Desde la Casa se sueña y se construye el porvenir
Por: Luis Morlote Rivas
Quizás por el "azar concurrente", del que hablaba nuestro Lezama centenario, el número 258 de la revista Casa de las Américas se presenta, hoy, en los días en que se cumplen cincuenta años de que viera la luz su primera entrega. Acoto una segunda coincidencia, este número, sobre el que ahora hablaré, dedica una gran parte de su espacio a la obra de escritores y artistas, tan jóvenes como los que entregaron sus textos a la revista naciente.
Este número de Casa abre con un texto leído por su autor el 19 de noviembre del pasado año en el Encuentro de Revistas Caribeñas, que organizó esta institución, en el que Roberto Fernández Retamar descubre para los que somos más jóvenes la dimensión colosal de la obra de la Casa de las Américas, y el valiosísimo testimonio que han significado las páginas de su órgano principal, al reflejar no solo la vida de la institución, sino la riqueza y la complejidad de la gran obra cultural que ha propiciado la Revolución Cubana, y el aliento imprescindible de Haydèe para convocar, para reunir a grandes figuras del pensamiento y de la creación artística en torno a la institución.
Roberto aborda minuciosamente la historia de la revista Casa, desde su fundación, hace ya medio siglo, y en ese análisis confluyen nombres, se revelan episodios, y con el lógico distanciamiento y objetividad que provoca el paso del tiempo, se evalúan posturas, se releen hechos.
Con extraordinario poder de síntesis, en apenas seis páginas y media, está contada la inmensa y rica labor de la revista Casa, que ahora comienzo a transitar, adentrándome en su número 258, como quien intenta moverse por un sitio sagrado, del que apenas comienzo a conocer su historia.
En la sección Hechos/Ideas, la primera luego de que uno vence el umbral de la revista, la profesora Marianela Agar Díaz Carrasco aborda las lógicas de género en el mundo aymara a partir de un estudio de la comunidad del altiplano boliviano. La cosmovisión andina, dual y complementaria, sustenta un análisis de los roles en relación con la peculiar concepción del desarrollo que tiene este pueblo indígena, al que pertenece un 25,2% de la población de Bolivia.
Más allá de su tema, el texto esclarece nociones peculiarísimas de la cultura aymara, entre ellas la noción del "buen vivir" que hoy forma parte de los textos constitucionales de países como Ecuador -en el que coincidentemente inicia hoy la cumbre de jefes de estados de ALBA, especialmente centrada en los pueblos indígenas y afrodescendientes- y la propia Bolivia.
Forma también parte de esta sección el artículo del profesor brasileño José Luis Jobim acerca de la obra narrativa de Machado de Asís, primer autor publicado por la Casa en su colección Literatura Latinoamericana y Caribeña, y a quien, en su aniversario, la institución dedicó un merecido coloquio.
Especial destaque tienen en este número los trabajos en torno a la obra del poeta, ensayista y narrador colombiano William Ospina a quien la Casa dedicó el pasado año la Semana de Autor, evento que ha permitido a los lectores cubanos tocar de primera mano las poéticas de autores latinoamericanos imprescindibles entre los que podríamos mencionar a Ernesto Cardenal, Pedro Lemebel, Diamela Eltit, Ricardo Piglia y Sergio Pitol.
Del propio Ospina, quien ganó en el 2003 el Premio de ensayo Ezequiel
Martínez Estrada que otorga la Casa y justo en el 2009 el premio Rómulo Gallegos por su novela El país de la canela, se publica El dibujo secreto de la América Latina, extraordinaria y personal lectura del continente, en la que el autor arma y desarma, reconfigura una cartografía de lo real y lo imaginado, de lo esencial y más allá de la esencia misma de los matices de la "vasta cultura continental" en la que poco, con excepción de los pueblos "mágicos del Amazonas", puede reclamarse como absolutamente autóctono, y sin embargo "todo es original".
El autor de Los nuevos centros de la esfera nos conduce a través de los misterios e imponderables de la cultura y la humanidad en esta parte del mundo, a través de los tiempos, fundiendo memoria y presente en un único trazo en el que se mezclan arraigo y trasiego, y lo pretendidamente derivado deviene "plenitud presente".
El dibujo de Ospina transparenta aquello que somos desde la imagen, desde las superposiciones y tensiones entre "lo real y lo mágico", entre la "vida y la imaginación", entre la naturaleza y la literatura, entre lo uno y lo diverso, entre la totalidad y lo particular y fragmentario. Desde "la infinidad de sus matices y la riqueza sutil de sus diferencias" el sagaz fabulador nos presenta a la América Latina y también las claves internas de su poética, atendida en páginas sucesivas por un grupo de sus lectores cubanos -Ernesto Sierra, Eugenio Marrón, Juan Nicolás Padrón y Jesús David Curbelo- a los que se suma el colombiano Hugo Niño.
Cumplen cabalmente estás páginas con el principal cometido del evento al permitirnos el contacto vivo con una voz siempre esencial del panorama literario latinoamericano, después del cual es imposible quedar indiferentes. Sirva el dossier entonces como invitación a recorrer los libros del autor colombiano, dos de ellos afortunadamente publicados por la Casa.
Dedicadas a la impronta y actualidad del Martí independentista, se publican las palabras inaugurales del Premio Casa de las Américas a cargo del ensayista cubano Pedro Pablo Rodríguez, quien fungió además como jurado del Premio Extraordinario Bicentenario de la Emancipación Hispanoamericana.
La sección Notas trae dos interesantes trabajos: uno de la escritora Fina García Marruz y otro de la profesora e investigadora italiana Alessandra Riccio, quien codirige la revista italiana Latinoamérica y colabora con el Programa de Estudios de la Mujer, que coordina Luisa Campuzano. El primero, bajo el título de Introducción a los Versos sencillos, sobre el que Fina explica que debió figurar como prólogo de un trabajo publicado en el número 200 de la propia revista Casa, y que por su extensión decidió suprimir –aún cuando faltan algunas frases, que confiesa perdidas luego de haberse mojado por la lluvia-, constituye sin dudas un análisis personalísimo, profundo, donde la poetisa, la devota investigadora de la obra del Apóstol, devela
conexiones, casi mágicas, maravillosas entre los martianos versos sencillos y el enigmático mapa estelar que pintaron nuestros aborígenes en Punta del Este, en la actual Isla de la Juventud.
El segundo texto, Ser hispanista en Nápoles es la intervención de la profesora Riccio, a comienzos de este año, en un encuentro, aquí, en la Casa de las Américas. Enamorada empedernida de la lengua española se confiesa la autora, y emprende un recorrido autobiográfico donde revela las claves de una vida de convencida hispanista, desde que por allá por los días del Nápoles de posguerra "le tocó una clase donde se estudiaba como lengua extranjera el español, que nadie quería estudiar".
Su paso por la Habana, a finales de los 70, víctima de un enamoramiento del que fue culpable –dice ella- la obra del escritor José Lezama Lima, su descubrimiento de la América Latina y su historia, su pasión por los pueblos y culturas de nuestro continente, le han hecho afirmarse en la defensa de la que llama "su querida lengua española", en la que no escapan los acentos de la diversidad gramatical de nuestros pueblos.
Cuatro textos se reseñan en la sección Libros. Al cruzar las fronteras, de Antonio Aja Díaz, sobre el que el director del Centro de Estudios de Estados Unidos de la Universidad de la Habana, Jorge Hernández Martínez, dirige su mirada por ser el resultado de una investigación minuciosa en la cual se expone el complejo fenómeno de la migración internacional, con especial énfasis en el universo latinoamericano y en la experiencia cubana.
La narradora Laidi Fernández de Juan presenta la extraordinaria novela Desde los blancos manicomios, Premio Alejo Carpentier en el 2008 y Premio de la Crítica del pasado año, de la escritora Margarita Mateo. Carlos Bernal, editor del Fondo Editorial de Casa de las Américas llama la atención, y más que llamar la atención disecciona, la compilación Obra junta, que recoge textos del poeta uruguayo Ibero Gutiérrez, asesinado con solo veintidós años por los escuadrones de la muerte.
Termina la sección con una reseña de Jorge Fornet, quien por cierto se estrena como codirector de la revista Casa, precisamente en este número 258, a propósito del libro Vaciar una montaña. 134 glosas, de Federico Álvarez, que recoge una selección de brevísimos textos de disímiles temáticas aparecidos en el periódico mexicano Excélsior.
Cerrando el número, las secciones Al pie de la letra y Recientes y próximas de la Casa ofrecen un mosaico temático que resume hechos, fija posturas, llama la atención sobre acontecimientos, pasa revista, propone miradas, agradece, convida, convoca. En Al pie de la Letra, especialmente emotivo resulta el artículo Muros que, escrito hace unos años por Eduardo Galeano, entiendo ahora en este número como la manera en que el colectivo de la revista Casa fija su postura al abordar un tema que estuvo de moda al final del pasado año y que como suele suceder en estos menesteres -apoyado por una descomunal cobertura mediática- celebró los veinte años de la desaparición del Muro de Berlín, desconociendo los cientos de muros que en todo el mundo permanecen levantados como barreras a favor de los poderosos, de la exclusión social y del racismo.
Conmovedor es el mensaje solidario que desde la revista se envía a las víctimas de las tragedias provocada por los terremotos ocurridos en Haití y Chile. Desde Recientes y próximas de la Casa se convoca a la edición cincuenta y dos del más importante y prestigioso concurso literario que se promueve desde Cuba, con una indiscutible y bien ganada resonancia mundial, el Premio Casa de las Américas, que de seguro convertirá esta institución a comienzos de 2011, como cada enero, en el centro de la vida cultural e intelectual del país.
También eso fue, a fines del pasado año, el II Encuentro de Jóvenes Artistas y Escritores de América Latina y el Caribe, Casa Tomada, con el cual la institución concluyó los festejos por su aniversario cincuenta y que, reseñado en este número 258, he preferido dejar para comentar al final de esta presentación.
Con ese Encuentro, la Casa del joven Silvio Rodríguez o del joven Arturo Arias, por solo mencionar dos nombres, volvió a latir en sintonía con las expresiones e ideas más renovadoras. Como lo hicieron antes la antología que sobre la juventud y sobre los jóvenes creadores latinoamericanos compilara en 1978 el lamentablemente desaparecido Mario Benedetti o la revista que 1983 acompañó el I Encuentro, antecedente de este, o las sucesivas muestras y premios de grabado resultantes de la convocatoria de La Joven Estampa, este número recoge el paso por la Casa de otro grupo de talentosos intelectuales y artistas del continente nacidos con posteridad al asesinato de Che Guevara, convocados ahora para pensar y crear a partir de las posibilidades múltiples de un encuentro interdisciplinario.
Hoy es una suerte que la revista agrupe textos sobre nuestras realidades, obsesiones e incertidumbres como los que aquí publican la ecuatoriana Valeria Coronel, el uruguayo Gabriel Schutz, el cubano Hiram Hernández Castro, la dominicana Raquel Paiewonsky, la argentina Ana Longoni o el mexicano-guatemalteco-cubano Alejandro Ramírez.
Textos autobiográficos, en mayor o menor medida, todos estos definen una manera de pensarse a sí mismos en relación con un contexto -social, cultural, artístico-. Comprometidos con su tiempo, atentos a las dinámicas y sinergias del presente, cada uno de ellos da cuenta de zonas distintas y al mismo tiempo complementarias de eso que hoy somos.
Una valiosa entrevista realizada por Gabriel Caparó a la periodista mexicana Gloria Muñoz en torno al devenir de la lucha de los zapatistas, los cuentos de Viviana Vargas Galindo, de Colombia, y Santiago Vizcaíno, de Ecuador, y la poesía de la nicaragüense Alejandra Sequeira y el argentino Washinton Cucurto, completan el dossier. Son nombres que hay que seguir en el futuro y
esa es también la apuesta de la Casa porque si algo queda claro, luego de transitar por estas páginas, es que la Casa no es el edificio sino las gentes que lo habitan y lo fundan día a día como un "conjuro -y cito las palabras de presentación del dossier- frente a la banalidad, la apatía y el individualismo".
Particularmente atractivo resulta que el número 258 de la revista Casa esté ilustrado, desde su portada misma, con provocadores detalles de los murales realizados por los artistas que tomaron la Casa, y dejaron plasmada su huella en la cincuentenaria institución. También mañana, porque empiezan a hacerse visibles hoy desde una estética muy particular, oiremos los nombres de Giselle Monzón, Nelson Ponce, Raupa, Roberto Ramos, Miguel Leyva y el resto de los muy jóvenes artistas que hoy estudian o comienzan a desempeñarse como profesionales del diseño, y que fueron convocados para la ocasión.
Por esas y por muchas otras razones debemos considerar el 258 de Casa de las Américas un número especial. Quiero no obstante, sin abusar del privilegio que me da el hecho de estar frente a ustedes comentándoles mis opiniones sobre a revista, hacer una sugerencia nacida precisamente de la hondura y riqueza que he descubierto en este número, en el que una gran parte de los trabajos aquí reunidos han sido leídos a viva voz aquí, en esta sala Manuel Galich, en la Che Guevara o en la que ocupa la biblioteca, conocedor además, de la costumbre de la institución de grabar, de registrar, cada conferencia o intervención, y pensando en que la Casa misma ha sido pionera en el diseño e implementación de proyectos concordantes con cada nueva época. Pienso en la utilidad de que también en este caso se pueda acceder, desde un cd o a través de la web, al número en la propia voz de los autores de cada artículo, en lo que sería una regeneración de la revista Casa, a tono con los tiempos que corren.
Agradezco la invitación que me ha hecho acercarme, sumergirme más bien, ya no como lector aficionado que lee un trabajo y luego consulta y disfruta otro, sino como el angustiado presentador que, disciplinadamente, bajo la presión que supone cumplir la palabra empeñada con Roberto Fernández Retamar, un intelectual a quien respeto y admiro, con sentimiento cercano a la devoción.
Adentrarme en el número 258 de este órgano de la Casa, que seguro ustedes llevarán hoy a sus otras casas, también me ha permitido, justo medio siglo después de su primera publicación, constatar que Roberto y su equipo habitan una gigantesca Casa, también de papel, que a medio siglo de fundada, sigue siendo un lugar para la creación, el pensamiento y el debate, desde el que se sueña y se construye el porvenir.
La Habana, 24 de junio de 2010 |