 No solo de pan vive el hombre, también necesita historias
ENTREVISTA
Entrevista con el crítico, ensayista y profesor cubano Emmanuel Tornés, a propósito de la publicación de la antología El océano en un pez en la Feria del Libro de La Habana.
Por: Liomán Lima
No solo de pan vive el hombre, también necesita historias, asegura con el índice más de una vez Emmanuel Tornés. Luego rompe el misticismo de la frase y dice que con hambre tampoco se puede leer.
Si esta entrevista fuera un cuento, él le pediría dos cosas: que fuera breve y dijera más de lo que parece. Como no podré alcanzar ninguna de ellas, trataré de no violar otras leyes de la narración y paso a presentar la trama y el personaje.
Digamos que la acción transcurre a 12 pisos sobre el nivel del mar en el exclusivo barrio de Nuevo Vedado, en La Habana.
El protagonista, es decir, el entrevistado, es un crítico, ensayista y profesor universitario. Su físico, mientras conversa, recuerda aquella imagen de Walt Whitman “sentado en su sillón... todo el cabello blanco, la barba sobre el pecho, las cejas como un bosque.”
La literatura latinoamericana es una de sus pasiones y repite que las antologías son los grandes cuentos que él escribe. Aunque cuando las termina, reconoce, se siente como un estibador tras descargar un barco de azúcar.
El entrevistado, o sea, el protagonista, señala un libro sobre la mesa (que en narratología sería algo así como el objeto del deseo). Se llama El océano en pez,su más reciente compilación, una selección de relatos de Bolivia, Nicaragua, Ecuador, Venezuela y Cuba, naciones miembros de la Alianza Bolivariana para los pueblos de Nuestra América (ALBA), a quienes estuvo dedicada la Feria.
Advierte que el título, aunque lo aparenta, no tiene nada que ver con la pesca. Así que recomienda desde ya no comprarlo si se busca en él tipologías de peces, carnadas o anzuelos, fases de la luna u horarios de las mareas.
¿Entonces por qué nombrarlo deesa manera?
El título del libro nació de una entrevista que le realizó hace años el escritor argentino Mempo Giardinelli a su colega chileno, Antonio Skármeta. Al preguntarle qué cosa entendía por cuento, Skármeta respondió que para él era algo así como ver el océano a través de un pez, o sea, el océano en un pez.
Para mí, esa definición trasluce la capacidad del relato de decir mucho a través de lo poco, de revelar mundos más ocultos y profundos que lo que aparentemente entrega. Y eso es en alguna medida lo que me propongo con este libro.
Sin embargo, seleccionar cuatro autores de cada uno de esos países para conformar la antología sí debe tener algo de pesca. ¿Cómo lanzar la red y escoger entre tantos?, ¿cómo fue el trabajo de selección?
Preparar una antología es siempre un misterio. Ante todo uno busca textos de una fuerza artística superior, que revelen a su vez la capacidad humana, la voluntad del hombre de crecer, de soñar o de enfrentarse a sus conflictos diarios.
Luego están particularidades propias de los objetivos o tesis que se proponga la persona que realice la selección, las promociones literarias, los temas o asuntos que interesen más en esos momentos. Al final, la meta principal es dar, a partir de esa muestra, una visión del comportamiento del género en un período determinado, o incluso en un tiempo más dilatado.
Otro aspecto es el azar, que puede llevarnos a la sorpresa en el trabajo de selección. Cuando se hace ese proceso aparecen caminos inesperados, nuevos senderos, desde el hecho de vislumbrar determinadas aristas insospechadas, hasta razones extraliterarias, o incluso, subjetivas, que hacen cambiar el proyecto y que varíe también el camino trazado, para bien o para mal.
A pesar de esos factores, las antologías o selecciones de cuentos, fijan inevitablemente un canon, que puede subir a primer plano a un autor y relegar a otro, tal vez mejor.
Si antes dije que la selección era un misterio, ahora digo que es a la vez una labor espinosa. Por muchas razones, entre otras, porque son una muestra y por más que uno desee hacerla lo más amplia posible, debe limitarse. Eso conlleva lamentablemente a exclusiones, que están dadas por varios factores desde subjetivos, limitaciones temporales, de acceso a obras, hasta por elementos sociales o políticos.
Por otra parte, está el hecho de que todo autor considera que debió estar incluido y desgraciadamente eso no puede ser siempre así. En el caso de El océano en un pez, busqué 20 narradores representativos dentro de distintas promociones para intentar dar la imagen más actual del cuento en esos países, sin querer esto decir que fueran los únicos y los mejores, aunque estén entre ellos.
Entre los autores seleccionados se aprecian ciertos desniveles en cuanto a lenguaje o técnica. Entonces qué sentido tiene publicar algunos textos que no evidencien siempre la mejor muestra de la cuentística de esas naciones.
El océano en un pez es un híbrido entre selección y antología, pues si hay cuentos que son antológicos, otros no lo son tanto. Y esto responde a que el libro tiene la intención de abundar en los problemas de la América Latina de nuestro tiempo y eso no siempre lo entregan los mejores cuentos.
El libro busca dar la imagen más actual de ese género narrativo en los países del ALBA, específicamente en los hispanohablantes, a partir de visiones de distintos grupos o promociones y eso no lo mostraron siempre cuentos de total excelencia. También está el hecho de que en determinados momentos creemos que algo es bueno y el tiempo después nos quita la razón, pero son riesgos que se corren siempre.
¿Si intentamos trazar un mapa de la literatura de estos países, cuáles cree que serían sus coordenadas, los paralelos y meridianos de temáticas, obsesiones, preocupaciones?
Estamos ante una cuentística que mantiene fuertes inquietudes sociales sobre nuestras circunstancias, siempre mirando hacia sus respectivos contextos, pero sin hacerlo didácticamente. Es decir, están abordando problemas muy cercanos entre ellos, aunque muy afincados en sus respectivos países.
Por eso, las principales coordenadas de ese mapa estarían dadas por temáticas que interesan a diversos grupos de nuestras sociedades, principalmente a jóvenes.
Entre las más frecuentes están la violencia, la familia y sus conflictos, la soledad, la droga y su papel corrosivo en nuestras sociedades, la pareja. También se perciben una experimentación con lo neopolicial, la presencia de grupos marginales o tribus urbanas, temáticas ecológicas o el tema de la propia literatura.
Algunos pueden apostar por asuntos aparentemente más ligeros, pero siempre dialogantes con problemáticas de identidad individual. En uno de los cuentos de la antología, por ejemplo, se habla de la necesidad de los jóvenes de reafirmarse a través de un tatuaje. Ese simple hecho, algo tan normal como una marca corporal, lleva a una reflexión mucho más honda sobre la realidad de la juventud en las sociedades de nuestro tiempo.
El libro recoge autores clásicos y noveles, desde la década del 40 hasta el 80. ¿Qué une y qué separa a estas generaciones?
Los autores de mayor edad, aunque no siempre es así, trabajan dentro de una estética de lo que hemos denominado postboom. Es decir, señalan entre sus coordenadas un fuerte arraigo por lo social, un apego a los sentimientos del ser humano y un lenguaje que es transmisor de esa capacidad. En su escritura rescatan los valores de la música popular latinoamericana y casi todos ellos están marcados por determinados compromisos políticos.
Hay un grupo de relatos principalmente de escritores más jóvenes que se separan de esta perspectiva. Tributan a nuevas poéticas, que tienden más hacia lo que pudiéramos llamar una narrativa urbana o neovanguardista.
Se distinguen por la eliminación de lo sentimental y van a buscar un lenguaje muy elaborado, a veces de depuración lingüística. Están muy influenciados en general por la obra de Mario Vargas Llosa, Carlos Fuentes, Augusto Monterroso, Manuel Puig o Roberto Bolaños, no así por Gabriel García Márquez. Es una narrativa influida por la música rock, principalmente el rock duro y la mezcla de ese género con otros ritmos contemporáneos y, por otro lado, por la presencia de las nuevas tecnologías.
Usted refería el compromiso político de los autores del postboom. Diversos investigadores señalan desde la década del 90 cierta apatía o desencanto entre los escritores jóvenes, principalmente tras la caída del Muro de Berlín y el fracaso de la experiencia soviética. ¿Cuál es el panorama actual? ¿En qué medida la literatura joven latinoamericana, en general, está comprometida con su tiempo?
En rasgos generales, el panorama de hoy no es muy distinto al de los 90 en ese sentido. La literatura contemporánea se caracteriza por un aparente no compromiso. Pero resalto lo de aparente, porque ese supuesto distanciamiento es la forma que han encontrado algunos jóvenes de plantear un compromiso, de mostrar una responsabilidad ante la situación de sus países.
Por tanto, es una narrativa que debemos leer con mucho cuidado, pues expresa una dimensión ideológica que puede prestarse a confusiones. Esa mirada casi siempre angustiosa de la realidad llama la atención sobre la realidad misma.
Entonces ante ese panorama inquieto, fragmentado, el desencanto hacia determinadas propuestas es a la vez protesta, no es una posición pesimista ni resignada. En mi criterio es una actitud y una inquietud ante gobiernos que han planteado a la juventud un futuro y que, en cambio, le han endeudado la posibilidad misma de futuro.
No podemos dejar de apreciar que tanto en los países latinoamericanos como en Cuba, disímiles carencias hacen sentir a muchos jóvenes ninguneados y desfasados del resto del mundo. No pienso entonces que esos muchachos estén despreocupados por el mañana. Al contrario, están planteando que es necesaria una transformación de su realidad inmediata, aunque como suele pasar, casi nunca se les escuche y los problemas esenciales se sigan agarrando por las ramas y no por la raíz.
¿Cuál es el estado de la literatura joven en Cuba, cómo se inserta en las tendencias más actuales del resto del continente?
La literatura joven en Cuba muestra dos tendencias básicas que también caracterizan en alguna medida la del resto del continente.
Por una parte hay una porción de narradores, o de muchachos que quieren serlo, que están haciendo una obra demasiado empírica y facilista, con alarmantes falencias de lenguaje y concesiones temáticas.
Lo más triste es que se están publicando y se venden en las librerías. Esto pasa por muchos factores. Uno de ellos son las propias facilidades editoriales existentes en Cuba, pero también la inexperiencia de editores o el propio desconocimiento de los que tienen en sus manos la labor o el poder de elegir lo que se imprime.
La mejor realizada, con cualidades estéticas superiores, sigue estando entre las mejores de la región. Si en la década del 90 nuestra literatura abordó y desbordó determinadas temáticas sociales, en lo más actual se aprecia un distanciamiento de esas posturas.
¿Quiere eso decir que la literatura hecha por jóvenes cubanos actualmente no tiene entre sus temáticas los contextos sociales del país?
Siempre los tiene. La literatura, aunque utilice la ciencia ficción o se remonte a la Edad Media, siempre se refiere de una forma u otra a los contextos del país. Eso es muy importante dejarlo claro para no repetir errores pasados, los de una época en que se cuestionó mucho las obras no realistas o que no seguían determinados cánones.
Estoy diciendo que las formas de acercarse hoy a esa realidad desde la literatura no son siempre las mismas que las de los años 90. Aunque esto no signifique que existan autores que apuesten aún por esa estética.
Para nadie es secreto que nuestra narrativa, incluso, nuestra poesía, agotó a finales de siglo las formas de acercarse a determinadas problemáticas sociales. Esto respondió a factores contextuales muy específicos, como el mismo hecho de que ante la falta de un discurso crítico en la prensa, la literatura asumió esa carencia. Actualmente, nuestros periódicos no son muy diferentes, pero las formas de los más jóvenes de acercarse a la literatura trascienden en alguna medida la denuncia social directa. Ahora tienden a ser más implícitas e incluso, más sarcásticos desde lo culto.
En estos momentos interesan, se avizoran otros caminos, otros espacios, formas más oblicuas de cuestionamiento social. Y esto pasa, incluso, cuando abordan temáticas que no tienen relación aparente con la realidad más inmediata. O sea, hemos logrado un nivel de pensamiento crítico con una mayor ironía intelectual.
¿Cuál sería la imagen que ofrecen de Cuba los jóvenes narradores, cómo ven la Isla desde la literatura?
Es una respuesta difícil, porque no hay una imagen única o compacta, sino múltiples visiones, que dependen de las mismas experiencias vitales de los escritores. No se puede dejar de apreciar que la mayoría de los narradores y poetas jóvenes cubanos han vivido su adolescencia y juventud en una etapa de crisis, donde se agotaron muchas consignas e ideales que sí marcaron generaciones anteriores. Eso se trasluce inevitablemente en la forma de enfrentar el acto creativo y de reflejar la época.
Entonces, esas imágenes múltiples pueden ir en sentido general desde las más convencionales, nobles y complacientes, pasando por un punto medio, hasta las más cuestionadoras del sistema social, u otras que lo hacen de forma más solapada.
A grandes rasgos, dos elementos marcarían actualmente la imagen del país en la literatura joven cubana: la diversidad y el cuestionamiento, o uno solo: el cuestionamiento desde la diversidad.
Dicen que los buenos relatos a veces terminan en el principio. Volvamos allá entonces. Si Skármeta definió el cuento como el océano en un pez, ¿cómo lo haría usted?
Lezama decía que definir es cenizar. Las definiciones son aproximaciones que corresponden a un momento finito de la historia y un texto es siempre trascendente, como la vida misma.
Por eso creo que yo lo definiría igual que Skármeta. Aunque tal vez utilizaría la metáfora de la lámpara maravillosa, ese pequeño objeto que al ser frotado puede hacer aparecer a un genio. |