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| La novela es uno de los géneros privilegiados por las autoras contemporáneas |
El año de las mujeres
Por: Helen Hernández Hormilla
Tomado de Bohemia Digital
Este título fue pensado para un comentario hace justo un año atrás. Su objetivo: destacar la cantidad de volúmenes de ficción con autoría femenina presentados durante la Feria del Libro de 2009. Dicha afluencia validaba entonces el citado calificativo; sin embargo, los inconvenientes personales conspiraron y aquel trabajo nunca llegó a redactarse. La XIX Feria Internacional del Libro y las “damas letradas”, que no cesan de dar golpes de imaginación a las teclas de sus computadoras, me permiten recuperarlo este 2010, con similar variedad de propuestas de lo mejor de la narrativa femenina contemporáneas.
No se trata de un mero asunto de complicidades de género que lleva a escarbar en la producción editorial nacional en busca de los libros de sus semejantes, sino de reconocer una presencia, extraña tal vez hace veinte años, pero que hoy se hace habitual en cada uno de los sellos nacionales. En sus ficciones, las mujeres van dotando a nuestras letras de una mirada peculiar. Y aclaro que no hablo de una esencia que impone una manera única para recrear la realidad y utilizar el lenguaje según el prisma femenino, sino del resultado de una experiencia vital compartida en la cual los matices impuestos por las representaciones sociales de género dejan sus huellas en la narración.
La sexualidad, la violencia, la familia, la realidad cotidiana, la emigración, la cárcel, las relaciones de pareja y los costos sociales de la maternidad, son algunos de los asuntos que saltan a la vista cuando revisamos cuentos y novelas de escritoras cubanas. Ese último género ha ido ganando preferencia desde inicios de este siglo -contrario a lo que sucedía en los pasados años noventa, donde eran más frecuentes los relatos breves-, al punto de que, precisamente, han sido novelas la mayoría de las publicaciones que editoriales como Unión, Letras Cubanas o Cajachina, hacen de las reconocidas Ana Luz García Calzada, Marilyn Bobes y Aida Bahr, así como de las más jóvenes Yordanka Almaguer, Blanca Blanche y Agnieska Hernández.
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| La tercera novela de la escritora guantanamera Ana Luz García Calzada reafirma “el poder de la risa como atributo paliativo ante la frustración y la esperanza” |
Unión pone a circular Mujer perjura y A merced de mí, de Bobes y Bahr respectivamente, relatos que representan la segunda incursión de las autoras en el género. Las historias se emparentan además por insertar la epístola como estilo narrativo que permite ahondar en la subjetividad de sus protagonistas femeninas. Magnificar los afectos cuando se está lejos de la Isla parece ser otra de las uniones entre los personajes, desde cuyas vidas se discursa, de una manera poco trillada, sobre los costos afectivos de la emigración, así como de las condiciones económicas y sociales de nuestra historia reciente.
Lo apuntado por Laidi Fernández de Juan en la presentación del “bloque femenino” de la editorial de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (Uneac), sobre la novela de Bahr: “narrada en primera persona por una voz de mujer, es el canto angustioso de las innumerables cargas que llevamos sobre nuestras espaldas por los siglos de los siglos amén”; vale para la Bobes. Las transiciones en la vida de Iluminada Peña, protagonista de Mujer Perjura, constituyen también una prueba de las circunstancias impuestas al género femenino, a merced de nosotras mismas como posibles generadoras de un cambio.
Así sucede al final de Mujer Perjura, donde la experiencia de quince años de peregrinaje, el crecimiento intelectual y el contacto con diversas realidades llevarán a la protagonista a su lugar de partida. Notable, además, resulta la inclusión de la autora como personaje en la historia, intento lúdico de probar que, finalmente, ningún texto resulta autobiográfico, como tampoco exista alguno totalmente “irreal”.
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| En la narrativa de la joven habanera Yordanka Almaguer la sexualidad y sus convencionalismos resultan ampliamente tratados. |
Por su parte, Ana Luz García Calzada hace de su tercera novela Para matar la sombra (Unión, 2009), una narración divertida cuyo objetivo es llevar a los lectores(as) “un poquito de oasis en el desierto cotidiano”. “¿Quién que es no es frívolo?”, es la primera frase del volumen, lema para la fábula de una mujer insatisfecha que experimenta las más diversas emociones eróticas guiadas por los poderes extrasensoriales que el espíritu de su tía ejerce para estimular una sexualidad harto reprimida. Con derroche de imaginación, Ana Luz mezcla sátira, magia negra, aventura y poesía, y, como aclara en la contraportada, “reafirma el poder de la risa como atributo paliativo ante la frustración y la desesperanza”.
Con similar desprejuicio y espíritu transgresor, Lía, el sexo oscuro (Letras Cubanas, 2009), de Yordanka Almaguer, se sumerge en las complejidades de la sexualidad para intentar revelar, a través de sus personajes, “las interioridades más sórdidas del ser humano, pero que al mismo tiempo lo definen como tal”. De la misma casa editora, La puerta rota, de Blanca Blanche, tiene como eje temático el desencanto de una mujer, descrito a través de símbolos y un cuidado lenguaje con resonancias universales.
San Lunes. Panóptico en dos estaciones (Cajachina, 2009), de Agnieska Hernández, sorprende por sorprende por su incursión dentro de la narrativa carcelaria, uno de los espacios menos abordados en la literatura cubana.El análisis de los mecanismos simbólicos y subjetivos del poder dentro de una peculiar prisión de mujeres llevan a reflexionar sobre asuntos como la maternidad, la sexualidad, la violencia, o la construcción social de la feminidad, al punto de conducirnos hasta el pensamiento declarado por la autora al inicio del libro: “Tengo la secreta intuición de que todos los lugares en que paso más de dos horas terminan pareciéndome una cárcel”.
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| Al otorgarle el Premio Guillermo Vidal, de la Uneac en Las Tunas, el jurado reconoció en este libro “la eficaz conjugación de un lenguaje contemporáneo y una emoción asentada en el nivel del lenguaje referencial”. |
Colecciones de cuentos realzan además por estos días los nombres de las holguineras Lourdes González y Mariela Varona. La sombra del paisaje (Unión, 2009) es el título que recoge los once relatos de la primera, una talentosa poeta que ha abierto su diapasón a la narrativa, con novelas como María Toda (Oriente, 2003) o Las edades transparentes (Premio de la Crítica, 2007). La sombra… presenta una serie de cuentos acreedora del Premio Guillermo Vidal, de la Uneac en Las Tunas; el jurado reconoció “la eficaz conjugación de un lenguaje contemporáneo y una emoción asentada en el nivel del lenguaje referencial”, aspectos a los cuales se une lo apuntado por su colega Laidi Fernández de Juan: “Sin ser primordialmente un libro humorístico, está plagado de ironías, de paradojas, de una comicidad auténtica, raigalmente nuestra”. Un cierto sarcasmo es por igual perceptible en La casa de la discreta despedida (Cajachina, 2009), texto en el que Varona reafirma su dominio técnico y su intención de llevar los comportamientos humanos hacia las consecuencias últimas, de plasmar los deseos recónditos de seres en soledad.
La reedición de Once Nidales (El Mar y la Montaña, 2009), de Ana Luz García Calzada, y los relatos fantásticos ofrecidos por El vendedor de cabezas, de Ester Díaz Llanillo, y En el Limbo, de María Elena Llana, ambos volúmenes a cargo de Letras Cubanas, resultan otras de las novedades literarias.
De seguro, escapan a esta redactora cuantiosos y valiosos textos. Valdría revisar premios como el David, Uneac, Calendario, Pinos Nuevos; además de la amplia producción de las editoriales provinciales o la reedición de clásicos de Dora Alonso y Reneé Méndez Capote. Faltaría, además, referirse a las poetas y ensayistas, incluso más numerosas que las narradoras, aristas que tal vez ocupen otros comentarios. Y es que la producción literaria femenina cubana no se agota, felizmente, en unas breves líneas. A ella habrá que volver cada tanto, porque las mujeres constituyen una sostenida presencia, de calidad probada, en el amplio concierto de nuestras letras. |