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La poesía es una trampa que he tendido a la soledad

Por: Rubén Ricardo Infante

El poeta y editor Gabriel Pérez trabajó durante un periodo en Ediciones La Luz. Él fue uno de los empeñados en convocar el concurso Celestino de cuentos, en honor a Reinaldo Arenas y su novela Celestino antes del alba, un autor a quien lee y defiende desde la obra que escribió. Después de doce años de convocada la primera edición del mismo, el autor de El parque de los ofendidos (Premio Calendario) recuerda parte de su obra a través de un diálogo distendido en el tiempo.

¿Cuándo comenzaste en Ediciones La Luz?

Comencé con Ediciones La Luz desde que la editorial publicó su primer libro, o sea, el día que José Luis Serrano presentó su Bufón de dios, estaba allí con mis aplausos… De ese modo —digo—, líricamente, comencé, pero como editor (que es tu pregunta), mis primeros aportes tuvieron lugar a propósito del Cuarto Libro de Celestino. Pudo ser en 2002 ó 2003, intenté ser exacto revisando ese cuaderno pero, ya sabes… Según las fechas que he confrontado en mi «Diario hiperradiactivo», Michael H. Miranda debió dejar las ediciones en 2002 y me llamaron a mí, aunque quien busque en el colofón de la publicación citada encontrará que salió de imprenta: en enero de 2007. ¡Años de crisis! ¡Muchos años!

¿Cómo te vinculas a ella?

Mi primer vínculo con la AHS fueron Belkis Méndez y George Riverón. Yo deseaba mantenerme independiente, alguna vez parafraseé a Walt Whitman: yo pertenezco a todos los credos y a todas las castas, pero no entro en ningún círculo. Me salió mal, poco a poco los amigos terminaron convenciéndome… y cedí. Asimismo ocurrió con la editorial.

En un breve repaso por la historia de la literatura cubana te encuentras que sus grandes poetas han sido a un mismo tiempo: periodistas, editores, traductores y excelentes patriotas. Sin ánimo de grandeza, pienso que todos deberíamos aprender y aprehender un poco de nuestros clásicos. Desde niño te están brindando moldes, estereotipos, paradigmas… De ese modo, lo mejor que puede hacer un artista es revelarse ante esos que le imponen y crear los suyos.

A ratos sustituyo las consignas de mi infancia y me veo diciendo: Seremos como Lezama Lima. Y que se asuste quien se asuste. Por ejemplo, ¿puede el cristiano sentir temor de querer parecerse a Jesucristo? Pienso que la sociedad sería mejor si sus hombres se esforzaran por seguir, en espíritu y verdad, la vida de sus auténticos modelos de ser humano, esos que toda patria lega a la historia, un Martin Luther King en E.U.A., y en Cuba, José Martí.

No creas que me he ido de tu pregunta, estoy de lleno en ella. Me vinculé a la editorial porque amo la literatura de mi provincia, que ahora es parte del catálogo donde aparecen las obras de sus más jóvenes representantes y de sus hijos más renombrados: Reinaldo Arenas, Cabrera Infante, Gastón Baquero…  Porque fue el modo más inmediato de contribuir con ella, y porque vi la posibilidad de desarrollar esas aspiraciones, de enrumbarme por los mismos caminos trazados, como ya dije, por los grandes de nuestra cultura.

¿Cómo recuerdas el momento, quiénes participaban en las peñas…?

Lo recuerdo con agrado. Participaban los de siempre, los mismos de ahora, los que no se han ido del país o de la provincia, y los que sí se fueron, los más y los menos… Y gente que nadie sabe por qué está ahí, pero que tal vez cumple un objetivo fundamental como personal integrante de la «ultracultura» de todos los tiempos.

A ti se debe la creación del concurso Celestino ¿cómo lograron instaurar un premio que recuerda a uno de los personajes más controvertidos de la literatura cubana?

Se logró porque éramos muchos los que apostábamos por quitarle el veto a Reinaldo Arenas. Porque ya Joaquín Osorio se había atrevido a entregarle un ramo de flores públicamente en La Periquera a Oneida Fuentes, la madre de uno de nuestros escritores más universal. Se logró porque hubo gente inteligente allá arriba, donde se decide, gente astuta y comprensiva que prefirió decir sí, porque de lo contrario el concurso buscaría otra suerte de auspicios… Se logró porque ya Leonardo Padura había publicado un cuento de Arenas en la antología El submarino amarillo, donde aparece un rótulo que dice: Esta edición es un aporte solidario del pueblo de México con el pueblo de Cuba, como una forma de lucha contra el bloqueo norteamericano. Y así hubo mucha gente rezando día y noche para que no hubieran bloqueos internos que impidieran rendir homenaje al personaje clásico de las letras holguinenses: Celestino, porque no nos cansamos de repetir que como Cuba tiene su personaje mítico en Cecilia Valdés, Holguín tiene a Celestino.

¿Cuál crees sea la causa de que muchos narradores jóvenes se motiven a concursar en este?

Yo pienso que los jóvenes mandan a todos los concursos. Si alguien les dijera cuál van a ganar, ahí envían. Si les aseguras que perderán, se evitan las carreras que significa ese envío… Pero es cierto que con el Celestino hay una emoción auténtica, detrás está —ya lo creo— el espíritu de nuestro rey, saber que en su intención palpita la obra de un hombre que es símbolo de tantas cosas en la vida literaria del país, aunque todas esas simbologías no puedan ser develadas aun…

A lo largo de sus doce ediciones el concurso ha premiado a narradores que están haciendo su obra, ¿cómo aprecias el desempeño de esta y su relación con la trayectoria del concurso?

El concurso premia a inéditos, a jóvenes menores de 35 años. Cuando Reinaldo obtuvo la primera mención por la novela que da a conocer ese personaje, él tenía apenas 22 años. De este modo ocurre algo similar y también diferente con los autores premiados. Rubén Rodríguez, por ejemplo, desde el periodismo se da a conocer como escritor al obtener el Premio Celestino de cuentos en la primera edición del mismo, luego lo vemos convertido en un narrador que desborda las editoriales cubanas. Pero en la segunda edición sucede algo disímil, Michel H. Miranda y Luis Felipe Rojas obtienen el premio, y diez años después siguen publicando poesía, al parecer no logran su primer libro de cuentos.

Ahora el certamen se ha fortalecido, ya se convierte en un evento, incluso se compromete con la publicación del libro (ahora no se concursa con un cuento, sino un cuaderno). Cada día hay más narradores noveles a lo largo y ancho del inquieto caimán. En días de nuestro concurso, surge en La Habana el Taller de Técnicas Narrativas. Son múltiples las ofertas, la gente siente que la están pinchando para que escriba. Hay mucho que decir y se dice poco con la boca, entonces los jóvenes se refugian en la literatura. Al hablar necesitas de un interlocutor, para escribir bastan tus manos y algunas cuartillas, entonces hay que aprovechar la oportunidad.

Una década de vida da cierta historia, ya se puede valorar la trayectoria del concurso. A mí, por ahora, me basta con anunciar que un día hablaremos de «la era de los Celestinos».

Sientes una profunda admiración por Reinaldo Arenas, ¿crees que un día se llegue a valorar su figura a la par de su obra, donde no primen cuestiones extra-artísticas?

No solo lo creo, tengo la total fe de que un día genio y figura van a ocupar el lugar que merecen en la historia de nuestras letras. Me parece mentira que estemos a algo más de veinte años de distancia en la vida de ese hombre. Levemente recuerdo sus palabras a través de las ondas radiales del exilio en aquellos días finales de los ochenta, cuando aun no lo identificaba como el hombre más universal nacido en la periferia holguinense, cuando no sabía que su madre vivía a unas cuadras de mi casa. Cuando no imaginaba detrás de aquel timbre enérgico de voz, una enfermedad tan despiadada. Me parece mentira que hayan transcurrido veinte años. Te digo como una poeta cubana: hay tanto por hacer, y tan poco hemos hecho.

Hablemos un poco del escritor que eres. En el 2002 recibiste el Premio Calendario con el libro El parque de los ofendidos, pero después de ello no has publicado más narrativa ¿a qué se debe? Fatum, teoría del iceberg, caja china.

Mi narrativa actual no tiene nada que ver con la inocencia e inmadurez de ese libro que mencionas. Si me lo pones delante, me fumo en contra suya todos los cigarrillos que evito para cuidar mis pulmones, y luego los apago dentro, entre una y otra página. Sé que me apresuré demasiado. Se ha convertido en un amante indeseable, que ahora exige de un cuidado tenebroso a la hora de narrar. Mi sueño mayor es terminar una novela iniciada en 2003, ahí quisiera concentrar mis mejores energías, pero tengo abiertos tantos proyectos en la mesa que es difícil poner punto final… A ratos mi vida amanece en un mismo capítulo y esa misma suerte estática corre lo que escribo.

Eres más (re)conocido como poeta, donde has obtenido diferentes premios (De la Ciudad, Poesía de Amor o Adelaida del Mármol), ¿la concibes para testimoniar desde lo poético lo cotidiano o para expresarte a través de ella?

La poesía es una trampa que he tendido a la soledad, la narrativa es esa misma trampa, pero esta vez tendida desde la soledad hasta mí. La poesía es permanente. El cuento me asalta en períodos agudos. Creo que la novela va a ser mi mal incurable. Trabajo la crónica como una especie de oveja negra que llega convencida de que nunca diré no. La novela va a ser lo irreversible. Hay un montón de artículos y ensayos esperándome, pues soy un insaciable amante de la idea de ofrecer mi punto de vista.

La crítica vive de que seas bueno o malo (me interesa demasiado la autocrítica para dejar que las críticas me quiten el sueño). Adoro la posibilidad de escribirla, ejercerla... me resulta grato provocar criterios, opiniones de todo cuando se mueve a mi alrededor.

Como soy un pintor frustrado me resulta atroz delinear los contornos a mis personajes desde el punto de vista plástico. Tal vez me propongo de manera subjetiva hacerlo, o sea, una especie de parodia sobre lienzo que termina llevándome a escribir. Escribo porque si no lo hago estallo, es la mejor manera de hacer que mi espíritu logre un sorbo de paz. Me es difícil alcanzar la calma, soy una persona extremadamente alterada. Me concentro mejor en el espíritu de mis personajes que en el mío propio, comparto con ellos mi fatum, y ellos, el suyo con el mío. Hay una especie de simbiosis muy estrecha entre sus vidas y la mía. Soy, sin remedio, autobiográfico.

Mis personajes toman muchos tés y café... y fuman cigarrillos Camel, Montecristo, More, etc, que a mí me son difíciles de conseguir. Prefiero el Partagás, las raras veces que prefiero… También son —mis personajes— grandes tomadores de bebidas y licores que van desde el ron hasta el vermut o la borgoña y el azuquín... ahí estamos más lejos, ya no tomo. (¿Y te dije que soy autobiográfico?)

Mi tesis —si la hay— está basada en la complejidad de los sentimientos humanos, que son definitivamente los que mueven el mundo. Aunque el mundo a decir verdad, en los últimos días se mueve más por milagro que a razón de la ley de gravedad. Cuando hablo o describo el físico humano trato de dar mi idea de la belleza. Esa es, tal vez, la cualidad que más admiro, dígase que para mí gente bella significa alma inteligente. Cada minuto de mi vida necesita estar acompañado de timbres de voces y de miradas bellas. Claro, siempre sin perder de vista que lo que es bello para unos es infernal para otros.

© Asociación Hermanos Saíz. 2012.