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(Des)h ojeando el Calendario
Dossier de reseñas de libros publicados en la colección Calendario tras obtener el premio homónimo de literatura convocado anualmente por la Asociación Hermanos Saíz

Por: Jorge Enrique Rodríguez.

IV

El tenue  heroísmo de la bestia.

Lo único prescindible dentro de la poesía es la ingenuidad    -a veces confundida torpemente con la inocencia-;   la ingenuidad ante los acercamientos: emboscadas que, inexorablemente, precisan ser transitadas en la búsqueda del “sino”, de la holladura conducente que al borde del estambre conjuga los abismos. Heroica de la Bestia   -Premio Calendario  2007-, de Fabián Suárez (Holguín 1981), nos precipita, a través de su “lógica poética”, hacia el escarceo con realidades que detenta para sí mismo como evasión y sustancia, salvación animal o contingencia filosófica, aun cuando tales riesgos estriben en la innecesaria candidez vuelta filo contra el poeta:
Yo, Bernard-Marie Koltés,   
quiero vivir subyugado a la belleza.     
Padecer todos sus males.           
Confieso haber amado a los muchachos   
que llegaron hasta mí con impudicia.                           
Otras tantas con alevosía.                  
Y otras, que por carencia menos,
con un secreto temblor.                 
Pero he sido generoso                                         
con los bellos animales que poseo.                             
No me avergüenzo de ningún combate.    
Me enfrento a los molinos,             
desnudo viento del sur.                    
Los amantes que no merezco     
encantar escapan desconsolados.                         
Soy como un tren que atraviesa     
tranquilamente la pradera.                      
Tal vez, no me alcanzan estos versos      
para vagar tras ellos; peregrinar la muerte        
como acto compasivo o de fe,                   
aunque oprima bajo mis sábanas                   
una nostalgia memorable por sus cuerpos (…)

Y es que la condición del ciervo no podría ser nunca la caída ante el rigor y la ventaja del carcaj;  jamás la destemplanza en los impulsos de la existencia misma sino la tenacidad, que tal vez no salva, pero contiene (nos contiene) la mitigación cuando la certeza se torna escurridiza, rehuyendo al diálogo, negada a la oración que nos revela nombres, trazos, signaturas, humectaciones, y también desgarramientos. Sólo en terrible concilio con los demonios se abrirían las hortensias, mientras la espera   -esa otra terrible oxidación-   propicia la “traficación” de nuestros menesteres, las maneras “otras” de asumir el pan y los alcoholes:
(…) Bestias que se arrojan a los filosos abismos.      
No soy más que un simple cochero,                   
un hombre traicionado por la utopía.                         
Fue ella, la Sibila,                                    
quien me dijo que no te quisiera.     

En el delirio de las meditaciones       
no pude con el llanto de su luz.           
Fue ella quien me advirtió                
día a día, años enteros, siglos después.       
Me estuvo velando el sueño       
que se negó a tu victoria.          
Fue ella quien me dijo “no lo quieras”.     

Tomó mi mano y se rayó en la piel           
estos versos que me anuncia el porvenir.   
Fue ella, la Sibila.


No obstante el desencuentro, en Heroica de la Bestia se sospecha el oficio de su patriarca, se advierte que ha cosechado en su travesía los convencimientos, la garantía del truco y el azogue que, a fin de cuentas, resumen el acto escritural de renombrar los motivos y enjaezar las oquedades, sin otra certidumbre que vivir cuesta arriba la caída:
(…) ¿Cómo arriar, en la ausencia,       
las banderas de mis seres queridos?    
Pobre animal, no debió morir         
en nuestra hoguera.              
¿Somos dignos del fuego                        
que todo lo devora?                           

Corro lejos sin mirar atrás.                 
Quien huye no siempre es el que escapa.      
Viejo padre, he aquí a tu bestia moribunda;                       
de rodillas el hijo del patriarca.    
Que nunca ofenda tus trampas, bienamado;
ni la última bala del tiro de gracia.

Es modesta la mesa que sostiene una casa,
el recuerdo de mi silla vacía;
hosca, gastada mesa de madera
donde llora la familia   
a la izquierda del padre…      
                  
aunque no alcance, por ahora, el tenue heroísmo de la bestia para satisfacer estos ejercicios de criterio -entendidos como sed del diálogo “otro” y sus consecuencias-, esta inconformidad, esta lectura casi al margen de inocencias que salvan, no obstante los desencuentros. No obstante.

© Asociación Hermanos Saíz. 2009.