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Casa de muñecas

Nuestro hogar se ha convertido
en una casa de muñecas.

H. Ibsen

Debajo de la cama estaban las muñecas. Sentadas unas frente a otras, como si conversaran. Henrik las había guardado allí para que su padre no las viera. Esa era la única forma de jugar con ellas. A escondidas.

—Esta es Pilar, la de las trenzas doradas. Esta Margarita, con sus ojazos azules y esta Micaela, con su pucha de flores entre las manos.

Y así, el niño las llamaba de cualquier forma. En realidad nunca le interesó el nombre que tuvieran. Por eso se lo cambiaba todos los días. Y el lunes Micaela era Micaela, y el martes ya no era Micaela sino Jacinta.

—Lo importante no es su nombre. Lo importante es mirarlas o jugar con ellas cuando no hay nadie en casa.

Las muñecas eran un regalo de sus amiguitas de la escuela. Las mismas amiguitas que habían crecido junto a él y con las que había jugado por vez primera. Pero ahora era distinto, ya no volvería a ser el rey que tiene muchas novias, ni el médico que inyecta junto a la doctora.

Desde la noche en que sus padres, Helmer y Nora, discutieron en la sala, pero tan fuerte que él los escuchaba desde el cuarto, supo que tenía que olvidarse de sus amigas.

—Pero, míralo…si hasta parece una niñita. Siempre anda con las hembras. Nunca lo veo con trompos o corriendo con los demás varones—decía Helmer mientras caminaba de un lado a otro.

—Pero mi vida, nuestro Henrik es especial.

—Qué especial ni que especial— continuó el padre molesto— él tiene que ser un hombre, como yo, si no…. — y estuvo unos segundos con las manos en la cabeza—bueno no quiero ni pensarlo.

  1. ¿Y que vas a hacer entonces?
  2. Prohibirle que ande con tantas hembras…no quiero a nadie blandito en mi casa. ¡Que se vaya a jugar con  trompos y bolas!

Esa noche cuando Henrik vio a su papá entrar al cuarto tuvo miedo de que él fuera a pegarle,  aún se veía muy molesto. El niño tenía pensado decirle que sus amiguitas eran buenas y nunca lo maltrataban. Los varones eran diferentes, siempre estaban jugando de mano y dándose golpes, sin motivo.  Pero cuando lo vio así se arrepintió.

De todas formas el hombre no había ido a escucharlo sino a decirle que cambiara a las hembras por los trompos y las bolas.

Al otro día, bien temprano, el niño fue adonde los muchachos. Todos estaban sin camisa y llenos de polvo. Jugaban a pelota y cuando vieron a Henrik le dieron un guante para que trancara, pero fue por gusto porque la bola siempre se la caía de las manos y no pudo hacer ningún out. A la hora de batear fue mucho peor; si hasta se le zafó el bate y le hizo un chichón a Krogstad, el capitán del equipo.

 Ya todos estaban cansados de que fuera tan torpe y que el equipo perdiera por su culpa, así que, liderados por Krogstad, comenzaron a burlarse de él.

  1. Eres un flojo. Una niña podría hacerlo mejor que tú.
  2. Nunca había visto a nadie tan débil.
  3. Pareces una hembrita, eres inservible en este equipo.
  4. Vete a jugar a las muñecas….vete….vete.

Y todos los demás seguían burlándose. Hasta llegaron a cantarle “Henrito, Henrito, te compramos un vestidito”. Y él tuvo que volver a su casa. Más triste que antes.

Por eso prefería a las hembras. Ellas nunca se burlaban de él ni le decían niño flojo. Además no sudaban tanto y casi siempre se divertían con juegos sencillos: lápices de colores, libros o agujas de coser.

Esa misma tarde, cuando iba para su casa, vio como unas pequeñas se jugaban  con sus muñecas. Le pintaban los labios y le llenaban la cara de colores. Entonces supo quienes serían sus nuevas compañeras.

A la mañana siguiente, mientras los otros varones seguían con sus trompos y sus brincos sobre la hierba, él se fue a la casa de las amiguitas de su aula y a fuerza de ruegos le quitó sus muñecas. Y en dos por tres ya estaba  buscando donde esconderlas.

— Si papá las ve seguro me pelea mucho, mejor las guardo debajo de la cama.

Todas las tardes, al regresar de la escuela, se encerraba en su cuarto a jugar con sus nuevas amigas. Allí era feliz. Ya nadie se burlaba de él y además no estaba tan solo. Ahora Margarita era la doctora, Pilar la novia y Micaela le regalaba la pucha de flores. Pero ayer, cuando llegó de la escuela y las vio a todas tiradas en el piso  de la sala, supo que lo habían descubierto. Helmer estaba muy serio y Nora no hacía otra cosa que llorar.

—Pero es el colmo…primero con hembras y ahora esto…no….si no sé que clase de hombre eres— y mientras decía esto lo zarandeaba por los hombros. El niño de tan asustado que estaba no sabía qué decir.

Ante su silencio Helmer continuó:

—No me mires con esa cara. Las voy a botar a todas en la basura. ¿Quién te dijo que los hombres andan con muñequitas? — y en ese momento, indignado, cogió a Micaela por el brazo y la tiró contra la pared— con tantos juguetes que te compro, ¡ pero serás bobo!

A su hijo ya no le importaba lo que él decía. Sólo le preocupaba cómo había quedado Micaela después del golpe contra la pared. Así que salió disparado a cogerla pero su padre lo haló por la camisa.

— Mira…mejor vete para el cuarto y no salgas hasta que me acuerde que estás allí.

Henrik iba a contestarle pero Nora, todavía llorosa, lo tomó por las manos y lo condujo hasta su cama. Después salió sin dar tiempo a que su hijo le explicase nada. Allí, acostado y mirando el techo, el niño pensó que definitivamente ellos querían que se quedara solo: sin las niñas, los niños que no lo aceptaban, ni las muñecas. Por eso deseó con todas sus fuerzas convertirse en una, con el pelo amarillo, muy rizo, los ojos azules y un vestido de colores. Así podría estar en la basura. Con sus amigas. Y lo estuvo deseando toda la tarde hasta que, sin darse cuenta, se quedó dormido.

Por la noche, Helmer, fue para el cuarto pero no vio a su hijo por ningún lugar. Por el contrario, encima de la cama, encontró una muñeca con un vestido de colores, el pelo rizo y unos ojos muy azules. El hombre la cogió por el vestido y se quedó mirándola.

  1. Juh…parece que esta mañana se me quedó esta.

Entonces, y todavía molesto, fue para el cesto de la basura.

© Asociación Hermanos Saíz. 2009.