(Des)h ojeando el Calendario
Dossier de reseñas de libros publicados en la colección Calendario tras obtener el premio homónimo de literatura convocado anualmente por la Asociación Hermanos Saíz
Por: Jorge Enrique Rodríguez.
II
La inequívoca singladura de una noche magna.
El hecho simple de la vida habita en las querencias; el asunto complejo se urde en aquellas travesías que nos obliga a transitar esa existencia. La poesía -así también quiero creerla, asirla- es la tierra que media entre añoranza y certitud. Pero allí, en ese pensar(se) en herejía, sólo es posible la independencia “otra”; sólo es dable al animal que sobrevive la cortadura de contener esta dualidad.
Estas, y quizás no otras, pueden ser las sindicaturas que ampara Maylen Domínguez Mondeja (Cruces 1973) en su cuaderno Noche Magna, que mereciera el Premio Calendario 2006. Estas, por los desarraigos que la arraigan, por las verdades que otean -ella y su poética- y enjaezan sin temer veredicto alguno;
(…)Si hubo nostalgia sería por vanidad,
ese dulzor reservado a quien elige
y se cree a salvo.
Noche provinciana
sólo tenemos en común
la rancia mansedumbre que hoy me hace claudicar.
Yo apenas sé escribir lo que no puedo darme.
Nada me dice ya un andén,
el mundo es lo que toco bajo la noche inmóvil.
Aventurarse entre la noche antojada eterna, la noche única ofrecida para la salvación o el extravío, es dolor; pero el dolor incierto de la vida, el que heredamos y ni siquiera cuestionamos su demiurgo; dolor que Maylen en una noche sola delata y excomulga, aunque guarde para sí un gramo, pues quién sabe;
En tanta muchedumbre
cansina y rutinaria, vagando
sin saberme.
Qué azares determinan la paz
o el desatino.
Quién sabe para qué otros rigores, escriturales, discursivos, premonitorios, tendrá que esgrimirlo, expuesta como ahora, al manoseo, a la multiplicidad menos académica que insiste en hallar ausencias a través de los versos que no pronuncian un nombre, o región alguna donde juzgarla y también al oficio que extiende ante nosotros. La Noche Magna sospechaba este artificio, a tiempo supo emboscar al predador, y advertir,
Si regreso me recibirán los peces,
las noticias inventadas que arrastré
siendo tan niña.
No me pueden perdonar tus dioses
el adiós,
aquella pose de cortos juramentos.
Cuando vuelva
seré antigua.
Tus dioses no podrán reconocerme.
Es inequívoca la singladura, la que habremos de compartir en desacuerdo, o en la promesa de pertenecernos para siempre, porque,
Tuya es la fe
y yo soy la que conspira,
arremete sin ver los pasadizos
y se arrepiente,
pues no es fácil vencer en esta huida.
¿Cómo concilio mis golpes con el sueño,
cómo el instinto,
mi ambigua paz,
que se niega a conformarse?
Y no, no estaremos nunca conformes. Ardua es la estocada, y esta noche nos arroja la fe descreída que creímos como última frontera; la fe de amanecer por instinto; la fe en que los silencios callarían y que nadie -ni siquiera ella, Maylen- tendría que cantar este libro, ni cometer esta noche donde somos sorprendidos in fraganti, susurrando otros alcoholes menos heroicos, menos verticales. Pero la noche, esta Noche Magna, es guerrera, de senos que horadan la razón y nos recuerdan el sentido primigenio, el por qué aún somos y siempre regresamos,
(…)De haber buscado verdades más sencillas entendería,
agradeciendo esta hora humanamente,
que una ternura
puede alegrarlo todo.
Así de simple.
Ante tales circunstancias -encrucijada arrasada por los signos- sólo queda hallarnos con Maylen Domínguez, ya en otras sus convocaciones poéticas: Estancias en lo efímero (2001), De lo que fue dictado por el fuego (2004) y Bajo la noche inmóvil (2004).
|