Para Virgilio (Piñera)… desequilibrios
CRÓNICA
Por: Dainerys Machado Vento
La figura del escritor Virgilio Piñera me acompaña desde hace años. Al recuerdo de su obra apelé con éxito cuando el tribunal de las pruebas de aptitud de la carrera de Periodismo trataba de ver Cuba a través de mis ojos y, llena de supersticiones e interrogantes, también salí en su búsqueda cuando, cinco años después, necesité una investigación para licenciarme. Virgilio Piñera, aquel homosexual sufrido, pero venenosamente sincero, que con seguridad se hubiera asqueado de mi pasión desbordada hacia su obra y hubiera rechazado de cuajo mi presencia, ha sido el centro de mi universo por buen tiempo.
Sufrí con lágrimas la soledad que imaginé había vivido y me hice dueña de un punzante temor a la muerte, que creí descubrir en sus creaciones y que, a veces, parece arrancar de mí toda cordura. No llegué a su obra leyendo su clásica Electra Garrigó, ni adentrándome en la controvertida poética de La Isla en peso. Adversidades bibliográficas, casualidades del destino o qué sé yo qué fuerzas sobrenaturales, me permitieron primero sentir al hombre y solo después encontrar el camino hacia su literatura.
José Milián, Antón Arrufat, Abelardo Estorino, Guillermo Cabrera Infante, Alberto Abreu, Carlos Espinoza, desfilaron ante mí, desde diferentes creaciones, contándome sobre aquel carácter lleno de complejidades y aprensiones, que se resguardaba en la crudeza de su lengua y era escudero de la literatura más sentimental y profunda de cuantas he desandado. Cuando estuve sentada por primera vez frente a las líneas de La caída, ya sentía sobre mis hombros el peso de la conciencia de mí misma -su conciencia-, y de lo absurdo de todo aquello que llamamos vida a pesar de la cruel comprensión de su finitud.
Aún no he podido hacerme de su fe en la inmortalidad, tal vez porque su devoción, su certeza de salir vencedor ante el tiempo, era fundada en realidad en el valor de su obra, y no en la terrena existencia. Es cierto que Virgilio me ha convertido en una persona tolerante ante la heterogeneidad, pero también me ha regalado el mal del pesimismo… Podría odiarlo por eso.
Confieso que me resulta difícil escribir cuánto siento sin que parezca un desequilibrio, porque no soy la única que carga con su imagen como sino, ni la primera en descubrirlo, y mucho menos su lectora más conocedora. Soy simplemente una más entre tantos. Lo agradezco.
Su obra está hoy en la dedicatoria del texto original que se ha presentado dos veces este año en salas de la capital, y que es crisis y continuidad de su Electra… (Jardín de Héroes, del joven Yerandy Fleites); en un documental sobre la vida del director de cine Tomás Gutiérrez Alea (Titón, de La Habana a Guantanamera, de Mirta Ibarra); en la última Muestra de Nuevos Realizadores (El pez de la torre nada en el asfalto, Adriana F. Castellanos); en un premio de dramaturgia que la editorial Tablas-Alarcos entrega desde el 2002 (Premio “Virgilio Piñera”); en la estética de grotescas deformaciones, retomada por las gigantescas y asquerosas cucarachas que invaden la fachada de nuestro Museo Nacional de Bellas Artes (Roberto Fabelo). Llegará asimismo en el próximo Festival de Teatro de La Habana, con la reposición de Si vas a comer, espera por Virgilio (de Milián). Pero también está en un parlamento de Final de Partida, en versión de Argos Teatro, cuando Clov anuncia que uno de los pocos personajes sugeridos de la pieza “murió de oscuridad”. “Todo un pueblo puede morir de luz como morir de peste”, había sentenciado el cubano antes de que Samuel Beckett escribiera la obra que lo reposicionó en la escena europea de postguerra.
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Siento a Piñera en los años 2000 como invasor de cada una de las manifestaciones artísticas de la Isla y como motivo expreso de muchas de las interpretaciones que producimos sobre diversos sucesos culturales; pero ninguno ha sido suficiente para lograr que se valore en toda su magnitud la importancia de sus creaciones, ya no en nuestro teatro, ni siquiera en nuestra literatura, sino en el concepto más amplio de nuestra cultura.
Este 18 de octubre de 2009 el calendario marcó el aniversario 30 de su muerte. Para rendirle homenaje habríamos tenido que preparar una cena con exquisitas rebanadas de nuestra propia carne, o pedirle a nuestro más desconocido prójimo que nos cargase un rato, o burlarnos de nuestras más dulces virtudes, o simplemente mofarnos de todo y de todos. Yo me arriesgo solo con unas flores en casa y estas líneas, porque ya encontré bastante absurdo en que no se divulgara ningún tributo, al menos para darle la oportunidad de criticarlo allí donde esté. Solo espero que cuando creamos haberlo comprendido nos despierte una noche el olor de un invisible cigarrillo que anuncie su regreso del mundo de los muertos o confirme que nunca partió del de los vivos. |