
Cartas de Alejo Carpentier a Toutouche
Por: Rubén Ricardo Infante
Sobre la relación entre Alejo Carpentier y la cultura francesa hay distintas versiones, unos lo ubican como un escritor latinoamericano preocupado temáticamente en la cultura de nuestra región y otros lo asumen como un escritor casi francés, pero que escribió sobre el ámbito de nuestro país y las antillas.
Ahora, con la publicación de las cartas que Carpentier le escribió a su madre Lina Valmont, Ekaterina Vladímirovna Blagoobrázova, (1884-1964) se confirman cualquiera de las dos hipótesis. Las Cartas a Toutouche fueron escritas entre 1928 y 1937, años en los que permaneció estudiando en la capital francesa. Carpentier fue el primer Premio Cervantes entregado a un escritor cubano, justo en 1977, sólo un año después de instituir este galardón.
Hace un año, el gran poeta Jorge Guillén hubo de recibir, en este paraninfo de la muy ilustre Universidad Complutense donde ahora me hallo, la misma recompensa que, como coronación de mi ya larga carrera de escritor, viene hoy a premiar mi propia obra. Y acaso por hallarme aquí, donde por fuerza he de evocar la presencia de quien admiro desde hace medio siglo…1
El criterio seguido por Rafael Rodríguez Beltrán -el traductor de muchos de los documentos ahora publicados dentro de la papelería del autor- y la de Graziella Pogolotti -presidenta de la Fundación que lleva el nombre del creador de la novela El siglo de las luces- responde al creciente interés de estudiar los epistolarios de muchos de nuestros escritores como una vía para el conocimiento de otras facetas de los mismos.
En su permanente transformación, las ciudades mueren y renacen. El París de Hugo y Zolá desapareció por obra de la reforma urbana de Haussmann. El Montmartre de Toulouse-Lautrec y del primer Picasso se redujo a tarjeta postal para turistas después de la Primera Guerra Mundial. Por la boca del metro Vavin se llegaba al Dome y La Coupole, los cafés que acogieron a la vanguardia artística del mundo en el tránsito entre las dos grandes contiendas. El derrumbe del Montparnasse bohemio arrastró también al cercano Hotel du Maine, donde se hospedaron, en fraternal comunidad, los cubanos—pintores, músicos y escritores—que buscaban en Europa los caminos de la renovación artística en el tránsito de la década del veinte a la del treinta del pasado siglo. Allí compartieron los escasos centavos para ahogar en un plato de frijoles negros la nostalgia de la isla, escuchar luego un poco de música e intentar algunos pasos de baile. Allí estuvieron, entre otros, los pintores Carlos Enríquez y Marcelo Pogolotti, el compositor Alejandro García Catarla, el diseñador Fico Franco y Alejo Carpentier.2 Así resume Graziella Pogolotti la época en la que convivió el novelista con otros intelectuales en la capital francesa.
Es cierto que la correspondencia es un asunto privado y que publicarla puede resultar nocivo en cuanto a las opiniones versadas en distintos temas, a lo largo del volumen. En sus primeras páginas resalta una, donde escribe el novelista:
En tu última carta me hablas extrañamente de E. Loynaz. ¡No sé qué ilusión te hacías con esa gente! Nunca quise verte estrechas relaciones con ellos, pues siempre me han parecido que eran un bando de desequilibrados. Por eso les he dado de lado en más de una ocasión mucho antes de partir. No hacen más que posar, embriagarse y ¡consumir cocaína…! ¡Eso es todo! Nunca me gusta meterme en la vida privada de la gente, pero ya que yo te […].3
No es difícil comprobar que se refiere a los Hermanos Loynaz: Flor, Enrique, Carlos Manuel y Dulce María, es cierto que el suicidio de Carlos, el carácter demasiado abierto de Flor y la perfecta dinastía respetuosa a base de látigo y flor de Dulce María, podían generar como premisa para que Carpentier mantuviera reservas con la familia, pero asegurar que sólo son un bando de desequilibrados, tal vez sea excesivo.
Este libro, como todos, tiene un autor. Pero un autor, en este caso, colectivo o plural; un autor que se llama Loynaz y que se desdobla en cuatro, que es o son cuatro distintos pero, a la vez, uno solo. Porque todos ellos constituyen una unidad. Una unidad que, por serlo, entraña en sí la diversidad y la diferencia y no significa mera adición o repetición de iguales…4
Por otro lado la propia Dulce María Loynaz, Premio Nacional de Literatura y Premio Cervantes, condición que la sitúa, al menos en obra a la par de Carpentier, dirá refiriéndose al cuarteto integrado por ella y sus hermanos: Los hermanos Loynaz, nacidos en La Habana a principios de este siglo, constituyen un caso aislado en el mundo de las Letras. Digo así porque siendo cuatro los habidos de la unión del Mayor General Enrique Loynaz del Castillo y doña Mercedes Muñoz Sañudo, los cuatro sintieron la misma vocación por la poesía y los cuatro la cultivaron, aunque de distinta manera en cada uno.5
De todo el libro ésta resulta la afirmación más fuerte en alguno de los juicios emitidos a lo largo de un volumen que recoge las 138 cartas, postales y otros documentos que le escribió Carpentier a su madre durante su primera estancia en París. Cuenta la ensayista Pogolotti que: Desde ese entorno escribió Carpentier buena parte de la correspondencia dirigida a su madre, escalonada a lo largo de siete años. Conservada por la destinataria, la correspondencia viajó con ella a París. Años después de la muerte de su autor, las cartas regresaron a La Habana, junto a otros documentos conservados en una maleta.
Testimonio que recoge la periodista Marta Rojas en La maleta perdida. Pero las Cartas… ofrecen un testimonio parcial del proceso de formación del joven Carpentier durante su decisiva estancia en París y revelan aspectos íntimos del desarrollo de su personalidad.
En dicho prólogo Graziella reconoce al autor de El reino de este mundo como alguien demasiado familiarizado con las dos culturas y las dos lenguas, y al libro en cuestión como: Así, las Cartas… muestran, junto al Carpentier de andar por casa, un atisbo de época y datos de indiscutible valor para el estudio de su proceso creador y de los vasos comunicantes entre vida y obra.
1 Alejo Carpentier: Cervantes en el alba de hoy. Discurso de aceptación del Premio Cervantes de Literatura. Publicado en: La letra del escriba, no 5, abril, 2001.
2 Graziella Pogolotti y Rafael Rodríguez Beltrán: Los recuerdos del porvenir. Prólogo al libro Cartas a Toutouche, Ed. Letras Cubanas, 2010.
4 Gumersindo Rico: Prólogo al libro de los Hermanos Loynaz: Alas en la sombra. Antología poética de los autores: Flor, Enrique, Carlos Manuel y Dulce María Loynaz. Ed. Letras Cubanas, 1992.
5 Dulce María Loynaz: Introducción al libro Alas en la sombra. Ob. Cit. p.13.
|