colorao
Como una oruga blanca
El hombre que subió una colina
Cartografía de una ciudad
Deseo, peligro (II)
Deseo, peligro (I)
Historias mínimas
La Cortina de Plátano
Náufragos
Isla 70
La breve novela feliz de Raúl Flores Iriarte
El señor de las moscas
La tarde en que monté un Lamborghini Diablo
El hombre que vendió el mundo
Cuba, la noche y la locura
Nacidos para matar / Nacidos para contarlo
Bumerán: Encuentro con Michel Encinosa Fú
Pentagonía de un pasado perfecto

Por: Ahmel Echevarría

UNO

En la cubierta lleva el rótulo “novela”, tiene casi seiscientas páginas y está estructurada en bloques. Son tres los compartimentos alternados a lo largo y ancho del relato y no son estancos; en ellos no solo se narra la vida del cubano Iván Cárdenas Maturell ―aspirante a escritor y responsable de un paupérrimo gabinete veterinario de La Habana1―, a través de los conductos diseñados para conectar los compartimentos se trasvasa parte del contenido vital de la existencia de Liev Davídovich Bronstein (León Trotski) y Ramón Mercader del Río Hernández (o Jacques Monard). Esta mínima presentación es suficiente para saber de qué irá esta pentagonía: un acercamiento a un inobjetable suceso editorial ocurrido en Cuba: El hombre que amaba a los perros, de Leonardo Padura. Y no deliro cuando digo “inobjetable suceso editorial cubano” —en esta oración se habla de un escritor que abarrota una enorme sala no con público de utilería, sino con seguidores fieles (tan reales como el agua que calma la sed, tan reales como el cáncer o el sexo sin condón), de un autor con lectores incondicionales a los cuales el delirio y el deseo también los lleva a permanecer en una larga fila (darán un ticket por persona, solo se venderá un libro por cupón; como siempre sucede, la oferta es muchísimo menor que la inverosímil demanda, sabiéndose de antemano que el libro es un “palo editorial”), y permanecerán en la fila a pesar de que dentro de la sala de presentación está el propio Padura hablando de los orígenes del libro a comprar, de sus intenciones con esta novela, de la investigación, de cuanto le dijeron algunos de los amigos a los cuales siempre les da a leer los manuscritos una vez terminados: “no te van a publicar este libro” (hacían referencia a nuestras editoriales)—. En Cuba tenemos escritores, tenemos editoriales nacionales y territoriales, y además están los poligráficos. Cuba se puede dar el lujo de contar con muchísimos lectores, librerías y bibliotecas, pero el “palo editorial” es patrimonio de unos pocos —no hay que ser un diablo ilustrado para intuir la cantidad aproximada de nuestros long seller y best seller—. Levanto la vista y veo cómo Padura se escapa y aleja del pelotón (no de fusilamiento, sino de la masa más o menos informe de escritores cubanos), desde allá nos sonríe mientras le da forma y sentido a otro libro (quizá esa nueva historia tiene que ver con judíos, Cuba, la muerte y otros horrores y misterios).

DOS

El hombre que amaba a los perros es la crónica o la novela de una muerte anunciada. Al menos una parte de los lectores saben que Trotski murió asesinado en México; una porción de ese grupo conoce que un piolet fue hundido en el cráneo del viejo león en Coyoacán, el 21 de agosto de 1940, gracias a las artes de Ramón Mercader devenido verdugo y víctima. Pero Leonardo Padura Fuentes se traía mucho más entre manos, o entre páginas. No es el fin de Liev Davídovich la historia a narrar, sino la muerte de un idilio, el fin de un sueño, un ideal que acompañaba a varios millones de cubanos desde la salida a la puesta del sol. Es una tarde en la que se rompen mitos y se cumplen sueños —dijo Padura en la presentación—; en la otrora fortaleza militar San Carlos de La Cabaña, sede de la Feria Internacional del Libro en su edición de 2011, también comentó que su novela era un libro profundamente cubano, escrito y pensado desde Cuba para los lectores cubanos. Sin embargo, sin problema alguno esa máquina narrativa admite pasajeros de otras latitudes, porque no es uno de esos libros en los que se perpetra la escritura de un diminuto episodio nacional ni siquiera importante para el autor o los protagonistas del relato. En El hombre que amaba a los perros se habla de esa Cuba que, con aciertos y cuentas pendientes, ha transitado entre crisis de índoles diversas hasta dar de cara con este nuevo siglo y milenio —llevando a sus espaldas nuevos aciertos y viejas cuentas pendientes—, pero también habla de las luces y muchas sombras de la URSS (y Rusia), del México de la Kahlo y Rivera y Lázaro Cárdenas y un variado diapasón de miserias humanas, de la España sumida en la Guerra Civil y en antagonismos y traiciones y engaños y otras canalladas, es una novela que pone el ojo y el escalpelo en las revoluciones (usar la minúscula ex profeso, sin que ello implique obviar la importancia geopolítica y dimensión histórica de las mismas), en el amor y su paisaje, la verdad y su contrario, la traición, el sexo y sus alrededores; en ella se habla de la familia y el abandono, del dolor, de infligir dolor, y de la muerte, del exilio, del engaño, de malabarismos para salir a flote en medio de una crisis no personal sino nacional que ha cambiado las reglas del juego (como toda crisis que se respete) y ha tomado por sorpresa a la mayoría (tal como sucede en toda debacle económica, social y política); se nos advierte que todo Estado construye y narra un relato en el que no siempre incluye la realidad, porque es más extraña e inverosímil y políticamente incorrecta que la ficción.

TRES

Era el segundo semestre de 2004 cuando Iván, con un libro de cuentos en su haber y encargado de un cuartucho devenido clínica veterinaria, pierde a su mujer. Por esos días rememora un episodio de su vida ocurrido en 1977: había conocido a un enigmático hombre que, acompañado de dos galgos rusos, acostumbraba a pasear por la playa. Luego de varios encuentros, el hombre que amaba a los perros decidió compartir con Iván una serie de confidencias las cuales tienen como eje al asesino de Trotski. De Ramón Mercader, este enigmático hombre aquejado de una rara enfermedad y custodiado por un negro alto y flaco, conoce detalles muy íntimos. Ayudado por tales revelaciones Iván reconstruye las vidas de Trotski y Mercader —así podríamos resumir la novela de Padura, solo faltaría agregar que la vida de Iván es un verdadero calvario (hay de todo en la viña de este señor: las consecuencias de la homofobia, las horribles sacudidas de una política cultural o bestia gris que durante más de un quinquenio redujo, amordazó y silenció a no pocos intelectuales y artistas; alcoholismo y huesos rotos; expulsiones por “conducta impropia” en centros de trabajo, estudio y núcleos familiares; castigos y doble moral; inmuebles en “estática milagrosa”, Período Especial y todo lo que ello implica; perros sarnosos, cinismo, un poderosísimo huracán, osteoporosis, muerte y el derrumbe de una casa).

CUATRO

Puede que haya más en la vida de Iván, él es el escenario escogido por Padura para representar el comienzo y final de una verde mañana para toda una generación que se entregó en alma y cuerpo a la Revolución —esas trágicas criaturas cuyos destinos están dirigidos por fuerzas superiores que los desbordan y los manipulan hasta hacerlos mierda—. Quizá sea demasiado para una sola persona, para una sola vida, igual puede que le haya pasado a más de un cubano de esa generación nacida en las décadas del 40 y 50. Pero la realidad es más extraña que la ficción y esto le pasa factura a la novela. De los tres compartimentos, el de Iván deja un raro sabor, o la sensación de que algo no se logró o no se logró del todo. He llegado a decirme y decir “no es una buena novela”, porque la historia está en función de La Historia (subirse a la máquina del tiempo y regresar del pasado con mucho más que una pequeña flor amarilla, es difícil moverse con gracia cargando tanto equipaje), como si Padura tuviera la imperiosa necesidad de no dejar nada fuera (es ahí en donde la voz que analiza, opina y reporta sobre la realidad nacional se cuela en la ficción como si fuera un troyano), sin embargo me digo y digo “El hombre que amaba a los perros es un buen libro” (citemos a Iván: Saltar al vacío, jugárselo todo en la escritura), quizá la ficción no sea tan eficiente como en otras de las entregas de Padura, pero ese loco afán de no dejar nada afuera, de hacer una novela total, en este caso se agradece y de qué modo; aunque parezca poco verosímil cuanto le acontece a Iván (además del encuentro con un tipo amante de los galgos y conocedor de ciertos detalles sobre la víctima y verdugo de uno de los crímenes más reveladores del siglo XX), muchos lectores, en especial los cubanos que ya peinan canas, se verán en esas páginas. Son muy superiores los compartimentos dedicados a Trotski y Mercader. Liev Davídovich y Ramón cobran vida en esas páginas, hasta se les puede tocar y sentir. Padura va asociando, hilvanando las hebras de diferentes sucesos históricos, el lector verá cómo desde el destierro impuesto por Stalin a Trotski en 1929 y el penoso periplo del exiliado, desde la infancia de Mercader en la Barcelona burguesa, sus amores y peripecias durante la Guerra Civil, o más adelante en Moscú y París, las vidas de ambos se entrelazan hasta confluir en México. Gracias a ese tejido quedan en manos del lector terribles pasajes y paisajes que les fueron escamoteados a lo largo de su vida.

CINCO

Nada mejor que una cita de El hombre que amaba a los perros para concluir esta pentagonía. Dice Daniel Fonseca Ledesma (o Dany, amigo de Iván y su pupilo literario): Por más que corras y te escondas, el miedo siempre te alcanza.

1 Las citas, en su mayoría, han sido tomadas del libro El hombre que amaba a los perros (Tusquets Editores, 2009), de Leonardo Padura. Hay otras que forman parte de lo que Padura Fuentes dijo en la presentación de su novela en la Sala Nicolás Guillén, de la Fortaleza de San Carlos de La Cabaña, sede de la Feria Internacional del Libro.

© Asociación Hermanos Saíz. 2013.