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Huecos de araña en un verso

Por Giovanni Fernández Valdés
Fotos: Robin Rey

Escuchar un poema en la voz de su autor invita siempre a descubrir subterfugios, abismos, conmiseraciones, secretos revelados en la sonoridad de cada verso, en el ritmo, en los espacios y silencios penetrados por reminiscencias y reflexiones.

Cada escritor posee una forma de hacer y re-hacer un libro de poesía cuando se enfrenta a un público: palpa cada hoja en busca de una estrofa que se ajuste al momento, relee una página y recuerda un suceso real o imaginario, crea una metáfora visual y auditiva porque cada poema leído no se ajusta exactamente al orden dado al entregar el volumen para su publicación.

Existen palabras que se prefieren más que otras, instantes predilectos para un silencio o la demora en la boca de una oración para alcanzar determinado efecto; es un juego, en definitiva, entre lo real y lo irremisiblemente inevitable volcado en palabras y gestos. Se revela, así, la manera en que fue escrito un poema, el lugar donde fue pensado, y sobre todo se revela el oficio del poeta al eliminar lo insalvable, la hojarasca, lo que debe ser tachado bajo horas de insomnio y poca complacencia.

Cuando acudimos a una lectura de poesía no es solo un evento elemental de sensibilidad con lo bello o lo creador sino que es un esfuerzo del intelecto por pervivir entre las sombras, buscar la luz en la propia revelación poética, apartar la inactividad, los encuentros con otras literaturas que impactan en el quehacer e inhiben, beber de cada experiencia que ya es de por sí un poema que precisa de una estructura breve, de tiempo anunciado por la saturación de verbos o sustantivos vacíos.

Y aparece el ¡cuidado! con lo escrito anteriormente e influye en la palabra exacta que se añora en un verso trunco; un verso trunco puede ser el fracaso de una idea concebida en horas de vigilia, de divertimento, de conversaciones sin pretensiones de trascendencia, de una nota musical escuchada en el lirismo de Schumann o Mozart (o cualquier otro tipo de género contemporáneo), en la rapidez de una computadora o en la inapetencia de las mañanas después de horas de lectura.

Según Jamila Medina “los huecos tienen que ver con la tristeza del ser humano, pero también con sus alegrías”

Acudir a los poemas de la novel escritora holguinera Jamila Medina con su texto “Huecos de Araña” (Ediciones UNION) ­- ganadora del Premio David de Poesía 2008 que otorga la Unión de Escritores y Artista de Cuba (UNEAC) que tuvo su presentación en la Sala Rubén Martínez Villena de esa institución de la mano de los intelectuales Jesús David Curbelo y Ricardo Alberto Pérez-, fue un momento de oteos y atisbos a una idea que se nos revelaba, en un marasmo de metáforas y experimentaciones, de sus propias palabras, el secreto era revelado en sí mismo por la autora: “Los huecos tienen que ver con la tristeza del ser humano, pero también con sus alegrías, cada circunstancia es un hueco que se nos abre y transforma nuestra perspectiva del mundo que pueden ser tanto el ser amado, el país, las razas, los géneros…”

Jamila comienza a leer no su primer poema “Nana 0” sino el tercero, Tragaluz -en un libro estructurado en una especie de introducción denominada “Portales” y a continuación tres secciones “Cuerpo de Reina”, “Raíces ⁄Huecos de Araña” y “Solo de Sangre”: “Una hojarasca sale del mar ⁄juntada y va untándose ⁄ a las grietas ⁄del arrecife”.

Tragaluz es un juego entre los signos de la ciudad y el mar que se funden para lograr un círculo, una retroalimentación entre lo creado por el hombre y la Naturaleza: “los capitanes atraviesan apuntalando el orden ⁄se cambian charreteras por chalupas ⁄no abandonan de asaltar la pescachada ⁄ (…) La hojarasca se anima cuando los ve subir ⁄ comienza a pintar circes en el mar, carambolas ⁄caracolas, endilgares ⁄ volutas púrpuras de sierpes de coral”.

La escritora describe cada circunstancia de vida levemente como si existiera un tiempo réprobo, anidado en las profundidades de una luz opaca, cada sílaba pronunciada es una ola que rompe en las espaldas de los náufragos, marinos entallados en las banderas, tierras descubiertas en las que se re-construyen soldados y estatuas que renuevan una existencia aparente “alrededor del dienteperro de la placa brillosa de la plaza ⁄ se puede ver cómo se añade una crisálida a otra⁄ cómo se va cerrando ⁄ demudada ⁄ la hojarasca tranquila”.

La hojarasca perdura en la paciencia de Jamila Medina por descubrir un mundo extrañado, silencioso, pero con el bullicio en su seno, en la cual la violencia se apodera de los seres inanimados que asesinan los cuerpos ruidosos, los desafiantes en la penumbra secular del martillo, la madera húmeda por la arena, los soportales embadurnados por el barrunto europeo de civilización y la conquista que siempre reclama la sangre de los otros.

La poeta busca la segunda sección del poemario y lee la “Nana I” donde la primavera es el propio rostro de Medina que desea convertirse en primavera cortada “un estallido y su raíz”; esta vez su lectura es rápida, no permite la intelección intuitiva kantiana, porque la espera es recurso deductivo, prefiere el soplo del instante, el verso tomado al vuelo que perdura en la memoria en una explosión de crisálidas sin alas.

Ricardo Alberto Pérez en las palabras de presentación de “Huecos de Araña” afirma que texto en sí mismo “es un espacio conscientemente construido, un trabajo acucioso de las palabras que logra expresar un discurso poético unitario donde las dudas, el arraigo al terruño y la escritura abigarrada dan una visión mística de los contenidos que relacionan lo racional con el sentimiento”.

“Huecos…” es una oportunidad para acercarse a una poesía experimental, con un sentido depurado de cada expresión y un discurso que pretende abrirnos puertas a espacios inesperados que nos brinda la vida, es una sugerencia a lo profano y lo litúrgico que se apodera de cada circunstancia de vida.

© Asociación Hermanos Saíz. 2009.