colorao
El señor de las moscas
La tarde en que monté un Lamborghini Diablo
El hombre que vendió el mundo
Cuba, la noche y la locura
Nacidos para matar / Nacidos para contarlo
Bumerán: Encuentro con Michel Encinosa Fú
El señor de las moscas

Por: Ahmel Echevarría

El estado casi puro de los elementos

Hubo un tiempo en que fuimos ángeles, también demonios, y lo fuimos en estado puro —o casi—. Hubo un tiempo en que fuimos capaces de amar, también de odiar, y lo hicimos en estado puro —o casi.

Cándidos, irascibles, crueles, amables; éramos criaturas capaces de engullir y sintetizar un alimento basal en extremo nutritivo: el deseo. Toda la energía era empleada en ejecutar cada anhelo, en producir más deseos. Por entonces éramos niños. Éramos verdaderamente revolucionarios —o casi.

¿Seguir al conejo blanco?

Hay una criatura que va delante de nosotros. Es pequeña, en ocasiones rapidísima. Esa criatura es un cuento, en realidad varios cuentos. Son diez en total y conforman el cuaderno ganador del Premio David 2008: Diez cajas de fósforos (Ediciones UNIÓN, 2009), de Anisley Negrín Ruiz*. Cada uno de los textos es un pequeño universo en donde niñas y niños tienen los papeles protagónicos. Si la nota de contracubierta da por sentado que en esta entrega Anisley refleja con crudeza el lado oscuro de la infancia no me queda otro remedio que disentir. Es cierto, no hay el mínimo reparo en narrar la ira, el dolor o la crueldad que se desata en los protagonistas de las diez historias, pero esa sombra aparente es su luz. ¿Qué es lo ético y lo moralmente aceptable para ellos?

Apenas están moldeados por la familia y la sociedad donde viven, pero a pesar de su ira y crueldad son seres capaces de irradiar una indómita pureza, armonía, paz. Por eso también disiento de la nota de contracubierta cuando advierte: “Sus protagonistas son niños muy singulares, los hay desde cándidos hasta asesinos”. No es cierto, todos lo son a un mismo tiempo y no porque sean bipolares: en esas páginas el lector encontrará al niño capaz de desear, cuidar y acunar una mascota aunque el animal esté literalmente muerto y a la vez asesinar a un chiquillo empeñado en revelar el secreto (hablamos del cuento Dios es amor); soñar que se está en un lugar apacible y bien iluminado —ese lugar es el cuerpo de una muchacha o un corro de chicas— y luego matar a golpes a la madre toda dulzura empecinada en arrebatarle el deseo insatisfecho (“Butterfly effect”); el placer producido en un niño mientras ve las lenguas de un fuego avivado con hojas de periódicos, el goce generado tras sentir el calor de las llamas o al descubrir el indómito poder del fuego, también la cálida sensación de sosiego brindado por el cuerpo de la propia hermana cuando en la noche se acuestan en la misma cama (Diez cajas de fósforos); o el arduo juego de los cuerpos que buscan no solo el disfrute al revolcarse como perros, también los actos de venganza de una chica: someter a un torpe Don Juan a una serie de castigos (La noche de dieciocho horas); una chica decidida a no interceder ante la policía en favor del chico al que quiere —¿deberíamos decir “al que ama”?— a pesar de la inminente separación motivada por una falsa acusación —un chico capaz de querer o amar y también capaz de entrar a una chabola, donde yace una vieja en puro estado de putrefacción, para robar dinero y luego comprar una cadenita y un camafeo—  (“Once upon a time…”); una muchachita criada por su padre —un verdadero perdedor, literalmente vendió a su otra hija— ha decidido dejar a un lado la obligación de recibir clases para entonces vagar o molestar a una niña retrasada mental, sin embargo busca calmar al padre, reconfortarlo ante tanta derrota con algo más que sexo oral (“Mañana a las cinco”); una chica, desde su aparente inocencia, juega con el cuerpo desnudo de un hombre —maniquí a veces torpe, otras parlanchín, excitado con el roce de las breves manos, y golpeado por esas mismas manos delicadas, ninguneado por la chica si dice o comete una estupidez— (Por quién doblan las campanas); una pareja de hermanos como malogrados Bonnie & Clyde cometen no solo tontas fechorías, también otras de un calibre mayor: aventurarse tras los pasos de otro chico desconocido para ellos, al que le sangra la boca y anda con un pomo de alcohol, un pequeño ángel caído capaz de arrastrarlos, emborracharlos y entregarlos como ofrenda en un antro en donde los niños devienen damas y mozos de compañía para algo más que la soledad y la tristeza (“Agua y sal”); una chica ciega conoce cada pietaje de la película de animados Alicia en el país de las maravillas, un anciano va con mucha frecuencia a las salas de cine y al amparo de la oscuridad elige una luneta vacía lo más cercana posible a una adolescente solitaria, vivir la vida de un personaje desde la comodidad de una luneta, amancebar a un cuerpo desconocido y deseado desde la comodidad de una luneta, el pedófilo y la víctima no ya en la sala del cine sino en una misma habitación, los deseos de la supuesta víctima coincidiendo con los anhelos del hombre (Sigue al conejo blanco); la chica que desea huir de todos y de todo (2 + 2).

Tampoco miento si digo que no las tengo todas con la nota de contracubierta cuando agrega como advertencia: “Y así se muestra, a través de una mirada profunda y realista, despojada de cualquier visión idealizada o tímida, un mundo sórdido y violento, lleno de historias crueles y humanas a la vez: historias de niños para adultos”. Falla el aviso porque no son simplemente “historias de niños para adultos” puestas a la luz gracias a “una mirada profunda y realista”. Algunas de las historias son narradas supuestamente por niños, de ahí que la sencillez y subjetividad de su punto de vista, junto con el poder de decisión, seducción y sedición de la autora nos ubican en esa segunda historia que debe narrar todo cuento. Gracias a ese intercambio de prismas damos de cara contra la sordidez enmascarada bajo el aura de paz de nuestro cotidiano acontecer. En otros cuentos el narrador nos acerca a la historia desde un supuesto candor y aparente ingenuidad. Tampoco falta el entorno en donde las madres y padres son criaturas venidas al mundo simplemente para procrear y azotar a sus crías y esto, a fuerza de repetirse en buena parte de los cuentos del libro, pasa de manera expedita a “cierta visión idealizada o tímida” de la realidad. Por suerte en la mayoría de los cuentos los adultos son meros trazos, tal como si la ausencia de su verdadera representación significara el destino al que no se debiera llegar —o si de antemano se supiera las consecuencias de perseguir al conejo blanco.

Pequeña serenata diurna

Hubo una época en que fuimos ángeles y también fuimos demonios, ahora somos un mal remedo de todo aquello, nuestro concepto de Pureza tiene una alta dosis de perversión. Éramos criaturas capaces de engullir y sintetizar un alimento basal en extremo nutritivo: el deseo. Ahora todos masticamos pura comida chatarra —o casi todos, que no es lo mismo pero es igual.

* Anisley Negrín Ruiz (Santa Clara, 1981). Licenciada en Derecho, narradora, miembro de la Asociación Hermanos Saíz y egresada del Curso de Técnicas Narrativas del Centro de Formación Literaria Onelio Jorge Cardoso. Tiene publicados los libros Sueños morados / sueños rojos (Sed de Belleza, 2008). Temporada de patos (Premio Alcorta de Literatura, Cauce, 2008) y Feeling (Premio Félix Pita Rodríguez, Unicornio 2008).

© Asociación Hermanos Saíz. 2011.