(Des)h ojeando el Calendario
Dossier de reseñas de libros publicados en la colección Calendario tras obtener el premio homónimo de literatura convocado anualmente por la Asociación Hermanos Saíz
Por: Jorge Enrique Rodríguez
XLIII
Los ofendidos, el parque, el vértigo.
Existen preguntas (cuestiones) imposibles de entrañar; si acaso y cuando mucho, solemos distanciarlas como si fueran las formulaciones de otros, o que provienen de otras lejanas arquitecturas, naturalezas. A ese hurto lo hemos nombrado extrañamiento; simpática e ineficiente nomenclatura que la literatura, como velo piadosísimo, ha extendido sobre nuestra imposibilidad de ser libres, es decir, de extraviar “el sentido de culpa por todo lo que sucede alrededor”. Existen ese tipo de preguntas, ciertamente, que nos conllevan, a fuerza de no asumirlas, a replantearnos estas maneras otras de franca ocultación, donde apenas expresamos las revelaciones del ser poético postmoderno y su agilidad para no ir más allá del sujeto gracioso postmoderno. Si, existe esa clase de preguntas…
Tal vez sea este el verdadero motivo que habita El parque de los ofendidos --premio Calendario 2001--, de Gabriel Pérez Rodríguez (Holguín 1968); revisitar esas preguntas difíciles, hacerlas suyas (¿el buen samaritano?) y devolvérnoslas, queramos o no, con aspereza, casi como al descuido; pero en ninguna cisura hay vana intención, ni simulacro y por supuesto, tampoco perdón.
El parque de los ofendidos no se presta al juego de las ilusiones, ni al gesto muy poco fortuito del oficio escritural sin discurso, donde suelen apañarse las consonantes y las resonancias sin otro asunto u orden que el de extrañar(se) y alegrar oxidadas sobremesas. Aquí la encrucijada, si la hay, no es demodé. No es un parque cualquiera para un pronunciamiento cualquiera. Aquí se han hecho las preguntas y apenas alcanza el aliento para intentar responderlas entre el fuego cruzado del vértigo y la caída, a través de trece narraciones que el autor ha querido fabular(se) desde el alba hasta la noche.
Nos devela en El parque de los ofendidos que, Del otro lado de mi imaginación las intuía. Mi tía de trenza y palomitas. De labios rojos y muy gruesos. De pelo negro como la nieve; o más bien como su cantante preferido, aquella Bola de ébano que vibraba en la pasión de los discos. Izú, de pelo suelto, largo y rubio. De sonrisa y ojos verdes. De sombra azul sobre los párpados. Y de anillo con piedra amatista. Yo las imaginaba: olía en el aire la ternura que un cuerpo procuraba en el otro. Las tocaba con mis pensamientos. Las unía. Izú, con kimonos ajustados. La tía, de largas batas y alas de walkiria […] Los tres vivíamos solos. Para esa fecha ya todos eran muertos. Los habíamos matado por curiosos o espías. Los miramos como a ratas, para verlos fulminados caer como serpientes en su propio veneno. […] Yo fui el único extraño que entró al cuarto de la tía. Yo las soñaba. Me quedaba dormido en un sillón para enlazarlas entre mis pesadillas. Las enseñé a danzar […] Éramos tan felices, mas Izú lo jodió todo una mañana gris como aquel cuadro en sepia que la tía guardó dentro del piano. Izú nos dijo que se sentía sola, febril, turbia, hecha un bosque. Así la vimos, como quien mira a un bosque. Nos dijo que, simplemente, quería tener un hijo... La tía y yo nos miramos ofendidos adivinando nuestros pensamientos. Ninguno de los dos podíamos complacerla. Los antojos de Izú nos hicieron tanto daño, que ni la tía ni yo logramos soportar […] Sólo vamos a casa a dormir. En un extremo del parque, la tía es una estatua, mustia y fatal. Ella va sepultándose poco a poco con la caída de la tarde. El pelo se le enreda entre los curujeyes que cuelgan desde el álamo. Sus manos se entumecen. Yo me entierro en la otra ala del templo; entre los robledales y las muchas columnas esperando que Grecia y Roma caigan sobre mí. Aquí están los que nadie escuchó, los que tendieron mal la red pues les surgió una trampa entre las manos, los que cubrió el amianto y la desolación fue a recibirlos, los hijos de la bruma, los nietos del azoro, los suicidas, los adictos o adeptos a algún partido no grato, los más endemoniados, los maniatados por la culpa y los que recibieron el portazo... Están los animales y las flores. Y está el perro... El perro ha resucitado. Es bueno que haya resucitado, para que el cuarto, tan gélido y oscuro sin Izú, no pase las doce horas del día solitario.
Poco habría que decir (o dudar) sobre las validaciones estéticas que Gabriel Pérez desanda para (des)dibujarnos los contornos de este parque donde los ofendidos, a veces sin saberlo, cometen el último acto de amor homicida. Sabe que lo apuesta todo en la construcción de una mixtura que no debe abocarse a los símbolos, ni aprehenderse a manidas fórmulas narratológicas. No busca la gratuidad de lo original; sabe que es allí donde precisamente suelen acechar las emboscadas. Son otros sus emplazamientos literarios, sus demiurgos, donde la prestancia es alcanzada en la actitud y no en la aptitud “mediante una prosa sugerente y atrevida, [donde] rompe esquemas predeterminados la osadía de este joven autor que desgarra su propia intimidad para traspasar espontáneamente el riesgo que como lectores correremos al leer sus narraciones”.
¿Algo nos recuerda Gabriel Pérez Auschwitz 1945 o ábrete sésamo?:
Me dijo que pertenecía a las SS y le regalé una flor. Me pareció tan cómico (“las SS”), que arranqué una amapola y se la puse en el bolsillo, sin más ni más... Sin más ni más no. Le dije: “Dichoso tú que perteneces a las SS. Yo no pertenezco a nada. Voy a la escuela, desayuno, duermo, mi vida es tan aburrida y normal que me gustaría pertenecer aunque fuera por unos minutos a las SS. Debe ser bueno participar en algo.” _¿Cómo te llamas? _Me dicen Lalo, ¿eso te importa? _Oh, no, solo que me parece tan bonito tu nombre. Me gustaría llamarme así... Al otro día volvimos a coincidir en el parque. Él me compró un helado y yo le regalé un ramo de claveles chinos. Hablamos de todo: cine, literatura, música y pintura. Al llegar a mi casa hice la historia tal y como había ocurrido: tengo un amigo que pertenece a las SS. Mi hermano se lanzó una parrafada. Mi madre se lanzó otra parrafada. Mi padre se lanzó otra parrafada. Abrí el periódico y leí siete parrafadas. Fue el día de las parrafadas. No pensaba en otra cosa que volverlo a encontrar... Nos dimos cita para bajo de un sauce y allí nos vimos tomando un ómnibus. El chofer no quería llevarnos porque sabía que no le íbamos a pagar. Allí dentro nos solidarizamos tanto que nos acomodamos en un solo asiento. Íbamos tan unidos que a veces parecíamos uno solo. En realidad, a veces pienso que somos uno mismo. Se abrió la camisa y me enseñó lo que yo pensaba que era un tatuaje. Y no era un tatuaje, era una swàstica. Siguió mostrándome cosas fascinantes y puso en mis manos un revólver, me dijo: “mira, mientras no aprietes el gatillo no hay problema.” Pero yo, por supuesto, lo que más deseaba era apretarlo... y lo apreté. Lo hice sin miedo, yo sabía que mi puntería era malísima, no maté a nadie ni asusté a nadie tampoco, el revólver tenía silenciador... Su amistad me estaba resultando ya superinteresantísima, santísima y súper, las dos cosas. Entonces me invitó a ir de camping. Aunque para decir verdad, fui yo quien lo propuso. Nos fuimos con las últimas luces, una vez más... Nos acostamos sobre la arena con los ojos abiertos al sol mirando los paisajes que hacen las nubes en el viento. Él dijo que le daba picazón la yerba y yo también, por eso no entramos al bosque, sino que dormimos toda la noche sobre la arena de una playa sintiendo cómo las olas nos mojaban los pies y las fuertes mareas rugían contra los arrecifes. Celebramos nuestro primer despertar descorchando una botella. Bebimos como locos. Él sentía un gusto voraz por la música coral. Cantaba. Y danzaba al vaivén de las olas. Silbaba. Sólo interrumpía sus silbidos para explicarme, meticulosamente, los movimientos, a veces acelerados, a veces lentos de una brújula. Destapamos otra botella, y también bebimos. Yo colocaba los clavos en la madera, él sostenía el martillo y luego daba el golpe. Entre una tabla y otra había una distancia mínima. Las sogas eran largas había que enroscarlas. La comida no era suficiente y la sed abundaba. Me recosté a su lado buscando el alimento de su piel. Sentí un olor violento. Las horas se habían detenido en el reloj. Le hablaba, pero él no respondía. Flotando en alta mar (o casi en alta mar), yo desperté pensando que me iba a devorar un tiburón, él no despertó sino que amaneció dormido, ultra dormido, como un barco varado en la costa, entre unos mangles, a la sombra de las uvas caletas... Dicen que eran las tres de la tarde cuando se lo encontraron.
Y, ¿por qué no?, también El parque de los ofendidos nos devuelve esa otra idiosincrasia nuestra de camuflar la incordia con el entorno; de izar nuestras carpas al pie del calvario para sobrellevar los designios, no importa cuán vertical ondeen estas banderas. Somos animales de costumbre y contra la lógica de Delfín Prats, siempre regresamos a los lugares donde fuimos felices.
A fin de cuentas, El parque de los ofendidos, más que un libro (o un testimonio) es la cordura de quien saber hacer cuentos… de quien sabe que la vida no es un cuento… de quien sabe contarnos la vida. Los desaciertos o las ingenuidades de Gabriel Pérez, al menos en este libro, son poco más que inexistentes; pálidas oquedades que hasta pueden ser --¿por qué no?-- como licencias poéticas, como esas que se permite la mujer de Hogar dulce hogar en las dieciséis notas dejadas al ¿azar?
1
Fui a casa de Tiíta, Dignora murió en La Habana. Ella no puede ir al velorio y mucho menos al funeral. Me ha llamado para que me “entierre” junto a ella en la casa, se le hace muy difícil estar tan lejos de lo que fue su hermana. Debo acompañarla en esta hora de dolor, tú conoces mi irremediable filantropía.
2
Salí a teñirme el pelo, como estoy haciendo alergias a los últimos tintes, he llevado conmigo benadrilina y otros antihistamínicos... tal vez me haya quedado dormida en el parque. O quizás me ingresen en el hospital a causa de la urticaria... No temas, regresaré.
3
Voy a resolver “algo” en casa de la “tuerca” que vive al lado de Nique... a ti no te gusta que la visite cuando está sola... Noooooo... no te preocupes, sigo fiel... recuerda que no tenemos, y mucho que te gustan las tortillas. Te voy a hacer un plato que vi en una revista inglesa, es un primor. Te chuparás los dedos. No tendrás que darle las gracias. Yo se las doy.
4
(esta nota tiene que ver con la anterior) Seguro que a la casa de la tortillera llega el maricón que tan mal te cae (y tú a él), si demoro es porque élmeha embullado para que lo visite, y no debo decirle que no... acuérdate que el especialista que va a operar las amígdalas de nuestro hijo, es su amigo. Si demoro mucho, coge el carro... no tienes que detenerte allí, das dos, tres o cuatro pitazos... y te parqueas en la esquina. No subas, aunque si ves que después de la seña no me asomo al balcón es que la cosa se ha complicado, nunca se sabe... tal vez me hayan maniatado involucrándome en algún “cuadro”, y tú debes subir a socorrerme...
5
Si cuando regrese me entero de que llegaron las papas, el pescado la soya alguna chuchería... ¿Crees que podré dejarlo para luego? Ve por mí, debo estar asfixiándome en una cola...
6
Si se llevan la corriente, ¿podré soportar el silencio de tumba y la oscuridad que embargan nuestra casa? Ten la total seguridad de que estaré en la casa de Teté, el marido le trajo un acumulador de setenta y siete mil bujías... me llevo los cassettes de Varela y el último Show de Cristi.
7
De encontrarme con Elvira, ¡ya lo sabes, esa bruja acaba de regresar de Nueva Jersey! Es la ocasión genial. Algún pulóver, un perfume, blúmer o calzoncillo, o cuando menos un jabón se me puede pegar con apenas un saludo. Déjate de extremismos, esta mujer puede mejorarnos el menú por unos días.
8
Discutí con el cobrador de la luz, pero al final tuve que pagarle. También vino el que cobra el H20, le dije que no tenía vergüenza, sólo tuvimos agua una vez a la semana y él cobra por un mes... Me respondió que no eran problemas suyos, que eso venía de arriba... Le contesté que no, que el chorro es muy flojo, que nunca llegaba arriba, jamás a la ducha... siguió insistiendo que de arriba, de arriba... lo miré con odio, pero de todas formas, no te preocupes, pues terminé pagándole. Se acabó la prestadera de teléfono al barrio, nos hicieron llamadas metradas a Santa Clara, Pinar del Río y Camagüey.
9
Si ves el carro de la policía, no te asustes, nada debemos... cosas de los imprudentes del fondo, no saben hacer negocios y terminaron descubriéndolos. Son demasiado lentos para sobrevivir en el Nordeste... no te atrevas a comprarles ni venderles nada en mi ausencia, después te explico...
10
No des cuerda al reloj, lo detuve a propósito, me asusta lo exagerado que está pasando el tiempo... necesito más de veinticuatro horas para vivir... son dos canillas y un solo corazón.
11
Si sigo con estas tensiones voy a tener que llegarme por casa de Lolín. Objetivo: darme masajes, practicar yoga... pierde cuidado, Lolín es más puta que las mismísimas gallinas. Ella tiene unas manos maravillosas y mis músculos están tremendamente rígidos.
12
Dicen las malas lenguas que salió el ocho, si es verdad, tendrás que vértelas con el Jíbaro, seguro que no quiere pagarnos, le puse veinte pesos anoche, podremos arreglar, por fin, el refrigerador.
13
Debes tener cuidado, en el baño hay una rana, y en el latón de la basura una rata muerta. Si puedes busca a la guayabita que se esconde en la gaveta de la cómoda recuerda que anoche no nos dejó concentrarnos nos van a echar una multa, ya no sé cómo sobornar a los inspectores del Aedes, acaba de eliminar los criaderos que tiene en la fuente de los patos. De paso consigue algún veneno para las cucarachas que me tienen al punto de la histeria. Tú sabes que no soporto a los caguayos, y que cuando el perro no tiene qué comer, me mira con ojos de carnero degollado igual que el gato: búscales comida o te veo exhumando el cadáver.
14
No debiste tratar de ese modo tan duro a tu suegra. Me llamó preocupada, nerviosa, muerta de sustos. Deja de maldecirla, trata de ver si de una vez y por todas te entiendes con ella... recuerda que por difícil y terca que sea, tu suegra es mi madre.
15
Amor: Ojalá puedas comprender estas locas palabras que me tienen al borde del suicidio... tengo que decírtelo en ruso-arameo-catalán a un mismo tiempo, nadie puede enterarse o estamos perdidos: skilonm, bolchevik ju hun ploezai lajikunm loiumo lquiua quju jikof mkloie porque il matun kalor soport iguay un quiri gay y el alquiler almero ni visa ni bombo ni planitllo y dicen qu ficar per racuo... y que finalmente María Felina nos quiere gobernar, y no podemos permitirlo.
16
Como ves, estoy cerca, no ando en nada malo. Te quiero, ve poniendo la vasija para el té... Vuelvo pronto. Y déjate de decirle a mi familia eso de que yo nunca estoy en casa. |
I
Óleo sobre tela sobre bosque
II
La inequívoca singladura de una noche magna
III
Corrientes coloniales
y otros desnudos
IV
El tenue heroísmo de
la bestia
V
El sabor de
esas violencias de cada día
VI
Todos los Premios Calendario
VII
Emboscada en el jardín de héroes
VIII
Rock and Roll de la carne luminosa
IX
Alejarse del resto, y nada más
X
El testamento del buey
XI
(Re) verso con foto & dossier
XII
Escrito sobre la arena de las playas
XIII
Desandando las ciudades del viento
XIV
Desandando las ciudades del viento
XV
Bitácora de una navegación impasible
XVI
(Des)arraigos en óleos de James Ensor
XVII
Del escriba y sus dominios
XVIII
Herejías del último sendero
XIX
De silencios, peces y otras pertenencias
XX
Rimas del temor y la contemplación
XXI
Las almas de Deseos Líquidos
XXII
Desfiguraciones tras el equilibrio
XXIII
"Golpes bajos y otras emboscadas"
XXIV
Resistencia bajo bandera
XXV
Donde habitan las mariposas
XXVI
Voces enemigas
XXVII
Un paréntesis en (Des)h ojeando el Calendario
XXVIII
Fragmentos encontrados más allá de La Rampa
XXIX
Sans amour (i)limitado
XXX
Versos Sencillos: frontera hacia la eternidad
XXXI
Claroscuro estado del alma
XXXII
Semáforos en rojo: algo más que una estadía
XXXIII
Las certitudes de un bigote sin prisa
XXXIV
Hojas, cal y revanchas
XXXV
Deseos, caídas y otras herejías
XXXVI
Salvación a través de algunos recuerdos
XXXVII
Simplemente… no me dejes
XXXVIII
Las trashumancias de esenio
XXXIX
El silencio de las puertas dialogadas
XL
Próxima estación: escritos invernales
XLI
La sex(c)ualidad de Kalinín Borges
XLII
Otro paréntesis en (Des)hojeando el Calendario
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