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La fuga de las botellas

Por este lado, por este lado –dejo el refresco blanco-

— Que no, que no chico –replicó la botella vieja-

— ¿Qué sabes tú? Si a ti nadie te quiere desde que tienes roto el pico.

¡JA,JA,JA! Reían todas las botellas de buenas marcas, relucientes y finísimas. El cogñac usaba una elegante corbata a rayas y cada refresco tenía en la barriga una etiqueta para diferenciar los sabores.

La botella vieja y rota no habló más, se fue lejos al lado más oscuro del almacén.

Día tras día una delegación de camiones se llevaba muchas cajas de bebidas para las tiendas. Les ponían precio y después de comprados los niños se daban gusto con los refrescos y los jugos. Los adultos preferían al pretencioso cogñac.

¿Qué si volvían al almacén?

No, de eso nada. Todos iban a parar a la basura y desde luego al más total e insoportable olvido. Por eso la insistencia para escondernos todo el tiempo de un lado a otro.

Esa noche no dormí bien. El frío me entraba por la ranura de la boca rota y la tapa medio suelta tiritaba. No tenía compañía a no ser un par de ratones muengos que conversaban.

Se van a llevar la caja de cogñac mañana y oí decir que después vendrían por 2 cajas de refresco, dijo el más feo de los ratones. A lo que el otro contestó.

Bah! A mi que me importa. Nosotros nos tomamos esas porquerías. Dormimos aquí porque nos gusta pero el almacén de al lado si está bueno. Muchas galletas. ¡Eso sí que es vida!

Desde que escuché el comentario muchas cosas me pasaron por el pico hasta sentí dolor de estómago. El gas ¿Qué gas? Si ya ni sabor tenía. Cuando

me elaboraron era un rico refresco de naranja pero al estar roto ya no servía para nada. Sin embargo, estaba decidido a contarles todo a los otros.

Eh! ¿Decidiste aparecer? Preguntó el refresco blanco con tono de burla.

¡Eso es que tiene miedo! objetó el cogñac.

— Ni lo uno, ni lo otro. Estoy aquí por ustedes. Dije y acto seguido conté la historia de los ratones.

— Vamos a ver ahora dónde van a esconderse ustedes. Todas las botellas apenadas me agradecían y me pedían ayuda.

¡Por favor, necesitamos de tu experiencia!.

Eran muchos, 1 caja de cogñac tenía 12 botellas y 2 refrescos, 24 cada una.

La fuga era evidente pero…

¿Dónde esconder a tantos?

Al fin, se me ocurrió una idea; buscar a los ratones y pedirles que nos ayudaran a escapar al almacén de galletas. En este momento cayó al suelo una caja llena de refrescos de naranja y no quedó ni uno sano. Bueno, quedó uno yo que días antes había elegido sobrevivir aunque estuviese roto. El piso parecía una laguna cuando el sol se refracta en ella y los pedazos de cristal se esparcieron por los rincones. ¡Fue una gran desgracia! Pero de no ser así, no se hubiese cortado la pata uno de los ratones y hecho el trato. Yo era el encargado, por ser más añejo de verter un poco del líquido que me quedaba en la herida del odioso animal y evitar la infección. Él por su parte nos conduciría al túnel que se comunicaba con el otro almacén. Lo que para él era porquería, le había salvado la vida. Ahora, estando del otro lado. ¿Dónde ocultar a tantos? Uno detrás de otro con mucho cuidado nos escapábamos. La fila era tremenda y el trayecto agotador. Al llegar al hueco del piso, el cogñac quiso ser el primero en entrar y se trabó por el cuello. De tanto halarlo perdió la corbata. Lloró a más no poder. Se veía acabado y molesto. Después continuaron los refrescos de piñita, luego los de 11 cogñac restantes y los refrescos blancos, faltaba yo. Cuando todos estaban dentro de ese almacén y asomé la tapa pusieron sobre el hueco un saco de galletas de sal. Perdí la noción de todo, quedé atrapado y sin amigos. Los ratones perdieron su pasadizo secreto. Regresé al lugar de siempre, al Almacén de bebidas. No sabía la suerte que habían corrido, me preocupé mucho por sus vidas. Al día siguiente vino el camión y para sorpresa del jefe no tenían ni refresco piñita, ni refresco blanco, ni cogñac, sólo algunos jugos de toronja a que nadie le gustaban. El camión se fue como vino, vacío. El pobre hombre se montó en cólera, le habían robado. Nadie pudo explicarse nunca lo sucedido porque no hubo huellas de delito alguno.

Los años iban y venían. Por las noches los ratones tatarabisnietos de los muengos, que ahora son mi única familia me contaban que mis amigos vivían a salvo en el museo de la ciudad cuando fueron encontrados habían transcurrido 100 años.

Una tarde de Febrero mientras sacudían las telarañas y desempolvaban el piso del antiguo almacén, un niño me encontró. Estaba asombradísimo y curioso. Pasó un trapito por todo mi cuerpo y leyó la etiqueta: Refresco de naranja 1900. Ya no me quedaba nada adentro aunque conservaba la tapa y el pico roto igual que siempre. Corrió muchas cuadras conmigo y me llevó al museo.

Estoy allí, junto a mis amigos. El cogñac tiene en el cuello una cinta dorada. Los refrescos en la tapa un adornito blanco y yo estoy en el centro con una medalla ajustada a la cintura que dice:

“Más de 100 años de perfección, de etiquetas antiquísimas y modelos obsoletos”.

© Asociación Hermanos Saíz. 2009.