(Des)h ojeando el Calendario
Dossier de reseñas de libros publicados en la colección Calendario tras obtener el premio homónimo de literatura convocado anualmente por la Asociación Hermanos Saíz
Por: Jorge Enrique Rodríguez
XXXIX
El silencio de las puertas dialogadas
Hay hechos que pasan a la historia, no por sí mismos, sino por los supuestos polémicos que suscitan --también una manera de legitimar contracciones--, y que de cierto modo impulsan hacia la revisitación, reindagación y reconfiguración de nuestras “perspectivas culturales”, sus derroteros y su praxis. Tal vez sea este “el caso” y la significancia de Las puertas dialogadas de Dolores Labarcena Castillo (Santiago de Cuba 1972) --premio Calendario 2002--.
Nunca antes --ni después-- la decisión de un jurado en los premios Calendario, había provocado una polémica que trascendiera el simple desacuerdo con el jurado, para extenderse hasta la incordia entre “generaciones literarias” y discursos estéticos emergentes, alrededor de un tema de moda por aquella época: la poesía experimental. La certitud literaria de Las puertas dialogadas pasaría a segundo plano, y creo que hasta el momento no existe comentario o ejercicio de criterio alguno al respecto. Incluso, la polémica es hoy un vago recuerdo --casi una idiosincrasia nuestra-- eclipsada por otros hechos y sucesos del panorama literario cubano.
¿Es o no Las puertas dialogadas una obra literaria? Si la pregunta va dirigida al reseñador respondería con uno de los principios de Undike sobre los supuestos de “la reseña”. Si en cambio va dirigida al crítico habría que escribir entonces un ensayo --que no es el propósito de (Des)h ojeando Calendario-- que recontextualizara las circunstancias, y hasta las confidencias, que matizaron aquel período.
Que hablen, entonces (ah, Undike), Las puertas dialogadas por sí solas, en el preámbulo donde supone (su autora) establecer las zonas cardinales del tema y su tratamiento:
“A mí me parece que estaría bien allí donde no estoy”.
Hay un ahorcado que trasciende, simple, limpio en el tumulto de la posteridad. Y centellea el tronco que me sirve. ¿Distraer el influjo o el vestigio de las almas? Y se apoderan las sombras más triviales, la decadencia del no reconocer.
El cristal sobre su rostro, ajeno, casto en rigidez bajo su risa. Niego las muertes que me faltan/ojo torpe, demasiado impalpable entre los vivos/. Y centellea el tronco que me sirve, el misticismo del aire, la saturación. Vengan las puertas dialogadas, hay un ahorcado que trasciende, simple, limpio en el tumulto. Según Baudelaire, “a mí me parece que estaría bien allí donde no estoy”. En la aguijonadura.
Percibir la realidad, reinterpretarla, a través de la imagen --desde la abstracción o en dialogación-- representa uno de aquellos sino bajo los cuales el sujeto poético expresa (impugna) su silencio, su discurso, su abrevadero, su extrañamiento, su solución. La certeza deja de ser el affaire (o el leitmotiv) para erigirse en indagación a través de la semiótica (o sobre el derribo de ésta). La lógica poética se convierte entonces en causa y desafío, el pronunciamiento en caída libre donde el sujeto poético lo apuesta todo en una sola acción, a sabiendas que no habrá retorno, no al menos por los senderos fáciles o aprendidos a memoria. Es solo el sujeto y su riesgo:
Rotulamos el eco Algo nos une -dice- aquellas ramas
de... o un velo en la subasta. Cómo llegar a la definición
no a la textura. MORÍAMOS DE LLUVIA ENTRE LOS ARCOS.
... se mostraba el juego los sitios más comunes.
Antes éramos cuerdas fijadas a la sombra o su rostro,
antepuesto al sonido o al sonido la fugacidad.
SEÑALES.
En Las puertas dialogadas, su autora intenta --amén de la manida “economía de recurso” que todo crítico esgrime como privilegio o credencial-- representarnos las esencias simples de las cosas, los sujetos y los objetos, el nexo que los convierte en sucediéndose, delatando (quizás) lo incierto de la complejidad que utilizamos para olvidar que transitamos un espejismo tras otro; el veredicto que nos fue legado como herencia, ese mismo que nos ata a la disyuntiva, que arde pero que igualmente es intraducible al acto cotidiano de andar cuesta arriba la caída:
Creo que puede ser enorme. Ahora es su cabeza, círculo, hueco de mar. Y, lustramos la sombra. Adoquinemos el alma al peso recortándose. Sueño noches que se cuelgan. Ecos, suerte de náufragos. ¿Sabe girar el cuerpo al estallido? Algo se agita. Un minúsculo roce sorbe las palabras. O el tiempo como una especie de trampa, trance, una armonía con el Yo. Hay que aglomerarse entre las sienes. Un cerco es ojo/cerco/noches que se cuelgan. Y tantea la soga bajo el muro, o el muro. Creo que puede ser enorme. Círculo, nada que succiona.
Pero en resumidas, ¿son Las puertas dialogadas un medio o acaso la finalidad, o ambas entidades en una misma figuración? No creo que las respuestas a este cuestionamiento sean la razones, o al menos las razones eficaces que conduzcan a dilucidar si somos o no animales bajo la piedra… bajo la semejanza de ser y estar desde la contracción. Sólo que un libro, la lógica poética (con)fabulada por su autora, nunca alcanzaría para tanto, si acaso para recordarnos que pertenecemos, de algún modo a “la vanidad del poeta sin discurso”. |