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El niño de la cama 4

Es lindo ver pasar un caballo así,
aunque sea en palabras.

Onelio Jorge Cardoso

Cuando Felipe cumplió seis años su papá le trajo de regalo un caballo de madera. Era tan GRANDE  que parecía de verdad. Estaba todo pintado de marrón y con los ojos negros, como los del niño.

Ese día el hombre le dio más besos que de costumbre, después se fue, para no regresar nunca.

Al principio, todas las tardes, el pequeño lo esperaba en el portal porque, aunque su papá estaba viviendo en otra casa, siempre venía a visitarlo. Sin embargo, dos meses después del cumpleaños, el niño se dio cuenta de que no lo vería más.

Ahora, cada vez que le empezaba la tos tan molesta que no lo dejaba ni hablar, corría para el cuarto a mirarle los ojos a su caballo. Las pupilas del animal eran como una bola mágica, en ellas Felipe veía a su padre pasándole la mano por la cabeza o dándole las medicinas. Pero lamentablemente eso sólo ocurría a través de las pupilas del caballo. Ya su padre no estaba y el único consuelo del niño era el juguete de madera;

                                                                                                  porque a mamá parece que no le interesa cuando toso, además casi nunca está en la casa, sale todas las noches con un amigo nuevo y regresa bien tarde.

La madre siempre lo había visto como un estorbo. Era joven y le gustaba DIVERTIRSE. Salía todas las noches con hombres  que la llevaban a las discotecas y le daban todo lo que ella pedía, mientras, el niño se quedaba en la casa, solo;

                                                                                          ahora con su juguete nuevo seguro no se aburre, eso es lo que él tiene que hacer, quedarse jugando, porque si sale conmigo le empieza esa tos tan molesta que a mis amigos no les gusta.

Y por más que el niño pataleaba y pataleaba nunca pudo salir con ella.

Gracias que hace unas noches las cosas empezaron a cambiar. Ya Felipe no le pedía que lo sacara a sus paseos;

                                     ahora es diferente, ahora sí estoy orgullosa de mi hijo, ya se está volviendo un hombre, y cuando le digo que voy a salir me da un beso y me dice que va a estar bien.

Eso la mantenía contenta. Lo que no sabía era que, en la casa, Felipe también se quedaba feliz. Su mamá no había descubierto su secreto y, para él, eso era muy importante;

                                                                                                                                    además mamá tampoco sabe que ya no tomo los remedios para la tos porque me dan sueño y cuando uno duerme demasiado se pierde de muchas cosas bonitas.

Sin embargo, por no tomar las pastillas, le volvió la tos que cada día era más molesta. Tanto que su mamá, a la que no le gustaban los hospitales, tuvo que llevarlo a uno.

A Felipe si le gustaban. Allí siempre conocía a algún amiguito nuevo y no la pasaba tan mal,  pero esta vez se molestó mucho cuando, después de que le hicieron  mil  pruebas, supo que tendría que quedarse ingresado en la cama 4 de una sala llena de niños que tosían como él;

                 es que hoy tendré que dormir sin mi caballo y desde que mi papá se fue no me había separado de mi amigo.

Pero los médicos fueron bastante claros;

                                                                 TIENE QUE QUEDARSE.

Y Felipe tuvo que quedarse, y solo;

                                                          porque mamá tiene otros asuntos más importantes que atender, además dice que ya estoy bastante crecidito para la gracia.

Su mamá no volvió ese día, ni el otro tampoco. Se apareció el tercero con uno de sus amigos, unas ojeras muy grandes y una caja de dulces;

                                                                                           toma, esto es para ti, te los compró Luis que a partir de hoy será tío tuyo. ¿De verdad que es bueno, no?

Pero Felipe, en ese momento, lo único que deseaba era estar con su caballo de madera y así mismo se lo hizo saber a su madre;

                                                          ahora no quiero dulces, lo único que deseo es que me traigas mi caballo.

La mamá, molesta, le dijo que él ya no era un niño para andar con tantos juegos pero el amigo que la acompañaba le susurró algo al oído y a la mañana siguiente ella le trajo el caballo.

Entonces el pequeño volvió a ser feliz. Ya podía burlarse de la enfermera y de sus pastillas para la tos. Esas mismas pastillas que le daban tanto sueño;

                                                                                                ya no las tomaré más nunca, si no voy a dormirme y no podré jugar con mi amigo.

Por eso, cuando se las trajeron, las escondió debajo de la lengua y después las tiró por la ventana.

Esta noche todos duermen. Todos menos Felipe que piensa con los ojos cerrados. Piensa que ya no ocultará más su secreto y que su mamá podrá salir todas las noches sin preocuparse de él ni de su tos.

Se levanta de la cama y, en puntillas, se acerca  su caballo. Lo mira a los ojos y recuerda aquella noche en la que lo miró por primera vez y, ante su asombro, el juguete comenzó a moverse por el cuarto. En ese momento casi se muere del susto pero después saltó sobre el caballo y, juntos, salieron galopando por la ventana.

Cabalgaron por un camino de estrellas hasta cansarse. Allá arriba no le importaba la ausencia del padre, ni los amigos de la madre, ni la tos.

Cuando regresaron prometió al caballo no contarle a nadie su secreto. Él, a cambio, lo llevaría a pasear todas las noches.

Y ahora estaba mirándolo a los ojos nuevamente. Como en tantas otras noches en las que su mamá creyó que él dormía. Y como tantas otras veces el juguete movió la cola, la crin y sus patas.

El ruido de los cascos casi despierta a los otros niños de la sala, pero antes de que eso pase Felipe salta sobre su caballo y juntos salen a través de un camino de estrellas que se va borrando tras ellos.

Quizás, al otro día, la enfermera piense que el niño de la cama 4 es muy remolón y no quiere despertarse.

© Asociación Hermanos Saíz. 2009.