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El respeto a la infancia
RESEÑA

Por: Eldys Baratute

Para nadie es un secreto que junto con la década de los noventa llegaron a nuestro país un considerable número de cambios socioeconómicos. Problemáticas que años atrás se mantenían ocultas bajo un manto de discreción, florecieron. La prostitución, las diferencias económicas y la separación de las familias por causa de la emigración de alguno(s) de sus miembros, comenzaron a verse en más de un hogar.

Inevitablemente, y teniendo en cuenta la influencia del medio en la creación, esto propició una apertura temática dentro del universo de la literatura infanto-juvenil. Se le comienza a hablar (escribir) a los niños de todo y de las más diversas formas.

Aunque, en esta nueva apertura, el fenómeno de la emigración es uno de los temas más peliagudos (y digo esto porque detrás de él siempre se buscan motivos y estos  pueden ser tantos que darían para escribir una segunda historia) no pocos escritores abordan esta temática de una forma seria y desprejuiciada. Luis Caissés, Enrique Pérez Díaz, Ariel Ribeaux,  y René Valdés son algunos de ellos.

Sin embargo, años después (siglo XXI de por medio) todavía la emigración sigue siendo punto de mira para los escritores más jóvenes, será porque aún este fenómeno continúa provocando la separación de padres, abuelos, primos y mejores amigos. Donde van a morir las mariposas (Premio calendario, 2004; Ed. Abril, 2006; Premio La Rosa Blanca, 2006) de Yanira Marimón y Yo ser un niño normal (Premio Emilio Ballagas, 2007; Ed. Ácana, 2008) de Reidel Gálvez, son un ejemplo de cómo se puede abordar esta temática sin superficialidades ni pacaterías.

En Donde van a morir las mariposas, Yanira Marimón, desde la mirada de un narrador personaje de  nueve años (Alejandra) nos acerca a los conflictos de su familia  y amigos. Resulta difícil creer  que en sólo cuarenta y cinco páginas esta autora haya logrado construir una historia donde, al menos de forma tangencial, se asomen  tantas problemáticas determinantes en la vida de los niños.  Desde el segundo capítulo, con ingenuidad y desenfado, la protagonista nos alerta sobre lo “sospechoso” de su nacimiento “[…] Tía ha dicho algo acerca de unas pastillas que  mami olvidó tomar, gracias a cuyo descuido nací yo […] Con ese mismo desenfado nos lleva a la casa de Mailín […] una niña de cuatro años que vive con su papá, un hombre grande y muy serio al que le falta una pierna […]” y a la que su mamá la abandonó cuando tenía siete meses; a la de su primo José Luis, al que los demás niños le dicen pajarito porque es diferente; a la de Alicia, la amiguita del aula que muere después de enfermarse de leucemia y a la de Gianny, su mejor amigo. El novio de la mamá de Alejandra tiene otra esposa con hijos y el de la mamá de Gianny es extranjero, vive en un lugar frío y distante y para allá se quiere llevar al niño.

He aquí el conflicto principal de esta historia. La separación de dos amigos que hasta entonces se habían enfrentado juntos a la vida.

Se va Gianny al lugar donde van a morir las mariposas (denominación que con acierto emplea la autora para señalar el sitio (enemigo) adonde irá Gianny, de esta forma la imagen es asimilada por  los lectores más pequeños con menor agresividad) y con él se lleva toda la felicidad de Alejandra. “[…] Este primer día de clases te he extrañado mucho; creo que por eso estoy tan triste (…) lloré mucho y mis ojos se hincharon tanto que me parezco a la rana Tula (…) ¿quién va a entenderme como tú? (…) no soporto pasar frente a tu puerta y verla con ese cartel horrible que dice “sellada” y que me recuerda que no volverás […]”. Para los adultos resulta difícil, por los motivos que sean, enfrentarse a la separación,  para los niños la separación es el doble de traumática, a esa edad uno nunca piensa que podrá encontrar nuevos amigos y que la vida continúa.

Sin embargo, el objetivo de Yanira no es buscar culpables. Alejada de cualquier tono didáctico y adoctrinante, plantea la situación y después se aparta. Deja a Alejandra con su tristeza, extrañando a su amigo. Otro final hubiese derrumbado el relato. En contra de lo que muchos piensan, las historias para niños deben ser mucho más verosímiles que las otras y no siempre el “y vivieron felices para siempre” es adecuado. Para los lectores de cualquier edad, la tristeza  de Alejandra por la separación de Gianny puede ser más emotiva que cualquier regreso sin fundamento.

Yo ser un niño normal lo leí por primera vez, aún inédito, en una de mis visitas a Camagüey, esta vez como jurado, junto a Enrique Pérez Díaz y Susana Haug del concurso Emilio Ballagas. Después de algunos debates los tres apostamos por el libro. Reidel Gálvez, desde el inicio, demostraba ser un escritor con oficio. Lo primero que uno escucha al abrir el cuaderno es la voz de Manolito (niño protagonista y narrador) que sin miramientos confiesa “[…] Nací sin padre. Abuelo dice que mi padre puede ser cualquiera y eso me gusta […]”, ¿indudablemente esto no es un comienzo que atrapa a los lectores?

Manolito es un niño como Alejandra: vive en una familia disfuncional. La ausencia del padre lo marca y no pierde la esperanza de encontrarlo en ese cualquiera del que le habla su abuelo ¿Y la madre?, ¿Manolito tiene una madre que trabaja, busca los mandados, lava, plancha, cocina y lo lleva a la escuela? No. En algún momento quisimos que todas las madres, al menos las de los libros infantiles, fueran así, pero sabemos que ni en la vida, ni en la literatura, los personajes siguen un patrón de comportamiento. La madre de Manolito duerme con un extranjero porque quiere una vida cómoda, fuera de Cuba. Si a esto le sumamos una abuela en la que florecen los signos de Alzhaimer, en padre en prisión y los conflictos escolares, nos damos cuenta de que la infancia de Manolito bien pudiera ser pasto para un tratado de psicología infantil. Sin embargo Reidel logra que esta historia sea emotiva, pero sin dramatismos excesivos; seria, pero a la vez divertida.

Algunos aspectos del medio donde se desarrollan estos niños son similares en ambas novelas: el primero de todos, los amigos(lo cual demuestra la importancia de estos en esta etapa de la vida), la escuela con sus maestros(y ya sabemos que para los niños y para la literatura infantil la escuela ha dejado de ser el lugar santo, santo, santo, que era hace unos años), y los locos vagabundos a los que los niños primero temen(debido al estereotipo que tienen del ¿depredador? hombre del saco que se los comerá si se portan mal) y después terminan, cuando se dan cuenta de que no son tan depredadores, cogiéndole cariño.  Esto demuestra, en dos jóvenes autores que viven en distintos puntos de nuestra geografía nacional que las preocupaciones/ocupaciones de los autores para niños son similares y que nuestra isla (dígase sociedad) es una sola, del Cabo de San Antonio a la Punta de Maisí.

Casi al final, la noveleta de Reidel llega  su clímax: Manolito y su madre deben decidir si lo mejor es irse detrás del sueño (de ella) o quedarse junto a todo lo que él más quiere. Ese es el momento en el que cualquier libro pudiera salvarse o perderse. No por la decisión que tomen los personajes, sino por la manera en que esta se traduzca en letras, puntos y comas.  Ese es el momento en el que la complicidad del protagonista y su abuelo cobra más peso. “[…] Abuelo está triste o su cabeza está en otro lugar. Lo sé porque ya son varias las veces que no le pone el ramito de nomeolvides en las manos a  abuela, y aunque ella se lo recuerda, él me manda a mí a hacerlo. Está caminando más despacio y apenas come. Abuela se ha hecho viejo de repente; creo que está más canoso, más callado, más lejos; como si el que se marchara de la casa fuera él en vez de mi mamá y yo […]”. ¿Moralismos, didactismo a ultranza? Claro que no. A diferencia de Gianny, Manolito se queda junto a su familia, pero esto no quiere decir que el libro de Reidel no esté bien logrado, todo lo contrario. Los que hemos escrito aunque sea un relato corto alguna vez, sabemos que cada historia ve pidiendo a gritos su final y el de Yo ser un niño normal no podía ser otro.  En este caso la familia juega el rol fundamental. Manolito deja de escucharse  para dar voz a la familia toda, en un único discurso que va más allá de lo que aparece en las líneas del texto y que produce tanta emoción como el texto de Yanira.

Un libro en el que los lectores no se emocionen mientras lo leen, lleva en sí mismo desventaja. No importa si nuestros personajes son seres humanos o no. Detrás de cada hecho por contar debe ir algo más. Sino no estamos respetando a nuestros niños. Y, sin dudas, todo el cuidado se triplica cuando lo que se aborda es algo tan serio como la emigración. Ese es uno de los tantos temas en el que los adultos debemos de ser intermediarios entre los niños y la cruel realidad. No sólo como padres, hermanos y amigos si no también como autores. Yanira y Reidel demuestran una vez más que el CÓMO es tan importante como el QUÉ y que para escribir para los niños no es suficiente un manual de redacción y estilo y otro de técnicas narrativas. El respeto a la infancia, en este caso, es mucho más importante.

© Asociación Hermanos Saíz. 2009.