DOPAMINA, SANS AMOUR
Blog de Marco Antonio Alvarado
Por favor, ahórrese cualquier comentario astringente
17 / 07 / 06
9:32 P.M.
SADY
Al fin se me paró.
Y ya no sé para qué.
Allá muy lejos distante y remota hay una muchacha. Es belga, vive en Tokio. Trabaja en una imprenta donde hacen cajas para DVDs. Las de cartón, quiero decir. Ahora están tirando unas cajas para DVDs de una compañía coreana. Las cajas llevan un logo con detalles en tinta irisada. Por eso las imprimen en Japón, les sale más barato.
En fin, la muchacha belga.
Todos los días acude a este blog y sabe que existo, que aún existo. Eso es muy importante. Para ella, y para mí. Por eso, solo por eso, me siento a actualizar otra vez. Bostezos. He tenido un día maltrecho.
Olvidemos a la puta belga.
Sady está en la cocina. Me pregunto si sueña. Con qué. Seguro no conmigo.
Llegó hace un rato. Yo acababa de actualizar (ver MARY), y Sady entró patinando (no suelo cerrar la puerta, ver 9 / 05 / 06). No se quita los patines ni para comer. Ni para bañarse. Todos los días la veo bañarse, por la ventana de mi baño. Nunca corre las cortinas. Tiene las tetas como calabazas. Y se rasura. Muy a lo porno. Se masturba con cualquier cosa. Y ni para eso se quita los patines. Como siempre, venía a buscar algo que no era yo:
—¿Tu mamá no está? Me hacen falta unas cebollas.
La oí trastear en la cocina. Salió con unas naranjas agrias, cogió una banqueta y se sentó a mis espaldas:
—¿Siempre estás comiendo mierda con eso?
No le respondí. Minimicé todo y miré sus tetas reflejadas en la pantalla del laptop. Parecían más grandes que de costumbre. La camiseta sudada. Los pezones.
—¿No tienes ahí fotos de esas cochinas que a ustedes tanto les gustan?
—¿A quiénes “nosotros”?
—A los hombres.
—Eso no te importa. Ni que fueras mi mujer.
—¿Y si lo fuera? ¿Tendrías de esas fotos ahí? ¿En carpetas de esas con nombres tan obvios que no engañan ni a una abuelita? Si yo fuera mujer tuya, ¿no preferirías tener fotos mías? ¿Mías y tuyas? ¿Haciendo de todo?
Sus tetas dejaron de interesarme. La miré de reojo:
—¿A ti qué te pasa, tú?
—Que boté a mi marido —pensó un poco, y aclaró—. O a lo mejor me botó él a mí. Qué se yo. Le encontré una carpeta de esas en el disco duro. Y me fundió.
—Tú eres del carajo. Por una carpetica…
—Tú no me vas a entender. Mira, si fueran unas fotos ahí, qué se yo… Pero, mira, las tenía ordenadas, ¿tú me entiendes? Una onda de enfermo. Rubias. Trigueñas. Pelirrojas. Tetonas. Culonas. Jovencitas. Medio tembas. Parejas. Tríos. Y todo con fechas. No me imagino lo que se habrá demorado en organizar todo eso. ¿Qué tú crees?
—¿Cuánto pesaba todo eso?
Se apartó de mí con cara de asco:
—¿Y tú te crees que yo iba a medir…?
Me encogí de hombros.
Miró para el techo, frió un huevo, y se rascó una teta:
—Bueno, eran como dos gigas.
—Tiene que haberse demorado bastante —juzgué—. A no ser que las copiara ya organizadas…
—¿Tú ves? Coño, hay que ser cochino para dedicarse a eso… Pero, bueno… —volvió a recostarse al espaldar de mi silla—. Ahí había unos tipos que se mandaban mal… Mal de verdad. Y fuertes, tú. Yo creía que hacer pesas y tomar esteroides te la ponía chiquita. Pero parece que no… Oye, ¿tú no crees que un tipo al que le gusta mirar cómo lo hacen otros tipos debe ser maricón?
Miré para donde tenía las baterías de la cámara recargándose. Ya debían estar, así que fui y desconecté. Cuando volví a la silla, ella había apoyado las tetas en el espaldar. Tuve que sentarme recto, so pena de clavarme sus pezones en los pulmones.
—Entonces, él llegó, me vio mirando aquello, y no me acuerdo quién empezó… —Sady apoyó los brazos en las tetas, y la nariz en mi espalda—. Al final se fue, con dos maletines. Mañana viene a recoger lo otro. Y se acabó. Es tan imbécil. O será, no sé, que soy yo la comemierda.
Callamos un rato. Yo no tenía nada que decirle.
—Oye, Marco Antonio, ¿qué tiempo llevamos de vecinos?
—Creo que toda la vida.
—Una vez estuvimos en la misma aula, ¿te acuerdas? En quinto grado.
—Sí, me acuerdo.
—¿Y yo no te gusto…? Mira que ahora me lo puedes decir. Aprovecha.
—Tú siempre tuviste un marido. Desde quinto grado.
—Bueno, sí, pero… No sé.
Yo tampoco sabía.
Y de todos modos, eso no iba a parar a ninguna parte.
Ella creo que se relamió. No estoy seguro. No podía verla. Me abrazó por detrás. Me clavó los pezones.
—Oye, marco Antonio, ¿por qué no pones una foto tuya en el blog? ¿Te da miedo?
Lo pensé, y no, no me daba miedo. La verdad, nunca había pensado en eso. En fin, Aquí la tienen.
—Pero no una en la que salgas así, normal… ¿No tienes una foto en la que estés desnudo?
Le respondí que sí, que tenía una foto así.
—¿Y te daría miedo poner esa?
Lo pensé, y no, en lo absoluto. Busqué la foto en cuestión. La puse en pantalla.
Alguien más compartía esta foto conmigo. La omito por respeto a su anonimato.
Sady me abrazó más fuerte:
—Nunca te había visto desnudo.
Yo a ella sí, tantas veces. Lo pensé, y se lo dije.
—¡Maricón hijo de puta!
Ya no me abrazaba. Ya corría hacia atrás, tropezaba y caía sobre una mesita, y ya se levantaba para seguir corriendo.
Lo pensé, y no, no quise verla correr.
Forcejeamos hasta la cocina. Ella no gritaba. En realidad, su resistencia era fingida. Hasta que cogí el cuchillo.
Dejó de fingir, pero ya no tuvo tiempo de gritar.
Fui a buscar la cámara. Tiré esta, en homenaje a mi madre, que le toca fregar cuando regrese:
En mi blog tenía un comentario. De la puta belga. Lo cito:
Escríbeme a este correo. ¿Hablas inglés? Quiero conocerte. Dónde es que tú vives. Tengo que conocerte.
Lo pensé, y no, no quiero conocerte.
No tengo por qué coño conocerte. Tokio es una mierda. Bélgica también. Búscate un mulato cubano en Madrid.
Porque para empezar, sé que ni eres belga ni vives en Tokio ni mides 95-60-90. Tokio es un invento de los belgas y los belgas no existen; son una leyenda coreana. Por otro lado, la única que mide 95-60-90 es Sylvia Saint. No jodas.
Voy a cerrar este blog. Y me monto otro. No es la primera vez. En realidad, todo esto es inútil. Pero un placebo es un placebo. Eso es lo importante.
Sospecho que Analio (ver CATY) tuvo la culpa de todo.
Tal vez, no. Pudo ser Caty.
A veces sales a la calle y eres otra persona, y todos los demás son otras personas, y por eso no importa, ¿verdad que no?
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