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Los malos inquilinos

A  José Luis Serrano Serrano
y Reinhardt Jiménez Cañete

ciertos inquilinos cuya esencia desconozco

vinieron a rondarme la cabeza

llegaron despaciosos: nictálopes / videntes

mujeres de pasos breves de pasos evaporados

hombres que van  a morir (no del pecho o el riñón)

sino del paso inexorable de los hombres

 

traían lentas lunas  hojas muertas

restos que la noche le atribuye a Praga

estaban allí olvidados y distantes

miraban ese sitio donde a veces puedo oír

junto a un bar de la calle Heredia

un arduo gemir de buscavidas

y el humo y la jerga desde adentro

donde antiguos vendedores brindan con alcohol

al mediodía

donde esas paredes de Santiago Mártir guardan

una tristeza de indefinible esplendor

estemos aquí les dije: miremos como huyen las nativas

se van a Barlovento a Waterloo a desangrar su corazón

bajo las piedras

no sólo debajo sino encima de las piedras

en un hostal en un cerrado bosque

al borde sentencioso del pantano

donde ya no hay paso ni rostro seguro

 

he renunciado a traicionar

he sostenido el ayuno y la soberbia de los héroes

he dado de comer a los perros

he convocado y recibido el desamor

nadie fue vejado en mi cabeza

y acaso les pregunto:

quién extrañará mis manos

quién hospedará mis muertos

quién será de mí cuando me asista el desamparo

cuando estas palabras se vayan sin decir

lo que antes no fue dicho

 

ustedes que practican el método de Ulises

que no temen ni al tiempo ni a los hombres

ni se inventan acompañantes con los dones que le faltan

ustedes que apenas cuantifican

que escriben sus memorias

saben que sólo son nuestros aquellos que se van

aquellos que siempre están ahí

en busca del mar  del esplendor de lo perdido.


2

nacidos aquí

donde los muertos lloran  a sus muertos

donde el hombre sabe qué es un hombre

qué es un Dios y sin embargo no le importa

le importa el duro hierro de sus clavos

la sangre que se expresa a través de su lengua

sus badajos

a través de su pecho y su víscera violenta

 

viejo Tiresias

qué culpa tengo yo de estar aquí

castrado envilecido segregado por seres violentos

seres humanos  seres que aman el hedor de la gloria

es así

sólo puedo decir aquí nacimos

pero no puedo decirte adonde

apenas te diré que eres ciego

y que sólo a través del tiempo sabrás

que lo bello es sólo bello en un momento

y sólo en un lugar

como ese aire que agoniza en mis pulmones

un aire neutro aletargado con una voz de náufrago

y un grito

vamos a migrar a tragrar aire caliente

a buscarnos  en la rabia  en los techos de zinc

en la sombra lateral que proyectan las palabras

vamos a acercarnos digo:

a ver y tocar y bien decir de aquellos  los peldaños

los míticos peldaños que escalaron los hombres

a ver por ejemplo: la rosa que vio Borges en mitad del infinito

ajena y triste como todas las rosas

a ver los héroes de Jerges el Cenizo

muertos de tristeza en un rincón de Salamina

a ver al expoliado que no tiene ojos pero ve y llora

que no tiene frente pero piensa y se sume en sí mismo

a ver sobretodo al dictador que ignora con exceso

que es un hombre

 

viejo Tiresias

no vine a tu país a convertirme en axioma

soy la expresión

aquel que inicia un par de escenas y da paso al argumento

es culpable indiferente lleno de altos y bajos preceptos

a veces medio raro  a veces el bufón

cuyo asombro se desploma en un momento

no eres ciego

tus ojos concuerdan en género y número

están como los míos

comidos por la pólvora de todas las guerras

atados con alambres al rencor de los años

dispuestos a perderse  a ganarse un sitio bajo el polvo

bajo el hierro displicente que atraviesa mis costillas

estamos aquí

poco o nada hicimos el uno por el otro

no  pienses no maldigas  no es a ti a quien aman

no eres tú el que ha venido a martillarme

a dislocarme los ojos

digamos que has venido a sonreír a edificar

a encerrarte en los suburbios  de la tierra

 

viejo Tiresias vamos a olvidar

a sentarnos levemente frente a Dios

a tomarnos en paz  nuestra cerveza.

 

© Asociación Hermanos Saíz. 2009.