nuestro y lo de otros: ponerles nombre puede ser un ritual. Rituales que me aplastan o que dejo aplastarse contra mí; me adapto, caigo sin saber a qué le llamo caída, con más o menos éxito, busco... Así reaccionan los personajes protagónicos o entramados en esa norme pintura que logra ser la novela. Que cada cual se diga entonces -¿qué habrá más personal e irrepetible que la lectura?- si tal pintura a brochazos de letras, resulta ser mural, expresionista, contemporánea, impresionista, o todo a la vez en una novela de la búsqueda. |