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El grito

Muchas lunas contemplaron tu vestigio y
aún no has encontrado la metáfora de Dios.
Daniel Ruíz.

Sólo un grito se escuchó. Un grito en el campanario mudo desde siglos donde las sombras disimulaban su estancia. Yo estaba tan cerca pero no me atreví, puesto que tratar de ver lo nunca visto, no lo consideré privilegio alguno, eso lo aprendí del señor de la lata en el cuello. Siempre decía y confiaba en el brillo de los ojos al mirar fijos a la cara.

Todo estaba quieto como el día anterior, quizás un revoleteo de murciélagos dándome la bienvenida al infierno o talvez un saludo congregado al desafío. De todas formas fui acompañada por la luz del candil, un objeto cortante medio ferroso que no sabia usar pero al menos me daba la seguridad de pisar filme en cada cuadrante. No creo en fantasmas -me dije-. La cruz permanecía fiel a Cristo, un poco sucio. Apenas se filtraba un rayo de sol por la hendija de la puerta neoclásica. Cada santo, imagen o como mejor se  ajuste a la religión profesada estaban carentes de devotos, velas, sin la quilería que completaba los salarios de papá. Él si, hubiese ofrecido quince príncipes negros a Caridad, la vidente y también unos tabacos para aclararme el camino a la duda.

¡No lo pude creer!...Alguien me seguía en el último corredor. No volteé el rostro para no asustar al espíritu, que de cierta forma, era la mano derecha de alcance en un socorro al jardín. En el piso yacía una camisa raída de un color rarucho creo esa mezclas de colores primarios y secundarios está  próxima a converger en el laboratorio de algún sesudo.

¿De dónde sacaría fuerza para llegar allá arriba?

¿Por qué estaba allí?

Mientras me interrogaba me arrodillaba ante la escalera de madera y pedí a la baranda sujeta sólo por algunos remaches que protegiera tanta osadía. Comencé la exploración cautelosamente peldaño a peldaño. Un olor a polvo, humedad, carne descompuesta ocupaba la altura. Entonces descendí cuatro peldaños, ya no quería de ningún modo abrir la cubierta de hojas. Se reían de mí, las paredes mohosas, la esquina del marco del cuadro y creo que hasta yo lancé una sonrisa al ver la campana en el suelo.

¿Y el grito? 

N.Q.C

© Asociación Hermanos Saíz. 2009.