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El que se ha dispuesto a afilar las tijeras 
RESEÑA

Por: Arístides Vega Chapú

Desde ese mundo amplio y diverso que se puede sostener a cualquier edad, incluso a los escasos 24 años, el poeta Sergio García Zamora (Esperanza, 1986), reincide en publicar un segundo libro en la editorial Sed de Belleza. El afilador de tijeras, muestra cuánto es observable desde ese sitio en que el poeta juzga y participa, testimonia y opina, aporta y recoge íntegramente, lo que le resulta útil para sumar a las experiencias que se precisan cuando se necesita poetizarlo todo.

Posee este, su tercer libro impreso, pues junto a Autorretrato con abejas (2003), Ediciones Ávila publicó este mismo año Tiempo de siega, con el que alcanzara el Premio de Poesía de Primavera, esos atributos que cualquier lector agradece en cuanto a la visualidad y edición.

La editorial Sed de Belleza, de la AHS, ha ido logrando una imagen reconocible y puntualmente agradable en lo estético, a pesar de la sencillez de los recursos con que producen los libros. Con una ilustración de cubierta del artista de la plástica Nelson Madero, integrada a un diseño fijo de la colección, El afilador de tijeras, en primer lugar,  posee el necesario atractivo que precisa un texto, como producto que se comercializa.

Este nuevo título revela a Sergio García Zamora con dominio del verso rimado. Décima y sonetos con que logra, pese al rigor de la métrica, un desbordante y rico lenguaje de marcada sencillez junto a impactantes y agradecidas imágenes a través de las que testimonia  actos muy sencillos, naturales, rutinarios y hasta pueriles, que su poesía hace trascender y engrandecer desde la íntima experiencia que los provoca.

Repensar en la misión y la relación del Hombre en su complejo contexto en términos de poesía argumentada desde la pasión y el dominio de las técnicas de la escritura, ha sido una máxima para este poeta, una constante que repite desde su primer libro hasta este, su último poemario.

Oficios como el afilador de tijeras, el poeta, el pintor, el maestro, el labriego, el aprendiz de alfarero, la bordadora, la lavandera, muestran más que experiencias propias de los saberes con que un hombre, sea cual sea su oficio, se inserta en la vida común, revelando complejas e interesantes vivencias.

Una poesía culta que asimila los símbolos ya reconocibles en su obra anterior escrita en verso libre, sin violar los cánones establecido para este tipo de escritura que tiene en la Isla exponentes muy altos.   

Como en sus anteriores libros, Sergio dialoga con el universo. Preguntas y respuestas provocan un discurso en que lo social y lo político, la hermeticidad propia de la poesía, la asimilación de la cultura universal y el discurso desde las sencillez y complejidad de la poesía conversacionalista, el erotismo y la filosofía se desplazan con inquietante armonía por un cuerpo bien estructurado y meticulosamente compuesto por quien sabe todo cuanto se precisa para conmover y comunicar, complacer e inquietar.

El poema A la Virgen de La Caridad, junta, con logrado ecumenismo, un símbolo religioso que sirve tanto a los valores cristianos como a los establecidos por otras religiones populares para devolvernos una Patrona de la nación cercana y real, sin tener en cuenta códigos usualmente establecidos en la poesía de tema religioso. Esto también se puede constatar en otros textos en que incluso irreverentemente el poeta conversa con un dios cercano que humaniza, con el que es posible dialogar, de tú al tú, diversos cuestionamientos que van más allá de las dudas de fe. (Dios, no me des por castigo/ tu desamparo abisal,/ y déjame entrar triunfal/ al paraíso contigo. El perdido, página 42)

Justo con ese desprejuicio que puede notarse en todo el poemario, el autor puede rendir tributo lo mismo a una virgen que a don Miguel de Unamuno, juntar a Dante y a Caín, perpetuar con sus versos esos discretos encantos con que el hombre común afronta lo cotidiano.

Desconociendo jerarquías y como si fuese la historia de un hombre en el que en sí mismo se juntan diabluras y santidades, este poemario parecería revelar observaciones muy puntuales sobre el actuar ante diferentes y variadas circunstancias, según los espacios en que se les coloque y según de donde el ojo cuestionador del poeta los observe.

Este joven y vital poeta, residente en una región en que han coincidido conocidos escritores de diversas generaciones, con una obra que comenzó su despliegue a una edad poco usual de poder mostrar la calidad que ya se avizoraba con nitidez en su primer libro publicado  Autorretrato con abejas, ya ha ganado un sitio en que merece toda la atención y promoción.

Lo ha ganado con una obra en ascenso, con la adquisición de un discurso que ya le distingue y reconoce, un discurso cuidado y en el que es obvia su laboriosidad y seriedad para entregarnos una poesía de un rigor técnico y meditativo que aporta a ese coro de voces afinadas existentes en el país.

Conspira contra él que sus tres títulos publicados han sido en editoriales de provincia y es obvio cuánto limita esto al reconocimiento de un autor, sobre todo por las breves tiradas y la poca e improvisada  promoción que suelen tener, en su gran mayoría,  los libros salidos de estos sellos editoriales.

Seguro estoy que cuantos se acerquen a esta nueva entrega disfrutarán de esas variadas versiones de un mismo sentimiento o duda que aparecen en El afilador de tijeras, como confirmación de que todo cuanto se versa en este libro de Sergio García Zamora, está sometido a la “piedra de afilar el tiempo, para que recibamos de estas palabras “el perfil de un hacha”.

© Asociación Hermanos Saíz. 2010.