
Fruto y punto de mira
RESEÑA
Por: Liuvan Herrera
El que tenga ojos para ver, mire detenidamente un framboyán florecido, pues en el riesgoso límite de la observación —árbol o llamarada— estribará la poesía. Las piezas que conforman el poemario Del ciruelo y otras observaciones (Premio Digdora Alonso, Ediciones Vigía, 2009) conforman una trinidad discursiva y temática donde se reconocen las principales aristas de la producción literaria de Israel Domínguez (Placetas, 1973).
Desde Como si la muerte hubiera sido un sueño (Ediciones Vigía, 1997), su primera publicación, el motivo del viaje se tornará cíclico, en pos de traducir un peculiar laceramiento: sus personajes, atrapados por una ciudad dual —espacio vivencial, rudo y escenográfico por un lado—, y por otro, uno esencialmente metonímico: la ciudad bajo el límite del mar se traviste en lecho tahanático. Después del albatros baudelaireano es imposible creer que el pájaro no sea una imagen de libertad confiscada, solo podría salvarse si no confundiera «la paz con el silencioso paso de la bestia», pero —Sísifo del aire—, no comprenderá que su destino estará en violar la curvatura de su vuelo y permanece en la poesía de Domínguez, como una marca de fatalidad.
Conformado por tres poemas, el texto recorre y sintetiza medulares preocupaciones que girarán en torno a fabular una peculiar arte poética. En el primero —Con la misma indiferencia—se formula una situación estética de especiales resonancias: un tronco carcomido a la deriva en plena bahía habanera, no será jamás fotografiado ante la majestad del Castillo de los Tres Reyes del Morro, al no estar “pensado para turistas” desentonaría en la composición. Ahora, el sujeto lírico prefiere dedicarle una larga secuencia, es decir, brindarle a través del poema, una dignidad superior. El tronco —brazo estéril del árbol— alcanzará aquí una extraña belleza, fuera del canon, tramposamente ancilar. El ser catapultado a protagonista resucita una herencia de la poesía cubana del XX, que tiene en Dulce María Loynaz y Fina García Marruz dos severos exponentes: la inserción de personajes o motivos que en apariencia no son substancia de la poesía para situar en ellos una apuesta por los límites, una inversión categorial de la estética que se empeña en dislocar lo sublime, al emparentarlo con lo consuetudinario, lo fugaz y lo efímero.
La persona lírica está dotada de una perspectiva visual donde turista y madero conforman un par semántico absurdamente contrapuesto. Náufrago ataúd, el socorrido tronco, el universal e indeleble, se torna francamente humano, mesiánico; pues al burlar el ahogo deviene raíz en tierra baldía.
Si bien el árbol aparecía llevado por las aguas como Ofelia carcomida, el segundo poema: El ciruelo a sus anchas establece un rejuego circular, metáfora de la persistencia, irónica inmortalidad: «El niño abandona juego y roce familiar/ para encontrarse con el árbol. En soledad lo trepa, lo sacude, lo acaricia. / Degusta la carne de sus frutos. Vuelve con el doble placer manjar/independencia». Cabría preguntarse entonces: ¿la única manera de rasgar la sobrevida es afincándose a la tierra mientras otros ultrajan tu última flor, tu hijo en ciernes? Cierto es que la escritura no sustituye a la memoria, pero dotada de una virtud sibilesca, puede detener el tajo del hacha. El ciruelo acontece, para justos e injustos y en ese situarse en otra duración abandona toda vulnerabilidad, ya que aún fragmentado en madera será fotografiado, es decir, salvado como un romance medieval en la boca del trovador.
Relación sinecdótica la de estas piezas, que dialogan en sentido bajtineano como reflexión una de la otra. Dentro de la sinergia de culturalismos que es la poesía cubana contemporánea, Israel Domínguez ha patentado una trayectoria que innegablemente se ha dejado transir, no solo por el modus discursivo de la poesía inglesa y norteamericana, o por el tratamiento de temas ontológicos: metaescritura, trascendentalidad, religión; sino que con increíble economía del idioma, ora coloquial, ora tropológico, y explotando a veces las ganancias de las subtextualidades, ha conformado ya un discurso maduro, consecuente con una voz que persiste en definirse y a su vez constatarse.
En el último texto Balón de capas torcidas, se ejecuta una situación límite: niña de bicicleta niquelada, niña sobre el oro, se cruza con niño de balón maltratado, especie de prosopopeya doble donde descansará una sutil ironía: los dos personajes han llegado a una meta distinta y paradójicamente la misma, ambos se asoman —narcisista la primera, tantálico el segundo— a un círculo de agua que les devuelve a cada uno un rostro distinto, trazado e inmutable, permeado ya de una cierta tragicidad, que logra su punto más álgido, cuando la figura de José Martí es desprovista de una visión canónica, deux ex machina que daría fin a este drama lacerante.
La lengua inglesa tiene una voz para designar ruiseñor: nightingale, conformada a partir de la conjunción de dos lexemas: ventolera y noche. Del ciruelo y otras observaciones ostenta una hibridación similar: la poesía resiste en la rama del ciruelo, allí levanta un raro dominio, hasta que el árbol es derribado y solo entonces merecerá toda la atención del poeta.
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