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La casa en el fondo del patio

A Teresa y a Ana María, cómplices de este cuento.

Verónika nunca más va a olvidar el día que su papá se fue de la casa. Desde entonces, las cosas no volvieron a ser como antes. O al menos como al principio, cuando las paredes de la casa estaban pintadas de rosado y a toda hora se escuchaba un “mi vida” o un “como te quiero”. Y la pequeña tenía que sonreír todo el tiempo porque a su papá no le gustaba la tristeza.

Sabía muy bien que, en el aula, era envidiada por los demás niños. Muchos de ellos vivían con sus padres divorciados. Todas las mañanas llegaban tristes y no atendían a las clases. Pensando. Un día Felipe, el más enano de todos, se puso a llorar en medio del turno de Historia y dijo que hacía mucho que no veía a su papá y que le echaba de menos. Después fueron Jorge, Mónica y muchos otros lloraron también. Desde entonces se sintió la más grande y bonita el aula. Ya sabía que en la casa de sus amigos las paredes no estaban pintadas de rosado, ni se escuchaba el “como te quiero mi amor”.

Y se siguió sintiendo la más bonita hasta que un día lo encontró todo pintado de marrón. Entonces supo que las cosas empezarían cambiar.

- Ese marrón tan malo trajo las discusiones entre mamá y papá. Ahora pasan todo el tiempo serios, como si estuvieran molestos.

Eran tantas las peleas que tenía que esconderse en el cuarto, para no escucharlos, pero hasta desde allí sentía el ruido de los vasos y platos al partirse. En ese tiempo ella también llegaba pensativa al pupitre. De esa forma descubrió por qué mundos andaban sus amiguitos cuando se ponían tan tristes. Recostada sobre la mesa soñaba con un hada de pelo muy rubio y un vestido laaaargo que con una varita mágica acabaría con los problemas de su casa. Pero al parecer el hada no quería escucharla porque los problemas continuaban como también continuaban desapareciendo los vasos y los platos de la mesa, y hasta el florero que encontró partido en la basura.

Una tarde, al regresar de la escuela no encontró el marrón en las paredes. Ahora era gris el color. Todavía con la mochila en la espalda fue para el cuarto, allí estaba su papá con toda la ropa recogida y una foto en las manos. El hombre la abrazó mucho, le besó el pelo y la frente.

- Mi niña… me tengo que ir. Es mejor para todos. Te prometo que vendré a verte, mientras quédate con esta foto, de recuerdo.

Desde entonces ya la niña no volvería a levantarse con el Cu Cu del reloj o con el sol. Ahora la despertaban los gritos de su madre, por cualquier motivo. Un día los juguetes en el piso, otro la ropa, las muñecas fuera de lugar, o las hojas del mango en el patio, la sala, la cocina o el cesto de la basura. Lo importante para su mamá era gritar y molestarse. Única forma de olvidar que había sido abandonada.

Verónika, por el contrario, cada día vivía más dentro de sí misma. Cuando salía de la escuela se encerraba entre las cuatro paredes grises de su cuarto y, mirando la foto que le habían dejado, recordaba los tiempos en que ella y sus padres eran una familia de verdad y se sentía la más grande y bonita de la escuela.

—Esto es lo único que me queda de papi. Él que siempre me enseñó que los niños no dicen mentiras, acabó engañándome. Me dijo que vendría a visitarme y nunca lo ha hecho. La culpa la tiene mamá, por ella es que no me visita.

Hace unos días, antes de entrar en la casa Verónica encontró a un perrito acurrucado en la acera. Estaba lleno de fango y un poco asustado, de todas formas la niña lo guardó en la mochila y lo escondió en su cuarto. Bien sabía que a su mamá no le gustaban los animales.

—Lo único que hacen es regarlo todo y ensuciar la casa. Bastante tengo con lo que riegas tú.

Pero esta vez la niña estaba decidida a quedarse con el perrito. Le haría una casa en el fondo del patio, allí donde su madre no llegaba por miedo a las lagartijas. Sólo que antes tenía que bañarlo, ponerle nombre y darle de comer.

- Ahora cómo te pongo...¡ya!, ¡lo tengo!.. Toby...NO, ese nombre lo tienen todos los perros...mejor Leo...pero si no eres un león no debo llamarte Leo...juhhhh...creo que lo mejor sería ponerte Amigo...porque eso es lo que tú eres...mi amigo, ¿no es así?

El perro empezó a sonreírle y a lamerle las manos. Entonces Verónika supo que su soledad se había terminado.

Esa noche, sentada frente a la mesa, le contó a su mamá lo del perro y cuando la mujer empezó con sus réplicas de siempre, ya le tenía la respuesta preparada.

- No te preocupes que no va a estar aquí adentro. Le haré un casa en el fondo del patio.

Verónika nunca le había respondido a su madre, por eso la mujer se quedó sin saber qué decir. Tuvo unos segundos de duda y después le dijo bien seria:

— Cuando lo vea dentro de la casa LO BOTO.

Alegre por la noticia la niña salió disparada a buscar a su A/amigo. Por primera vez en mucho tiempo se dio cuenta de que el gris de las paredes iba despareciendo.

A la mañana siguiente, con algunos palos viejos, cuatro tejas del solar del frente y unos clavos oxidados le hizo la casa al perro. Desde ese día comenzó a ser feliz de nuevo. Todas las tardes se iba al patio y allí pasaba horas enteras con él. Entre los dos contaron todos los lagartos que se escondían en los rincones y en poco tiempo cada uno conocía los secretos del otro.

Además ya el gris tan feo ya se estaba yendo de la casa y ahora aparecían colores más claros.

Todo estaba bien hasta que un día la mamá llegó del trabajo más molesta que de costumbre. La pequeña enseguida descubrió la causa de su disgusto, se lo dijeron las paredes. Sus padres se habían visto en la esquina de la casa.

- Mamá... ¿pero no le dijiste a papi que viniera a verme?

- A verte –le dijo la mujer molesta- lo que quiero es que te pase el dinero del mes, o él piensa que tú vives de qué. Si falla de nuevo lo voy a llevar a los tribunales.

Verónika no sabía nada de dinero alguno y mucho menos de tribunales. Así que, mientras su mamá se enfurecía, ella se alegraba más y más. Apurada, fue para el cuarto, le dio un beso a la foto que le habían dejado y fue corriendo al patio a contarle a su A/amigo.

Pasaron toda la tarde juntos, revolcándose en la hierba y corriendo detrás de las mariposas pero, en la noche, cuando fue para la casa, encontró sobre la cama la foto de su padre hecha pedazos. Único recuerdo que le quedaba de él.

 Ese era el y ahora su mamá, en su furia, la había destruido.

- Yo no sé por qué mami hizo esto- se dijo entre sollozos- no tengo la culpa de que no quiera a mi papá...yo sí lo quiero y ahora no tengo ni siquiera un foto para verlo...seguro ella piensa que los dos somos iguales y que cuando crezca me voy a ir también, por eso me trata así...

Al otro día la mamá se despertó y, como siempre, comenzó llamar a su hija desde la cocina.

- Verónika, Veróooonika, Veróoooooooooooonika.

Pero no obtuvo respuesta. Fue para el cuarto y su asombro fue grande cuando no encontró a la pequeña allí. Asustada, comenzó a buscarla por toda la casa; primero el baño, después el armario, los rincones, el cajón de la ropa sucia y el patio ¡El patio! Se olvidaba del patio.

Entonces, más allá del miedo a las lagartijas, apartó las enredaderas y fue directo a la casa de clavos oxidados y maderas viejas . Allí dormía Verónika abrazada a su perro.

Unas lágrimas se asomaron a las mejillas de la madre, pero, después de secarlas, dio la vuelta y fue para la cocina.

© Asociación Hermanos Saíz. 2009.