 Cantar tangos también conduce a la poesía
Por: Lázaro J. González González
En su niñez escuchaba a escondidas una versión radial de la novela Cumbres Borrascosas. Además, solía cantar tangos, aprendidos de una película que le robó el corazón y la mente. En ese entonces, no había pensado aún en la poesía. Esta llegó a su vida de un modo casi imperceptible y las primeras estrofas le salieron sin saber aun cómo. Quizás haya sido por la música; pero lo cierto es que aquellos textos nacieron también disimulados y aun no se consideraba «poeta». Era solo Pablo Armando Fernández -procedente de una familia proletaria que vivía en el Central Delicias, de la antigua provincia de Oriente- y no tenía aun dieciséis años. También por aquella fecha se trasladó a los Estados Unidos, donde residió hasta 1959.
En Cuba, fue subdirector de la publicación Lunes de Revolución y secretario de redacción de la revista Casa de las Américas, jefe de publicaciones de la Comisión Nacional de Cuba en la UNESCO y miembro del Consejo Editorial de la Academia de Ciencias de Cuba. Asimismo, dirigió la revista Unión, es miembro de número de la Academia Cubana de la Lengua y en la actualidad labora como director de la Editorial de la Casa de las Américas.
Ahora, varias décadas después, evoca sus inicios a través del espacio Encuentro con, que organiza la Asociación Hermanos Saíz. Sus textos ya no quedan sepultados entre sus propios miedos, conforman una veintena de libros de poesía, tres novelas, un volumen de relatos y uno de ensayos. Por su obra, traducida a diferentes idiomas, recibió en 1996 el Premio Nacional de Literatura. De igual modo, mereció Mención en el Premio Casa de las Américas de 1963 por su poemario Libro de los héroes, en la edición del mismo Premio de 1968 resultó ganadora su novela Los niños se despiden, y en 1969 el libro Un sitio permanente fue Accesit al Premio Adonais de Poesía.
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Con hablar pausado y entre risas provocadas por algunos percances, compartió - mediante la conducción de la periodista Magda Resyk -sus vivencias con amigos, compañeros, y, en especial, los jóvenes asistentes al espacio. Al reconocerse poeta, dijo, dos voces líricas le influyeron: César Vallejo y Alfonsina Storni. También recordó a Nicolás Guillén, de quien se siente muy agradecido porque, por él, se hace partícipe de la fundación de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC). De ese hecho rememoró el momento en el cual el Poeta Nacional le entregó una llave de la casa donde radica hoy la organización y le dijo que sería el secretario general del Primer Congreso de Escritores y Artistas de Cuba. Teníamos la suerte infinita de tener a Guillén, quien limó muchas fricciones entre los escritores y artistas de aquella época, normales entre seres humanos. Pero la UNEAC es imprescindible y hay que seguir apoyándola, fortaleciéndola, declaró.
Por último, Fernández alertó a las nuevas generaciones que constantemente se presentan obstáculos como la envidia, la competencia y la falsedad; mas se deben vencer siempre con la creación. |