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El libro de Aponte
RESEÑA

Por: Rubén Ricardo Infante

José Antonio Aponte fue el líder de la conspiración que lleva su nombre, y además, quedó recogido en la historia por la creación de un libro de pinturas; punto de partida para la novela Una biblia perdida, de Ernesto Peña, obra con la que obtuvo el Premio Alejo Carpentier en esa categoría en el 2010.

“Los ladridos de los perros se escuchaban a lo lejos”, con esta frase inicia la novela y desde aquí enuncia el carácter de la vida de Aponte, perseguido, asediado…

Esa mañana la noticia llegó a la fortaleza de San Carlos de la Cabaña y obligó al licenciado Nerey a despertar temprano ante la solicitud del alcalde, quien le comunicó de forma tajante: “Se trata de una insurrección de negros.”

Después de incendiar el ingenio Peñas Altas las autoridades capturaron a los supuestos cabecillas, aunque sabía que los verdaderos líderes eran: José Antonio Aponte, Clemente Chacón y Juan Bautista Lisundia, y parece ser que Aponte lo ordena todo.

El temor provenía de que Aponte era un mulato instruido y resultaba demasiado cercano en el tiempo la rebelión en Haití: “En Cuba no podría surgir un Toussaint Louverture.”

Un libro de pinturas encontrado en la casa de Aponte lo incriminaba ante el desacato de los mulatos, las autoridades de la Isla intentaban ver en el libro una muestra o el indicio de la rebelión: “En un folio aparecían dos ejércitos en acción de batalla, y en la misma, un jinete negro lleva la cabeza de un soldado blanco empalada en un asta; y otro infante negro, como un Perseo moderno, levanta en alto la cabeza sangrante de otro blanco. Aponte había respondido que se trataba del regimiento comandado por su abuelo Joaquín Aponte durante la batalla contra los ingleses”.

En Una biblia perdida su autor usa las herramientas de la investigación histórica y se adentra en la reconstrucción de un período clave en el desarrollo del curso de la historia y sus protagonistas.

Partir del conjunto de pinturas encontrado en al casa de Aponte, hecho que lo llevó a la cárcel, aunque desde niño: “el jovencito Aponte se veía a sí mismo como un Miguel Ángel decorador del Palacio, pintor de las hazañas de los habaneros, los valientes hermanos de la milicias combatiendo contra corsarios y piratas, ingleses y franceses, o contra los mismísimos demonios de los mares…” para construir el andamiaje de la novela reconoce que su autor maneja muy bien la época estudiada.

Ernesto Peña indagó en un hecho poco tratado hasta concebir la novela. Al final de la misma agradece a varios investigadores que sus estudios le permitieron crear las mentalidades de los personajes en su actuación social.

Para la escritora Lourdes González, miembro del jurado que seleccionó a Una biblia…, la novela es una pieza acabada que demuestra la maestría para narrar de su autor.

El libro de Aponte surge a partir de la esmerada educación que recibió su creador, como muestra de fidelidad y amistad, el amor a su esposa, a quien consideraba la Virgen negra y a la estrecha relación con el rey Henri Chistophe.

Un aspecto a destacar de la novela es ese mapa que logra articular de un momento histórico convulso en la etapa colonial cubana, donde construye un entramado con personajes creados y recreados con la fidelidad de un investigador y la mano de un narrador. Intereses que se complementan para hacer de la narración una prosa que informa y ubica al lector en la medida que devela claves de la historia.

El epílogo de la obra es una muestra de la síntesis y el dominio de su autor, pues en él se dedica a contar el final de la vida del licenciado Nerey, quien había realizado los interrogatorios a Aponte.

“De pronto Nerey pensó en Aponte. Un rostro relegado durante más de cuarenta años en las brumas de lo impreciso. Su poderosa memoria revivió varias escenas de los interrogatorios. El licenciado no había encontrado en toda su vida a un negro tan astuto y fiel a sus hombres, amén de su excelente obra pictórica, aquella especie de Biblia, por desgracia desaparecida. En otras circunstancias, en otras vidas quizás, Nerey lo hubiese elegido para su amigo.”

El ocaso del octogenario cierra el libro. Muerte que concluye el ciclo iniciado desde el incendio del ingenio Peñas Altas hasta el reposo del licenciado, sin olvidar el momento en que es ahorcado Aponte, junto a Chacón y Lisundia.

En el instante en que su cuerpo quedó levitando en el vacío, Aponte escuchó un coro de voces y rostros familiares que le acechaban en el minuto final. Le siguió un arduo pataleo de protesta. Era el 9 de abril de 1812.

 

© Asociación Hermanos Saíz. 2011.