colorao
Náufragos
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El hombre que vendió el mundo
Cuba, la noche y la locura
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Encuentro con Luis Alfredo Vaillant
Náufragos

Por: Ahmel Echevarría

El mar rompiendo contra la roca. Esquirlas de agua y sal. Espuma. Muchísima espuma. Un cielo gris, cargado y bajo, a ras de agua completa la imagen de cubierta de Náufragos, Premio David 2005 (Ediciones UNIÓN, 2007), libro de cuentos del poeta y narrador Luis Alfredo Vaillant (La Habana, 1968). Y como si no bastara esa imagen, en la dedicatoria de mi ejemplar consigna: Ojalá una isla mejor (¿que se avizora?) nos alcanzara. Mientras, agárrate a tu tabla y contempla las gaviotas.   

Tras leer la dedicatoria, podría llegar a la conclusión de que para Luis Alfredo Vaillant la literatura —¿acaso la vida también?— es capear un temporal en una embarcación muy frágil. O sobrevivir a una tormenta en altamar luego de que su balsa termine haciendo agua. O patalear y dar brazadas mientras la mar lo sacude. Dar brazadas y patalear y encontrar el tablón que lo ayudaría a mantenerse a flote. Salvarse para emprender una nueva travesía que quizá le depare otra vez el naufragio. Naufragar. Un eterno retorno. 

He escuchado los términos literatura gay, literatura escrita por mujeres, literatura escrita por negros... Incluso, a quien le escuché decir esos términos se atrevió a más: me reveló quién hacía qué. Me sobrecogió, te lo confieso. Su rostro decía a gritos “ellos son minorías y tienen el franco derecho de mostrar sus cuartillas”. ¿Una literatura hecha por minorías? ¿Crees que de verdad existen esos compartimentos en la literatura? ¿De qué hablan cuando hablan de literatura gay, literatura escrita por mujeres, literatura escrita por negros...?

La pregunta es un boomerang. Primero, por aceptar lo de minorías, después, por aceptar lo de literatura gay, femenina o negra. En cualquiera de los casos es discriminación. Son términos excluyentes, racistas. Esta discusión no es nueva, como tampoco es nuevo el deseo de diferenciar, separar, dividir a personas como diferentes según se le ocurra a alguien con posibilidades de establecer un criterio sobre otro y sobre “el otro”. Detrás de todas estas exclusiones, diferenciaciones y clasificaciones hay una gran hegemonía blanca, machista y racista.

Si aceptamos estas clasificaciones entonces podríamos aumentar las clasificaciones en: literatura escrita por judíos, literatura escrita por operados de apéndice, literatura escrita por autores nacidos en el polo norte, o por los que duermen en lado x de la cama, y así seguirían aumentando las clasificaciones según alguien quiera. Se podría hablar de literatura que trata sobre el tema gay, sí, eso es otra cosa, eso depende del autor y no de con quién se acueste el autor. Lo importante son las historias, de qué se escribe y cómo se escribe. La vida de los autores podría ser irrelevante, si nos dedicáramos a leer nuestra literatura a través de la radio creo que sería un poco difícil saber si somos negros o gay, incluso si somos hombre o mujer. Hay un grupo de personas —no pocas— que le interesan esas clasificaciones, mantener agrupadas a las minorías para mantener determinado estatus social. Esa es un área extraliteraria, entonces podríamos aceptar otras clasificaciones, literatura de los reprimidos, literatura de los cobardes o literatura de los machos blancos hegemónicos, literatura de los mestizos, literatura de los androgénicos, literatura de los ecologistas, de los macrobióticos, de los narcisistas o cuantas clasificaciones sociológicas y sicológicas se puedan aceptar.

Hay una imagen que no consigo borrar de mi memoria: la del náufrago. Hombres y mujeres aferrados a un tablón, boqueando, lejos de cualquier orilla. Así imaginé a esos escritores tras escuchar las confesiones de aquel día. ¿Acaso lo son?

La condición de náufrago es una virtud solo humana. Suena catastrófico y pesimista, pero yo no lo veo así. Ser náufrago en cualquier sentido de la palabra nos permite el derecho a la esperanza y esa no depende de otra persona que no sea uno mismo. La tabla de salvación siempre aparece y si no es así tenemos que buscarla —buscarla aunque nos demos cuenta que estamos llegando a la orilla—. Los escritores son eternos náufragos, todos, y no es que seamos más humanos que nadie, al contrario, somos perversos, calculadores, bouyeristas. Siempre estamos a la caza de una historia, husmeando en la vida de la gente, sin involucrarnos, distantes. Se convierte el algo intuitivo, fisiológico, también forma parte del oficio, es el modo de obtener nuestra materia prima para al final darle un poco de esperanza a algún lector. Esa es nuestra tabla, crear la esperanza misma, entonces el acto de escribir sería boquear —te cito— lejos de cualquier orilla.

¿Crees que está distante “la orilla” o “el destino” al que deberían llegar esas “minorías”? ¿Cómo anular o acortar esa distancia?

Como te decía, la tabla de salvación es la esperanza y el lector la orilla, el destino. Parece un poco obvio. Creo que la condición de náufrago implica desamparo, soledad, no tener brújula, solo las estrellas. Veo distante “la orilla”, esta generación de escritores —buena cantidad— está escribiendo no sé para quién, no sé para qué destino. Tienen una necesidad grande de demostrar no sé qué, y lo peor: creen que están haciendo la gran literatura del siglo. A lo mejor es cierto, es el mismo tiempo para todos, pero es difícil encontrar una obra que el lector pueda comentar o contar, que pueda ser recordada con posibilidades de convertirse en un clásico, si bien es cierto que la categoría de clásico también es excluyente, cerrada, variable y muy personal aunque parezca por consenso. Nos estamos escribiendo y rescribiendo a nosotros mismos, hay una distancia grande entre autor-lector-obra. No estamos contando. ¿Estamos demostrando? Estamos sugiriendo, enunciando, enredando lo que intentamos contar. Realmente estamos perdiendo tiempo.

Para acortar la distancia necesitamos menos arrogancia literaria, más humildad, universalizar nuestros puntos de vistas. Necesitamos otras lecturas y abordarla desprejuiciadamente. Necesitamos más información de qué se está escribiendo en el resto del mundo y contar con la opción de escoger qué leo y sobre qué o cómo escribo. Seguro aparecerán más lectores que coincidan en espacio y tiempo con nosotros.

¿De qué hablamos cuando hablamos de literatura?

Hablamos de la vida, de la muerte y de los mundos que inventamos. Hablamos de lo que nos da la gana

¿Qué significa ser un gay en la Cuba del siglo XXI?

La pregunta me parece irrelevante, me discrimino si la asumo, entonces tendríamos que hablar de una comunidad gay, de una línea de cosméticos gay, de celebrar el día del orgullo gay —que creo que sería muy bueno— y de literatura gay. Sería excluyente conmigo mismo asumir la pregunta aunque asuma la condición. Podría preguntarte si alguna vez tuviste un sueño homoerótico. Es algo que se te va de las manos, no lo puedes controlar, tienes que aprender a vivir con la represión o el deseo aunque haya sido en sueños, es algo que no pueden controlar los machistas hegemónicos ya sean negros o blancos. Ojalá el nuevo siglo en Cuba se abra a la realidad y no se quede en sueños. Significa también ser un náufrago agarrado a una tabla, esperando. Significa que un día yo te pueda piropear en público y no te sientas ofendido o sientas que violento tu espacio y tú simplemente sonrías sin tener que —¿demostrar?— tu condición de macho dominante aprendida.

¿Y qué significa ser un negro en la Cuba del siglo XXI?

No somos tal minoría como dicen. Las estadísticas dependen de los que llenan los formularios y planillas, o de quienes te ponen ese dato en el carné de identidad. Está demostrado genéticamente que no existen razas. Trato de que no sea discurso, trato de no caer en la retórica. Es difícil borrar siglos de visiones diferentes con respecto a lo que significa ser negro: lo malo, lo feo, lo sucio, lo agreste, lo bruto, lo sexual.

El significado es universal: seguir demostrando que somos iguales y con las mismas potencialidades. Volvemos a caer en las clasificaciones extraliterarias, son los mismos tipos de la historia anterior. Todo vino de África, pero en el proceso de reafirmación en que nos hemos involucrados los negros, por demostrar nuestras potencialidades, nos inventamos el concepto de negritud, que por supuesto fue necesario y emancipador, pero se convirtió en excluyente. Continuamos en una galería, en una vitrina, nos siguen viendo de una forma exótica, folklórica, incluso los mismos negros. Cuando tienes éxitos, de cualquier tipo, te ven diferente, eso pasa en cualquier grupo humano, pero entre los negros tiene una doble mirada: eres bueno para unos, para otros eres algo malo o diferente.

Aquí los hegemónicos también pueden ser negros o blancos, depende del dinero y del poder que tengas. Las clasificaciones son internas, plurales, geográficas. Lo que siente un cubano blanco emigrante en Europa podría ser lo mismo que siente un emigrante de la región oriental cubana, negro, en La Habana. Ahí se funden las clasificaciones. ¿Lo que siente una adolescente blanca de una escuela vocacional de ciencias exactas podría ser lo mismo que lo que siente una adolescente negra de un politécnico cualquiera?
Aquí también se pierden las clasificaciones auque las dos vivan en el mismo barrio. Los significados son extraliterarios, a veces muy burdos, pero en ocasiones muy sutiles.

Te atreviste con las definiciones y eso me gusta. Quiero que te atrevas con otra: ¿qué significa, para ti, la Cuba del siglo XXI?

No me gustaría atreverme pero tengo un componente familiar muy espiritual, soy medio profético, pero es para mi consumo. Espero que sea una Cuba mejor. Todos esperamos y queremos eso. A veces no asumo el siglo que estamos viviendo y no me doy cuenta de los cambios materiales, sociales, los cambios en la conciencia de la gente por la lentitud de los fenómenos transformadores y creo que es bueno en cierta medida. Y cuando digo “fenómenos” me refiero a hechos muy drásticos: guerras, terremotos. El período de crisis económica de los 90 lo pasamos con hambre, carencias, migraciones y ahora, en ocasiones, nos reímos de cosas muy tristes. De eso se trata cuando menciono la tabla a la que debe uno agarrarse, de la ironía como recurso y mecanismo de defensa, de sortear las dificultades, de salir a flote y buscar nuevamente la tabla de salvación. Aun no sé si ya pasamos la crisis económica de los 90, ya está planteada la de los biocombustibles y los alimentos y siempre existirá la amenaza de los huracanes. Creo que la cosa debe ir por ahí. Es algo en lo que no he pensado. Soy más que optimista. Espero también una Cuba más tecnificada, más moderna, limpia, ecológica y con mejores servicios. Este es un tema que prefiero conversarlo.

¿Alguna vez te sentiste náufrago?

Siempre. Ya te dije: ser náufrago es una condición humana permanente.

En una ocasión me dijiste que, como médico, en los últimos años estuviste trabajando en un servicio de urgencias, bajo mucha tensión, enfrentándote a la muerte. Recuerdo muy bien esta frase: “La gente se muere de verdad, es triste saber que alguien va a morir y no puedes agotar las opciones. Debes mantener la calma. Esto también me crea mucha angustia y demoro en recuperarme.” ¿Cómo ves a la muerte?

La muerte no me es ajena, provengo de una familia muy unida, muy grande y muy vieja, por ambos troncos. He perdido y visto morir a muchos familiares, de todo tipo, cercanos o menos y por múltiples causas. Y es muy angustiante.

También es algo con lo que tienes que aprender a vivir. Lo más importante es el duelo, sufrir la pérdida. Parece morboso y sádico pero es una verdad. Si no te recuperas entonces tienes problemas y es donde entran los familiares y amigos a tu alrededor. Me resisto a aceptarla pero no me niego al sufrimiento, ayuda a liberarte. Es injusta la muerte, amas a alguien y en un segundo pierdes a esa persona. Creo que es muy sabia la decisión de creer en la vida después de la muerte tal como creían los egipcios o los indoamericanos precolombinos. No me gusta reflexionar acerca de la muerte, prefiero salvar vidas o escribir de la vida de las personas o inventarles la vida.

La muerte —entre otros temas como el amor, la soledad, la necesidad de sobrevivir— está presente en Náufragos. Hace ya dos años te hice una pregunta y quiero volvértela a hacer: ¿Con este libro alcanzaste un punto de no retorno? ¿O consideras que debes retomar algún tema o personaje de tu libro?

Ahora mismo no sé. Estoy trabajando, escribiendo. Terminé otro libro de cuentos que mantiene la misma poética de Náufragos, quizás los personajes sigan siendo náufragos, no sé cómo evitarlo. Te digo lo mismo que la vez anterior: si fuera necesario reviviría algún personaje, la literatura me permite eso, los temas son los mismos: el amor, la muerte, el sexo, la soledad, las situaciones límite, pero lo que más me motiva es fabular, inventar historias posibles aunque no sean probables.

No existe el punto de no retorno en la literatura. Como los asesinos, los escritores siempre volvemos al lugar del hecho, aunque cambies la poética, el estilo, aunque experimentes, siempre necesitas contar algo, siempre necesitas la conexión con el lector y aunque te parezca nuevo, eso que cuentas ya ocurrió o se le ocurrió a alguien. Es muy difícil contar una historia primigenia. Todos vivimos en el mismo espacio y tiempo y las historias levitan esperando por nosotros, esperando las circunstancias para que las percibamos.

Te escuché decir que con Náufragos intentaste hacer un tipo de literatura que la circunscribías en el gheto del neopolicial. Había crímenes en tus textos pero no policías —y por ende tampoco había un caso a resolver—. ¿Hacia qué zona (s) de la literatura pretendes desplazar a tu lector?

No pretendo desplazar a nadie. No tengo esa intención, no te niego que quiero que me lean, realmente lo he soñado, aunque no es una obsesión. Me interesa la sociedad, el hombre y la mujer, desenmascarar sus conflictos, sus crisis, sus dudas, las situaciones límite en que puedan vivir. Para mí, nada es ajeno y muy pocas cosas me asombran. Eso espero del lector: que asuma desprejuiciadamente lo que escribo como mismo veo la sociedad, en definitiva, la realidad supera a la ficción. Todas las zonas son posibles, aunque no me he planteado “una zona”, creo que no existen zonas, todos hacemos lo mismo, fisiológicamente hablando y todos tenemos los mismos conflictos humanos pero en diferente grado y prioridad de intereses, pero todos somos iguales. Todos vivimos en la misma zona. Aunque yo escriba sobre el amor, de la historia, el sexo, la muerte, de árboles o de política estoy escribiendo de hombres, de mujeres, de niñas y niños.

Trabajabas en una novela negra —¿neopolicíaca?—. De ella dijiste que tendrá todos los ingredientes: sexo, corrupción, muerte y recetas de cocina. ¡Recetas de cocina! Me interesa esa zona, asocio las recetas al verdadero arte culinario. ¿Habrá platos exóticos?, ¿cuáles? ¿Cómo se conectarán las recetas a los posibles crímenes que aparecerán en el libro?

Eso no te lo diré jamás. Espero tener una buena publicidad para cuando la novela esté publicada. También espero que incluyan las recetas en la carta menú de ese restauran de comida exótica para escritores que próximamente, dicen, abrirán en El Vedado.

De todas las recetas que has probado, ¿cuál plato recomendarías?

Más que una receta te recomiendo mi comida preferida con algunas adaptaciones y formas diferentes de presentarlo —nada nuevo pero muy rico.
Entrante:

  • Jugo de naranjas o jugo de tamarindos

Caldos:

  • Sopa de res con fideos al aguacate, al quimbombó o a la habichuela

(A una buena sopa criolla de res con mucho tomate, una vez que está hecha, le añades unos trozos de aguacate y quimbombó y habichuelas previamente hervidos.)
Ensalada:

  • Ensalada mixta de vegetales con crema agridulce

(Echas en un recipiente 10 tomates verdes, 4 zanahorias, 4 cebollas, 3 pimientos, 2 tazas de col, 3 pepinos, 1 mazo de habichuelas. Todos los vegetales deben estar cortados en pequeños trozos. Viertes agua en el recipiente y lo llenas hasta que el líquido quede a ras de los vegetales, añades 1 taza de aceite, 1 taza de vinagre y 2 tazas de azúcar. Se debe dejar al fuego hasta que el pepino esté traslúcido. Escurres los vegetales y los dejas refrescar. Con estos vegetales ya cocidos preparas una crema —con leche o queso—, salsa o mayonesa y se la añades a la ensalada de vegetales frescos.)
Plato fuerte:

  • Ropa vieja —carne de res de segunda, hervida, desmenuzada

(Preparas una salsa criolla con todo lo que lleva —utilizar mucha cebolla y ají— y le añades la carne desmenuzada, sal a gusto. Como guarnición por supuesto, arroz muy blanco y desgranado en la cantidad que quieras.)

  • Guiso de maíz

Postre:
(Tres a escoger)

  • Plátanos nevados

(Plátano macho pintón hervido, salpicado con nuez moscada y mantequilla derretida. Debes dejar que el plátano se enfríe.)

  • Mala rabia alejandrina

(Boniatos en trozos, cocinados con la misma cantidad de azúcar hasta hacer almíbar, con canela o cáscara de limón, se escurren y se le añade mantequilla. Este plato también se come frío.)

  • Flan (cualquier tipo de flan)

Te sorprendí esperabas algo más sofisticado, europeo, lleno de especias y hierbas exóticas. También lo podría recomendar, pero ese será parte del menú del restauran que se abrirá para los escritores.

Hace un par de años me dijiste en una conversación: “Con un poco de sexo, drogas y violencia, y si toca el tema Cuba, el texto se considera un buen cuento. Los narradores cubanos han sacrificado las buenas historias y la fabulación. El exilio y la memoria están en todas las culturas, siempre ha habido exilio en Cuba, pero en las condiciones actuales son un caldo de cultivo para los creadores de todas las edades.”¿Cómo caracterizarías a la cuentística cubana actual luego de ese lapso de tiempo?

Anquilosada, arrogante, varada. Aparentemente hay una explosión de narradores y es cierto, pero casi nadie nos lee, estamos escribiendo para nosotros mismos, y a veces ni eso. No se le puede decir a nadie de qué y cómo escribir. A esta generación, a la que le llamo “Generación Cero”, como algunos la asumen, no le importa nada, ni la historia, ni los soportes, ni los estilos, ni las tendencias, ni lo prejuicios y la gran mentira de la globalización, no le importan las grandes editoriales. Esto está por ver. Se está escribiendo de todo, cualquier tema, cualquier estilo, y lo mejor, desde cualquier lugar de Cuba. Ya los premios no los ganan solo los de La Habana.

A la “Generación Cero” también le importa todo, las nuevas tecnologías, los blogs, cuyos post se difunden y se pasan de correo en correo por la web, todos estos en Ciudad de La Habana. Por supuesto, los hay en el resto del país, con todas las desventajas de la tecnología y las limitaciones de la red, conocidas y desconocidas. Podría mencionar el arte digital relacionado con textos literarios, historias animadas sin llegar a ser dibujo animado, el llamado Net Art, revistas en la web como QUBIT, La caja de la China, Desliz, 33 y un tercio, y la que me parece a mí la más lograda: The revolution evening post.

No quiero mencionar ningún autor de la “Generación Cero”, todavía no ha terminado la primera década del 2000, aunque se sigue escribiendo para el papel y la diversidad es la norma. Todo esto, creo, nos detiene en el intento, en la búsqueda, no nos permite darnos cuenta si llegamos o no al lugar de darle un giro al hecho obra-lector-autor. Tenemos que pensar en el lector medio, pero no sabemos quién es el lector medio y por supuesto no sabemos qué quiere el lector, porque no sabemos si hay un lector.

Las editoriales deben hacer una mejor gestión comercial, el libro es un producto comercial y necesita que se haga evidente. Creo que debe aparecer el gestor de venta en el panorama del libro cubano. Puede que un libro determinado no sea un buen producto cultural pero hay muchos que sí lo son y es lastimosa la forma en que se pierden en las librerías. De todo esto también depende la cuentística cubana actual, no solo del deseo del escritor de agarrarse a una tabla, inventar una historia y crear una esperanza, la forma de llegar al lector también es extraliteraria y muchas veces depende de personas que no les importa tu acto de fe, tu deseo de hacer el bien.

¿De qué hablamos cuando hablamos de amor?

Hablamos de tener el deseo de hacer el bien y convertir ese deseo en una compulsión, convertirlo en un acto fisiológico.

© Asociación Hermanos Saíz. 2011.