Un loco nuevo en el parque
Hay locos sueltos
Y quiero salir con ellos.
Y. Murciego
A Mónica no le gustaban los viejos del parque. Siempre andaban con la ropa muy sucia y un saco en la espalda. La gente decía que eran medio locos, pero locos o no a ella la asustaban mucho.
— Además tienen muy mal olor y mamá siempre dice que si me porto mal me llevarán en su saco.
Lo malo era que todas las tardes, cuando iba para la escuela, tenía que pasar cerca de ellos, porque a esa hora los viejos se reunían para hablar cosas extrañas.
— Yo tengo una casa en las nubes.
— Yo vivo en la galaxia.
— Pero si yo ayer me comí a la galaxia esa.
Mentiroso, la galaxia no se come, se toma, como las montañas.
En ese momento Mónica se tapaba la nariz para no sentir su mal olor. Ella sabía muy bien que ellos no vivían en la galaxia ni en las nubes, sino en el parque. Todas las mañanas se alejaban con su saco lleno de trastes y volvían por la noche, a dormir en los bancos.
Hace un tiempo le preguntó a su mamá por qué la gente se vuelve loca y esta le dijo que porque querían. Aunque, por más que lo intentó, la niña no pudo imaginarse a nadie que le gustara estar sucio y pasando frío.
— Si papá estuviera aquí seguro me explica bien, pero desde que se fue tengo que conformarme con lo que me dice mamá.
Su papá se había ido a vivir muy lejos. Hacía mucho tiempo y casi no la visitaba.
— Por eso mamá dice que ya no le interesamos.
Y cuando pasaba frente a los viejos Mónica pensaba que ellos tampoco le interesaban a sus familias.
Si no vinieran a recogerlos, o al menos los visitarían de vez en cuando.
Hace un tiempo llegó al parque un loco nuevo. Uno que se reía mucho y le gustaba llamar a la gente. Una vez llamó a Mónica tres veces. Ella no quería hacerle caso pero sus ojos le gustaron mucho.
— Es que los tiene grandes y bonitos, como si no estuviera loco.
Por eso se le acercó lentamente y descubrió que no tenía tan mal olor.
— Parece que cuando uno es nuevo en esto de la locura no huele tan mal.
Entonces el viejo le mostró el saco, que tampoco estaba lleno de trastes ni de niños malcriados, sino de libros. Algunos usados y sin cubierta. Otros, escritos en un idioma desconocido. Pero a Mónica no le importaba eso. Era feliz porque había encontrado a alguien que, como a ella, le gustaban los libros.
Desde ese día se hicieron amigos. A escondidas de su mamá la niña le llevaba comida al viejo. También le consiguió unas camisas limpias que su papá había dejado en el fondo del armario. En agradecimiento él le contó historias de su mundo fantástico y ella aprendió a creer que la gente puede vivir en las nubes y beberse la galaxia.
Una noche la niña le hizo la visita a su amigo y cuando vio que él tiritaba de frío bajo uno de los bancos, le trajo su colcha y lo abrigó bien.
Al otro día la mamá casi pone el grito en el cielo cuando la hija le dijo que había regalado la colcha.
— Perooooo, te estás volviendo loca, (Y MÓNICA EMPEZÓ A DESCUBRIR POR QUÉ LA GENTE SE VUELVE LOCA) esto está muy malo para andar con regalos, esa gente no es familia tuya.
Gracias que la mujer le tenía tanto miedo a los locos que no se atrevió a buscar la colcha.
Desde entonces disminuyeron las visitas al parque. La mamá todo el tiempo vigilaba a la niña y no la dejaba salir de la casa.
Su amigo cada día la extrañaba más. Por eso empezó a pasar con su saco de libros por la casa de Mónica, pero no la vio nunca.
Un día la niña pudo escaparse. La mamá hablaba con la vecina sobre un cosmético nuevo y ella aprovechó el momento para irse.
Encontró al viejo llorando en el banco.
El hombre le pasó la mano por la frente, entonces ella supo que él tendría que irse, que los locos son como los pájaros, que hay cuidarlos para estén cerca.
Como la quería mucho y para que no la olvidara, le regaló un corazón bien grande pintado en una hoja. Él, por el contrario, le dio uno de sus libros, de esos que estaban sin cubierta. Mónica lo apretó mucho, besó al viejo por última vez y se fue a su casa.
Cuando llegó todavía su mamá conversaba con la vecina de al lado, se fue a su cuarto a leer el cuaderno que su amigo le había regalado. Así fue como descubrió que era un libro escrito por niños. En la segunda página tenía el título bien grande, Los gnomos están tristes. Entonces se le ocurrió la idea de leerle esas historias a su mamá.
En realidad la mujer no quería dejar la conversación pero fue tanta la insistencia de Mónica que tuve que decirle a su amiga que luego seguirían hablando. Y mientras se limaba las uñas en la sala, su hija comenzó por el primer cuento, Casa de muñecas.
Los gnomos están tristes
Mientras Mónica leía el libro su mamá iba dejando de limarse las uñas para prestarle atención. No sabía bien, pero algo la unía a los padres de los cuentos. Fue ahí cuando se acordó que días antes le había prohibido a su hija que fuera amiga de un viejo loco. Entonces, sin pensarlo dos veces, cogió a Mónica de la mano y las dos salieron corriendo hacia los bancos del parque. Pero fue en vano, ya el viejo se había ido. |