El hombre que subió una colina
Por: Ahmel Echevarría
UNO (La parte en que no solo se cita a Samuel Beckett)
Su fuerza, su única fuerza consiste en no comprender nada, en no prestar atención, en no comprender qué quieren, en no saber que están allí, en no sentir nada. La frase de Samuel Beckett, que forma parte del exergo de Un lobo, una colina (Editorial Oriente, 2010) de Carlos Esquivel*, es la ideal para caracterizar a los personajes de dicha novela. En sus páginas el lector encontrará dos familias compitiendo por el Gran Premio a la Disfunción (una española, otra cubana) y un manojo de amigos (unos viven en La Habana y todos son cubanos, otros viven en Madrid y son de nacionalidades diferentes); el narrador, a la vez personaje, tal como si mojara una magdalena en un vaso de Johnnie Walker, apelará a continuos viajes con destino a su memoria para ir construyendo un relato de largo aliento.
Es un escritor el narrador personaje (para especificar digamos que se trata de un poeta). Es el narrador uno de los dos hijos de un matrimonio atrapado en el dolor, la cólera, el resentimiento, el engaño. Él es cubano. Viajará a Madrid gracias a la ayuda de un español que está de paso por La Habana; el madrileño no solo le garantizará trabajo y contactos en el mundo editorial, también le dará cobija en su casa; gracias a esta invitación el poeta convivirá con una familia en cuyo seno no todo es lo que parece ser (hay enfrentamientos solapados entre la hija y el padre, una esposa ni cándida ni sosegada, una armonía y paz aparente que termina cuando se abandonan los pasillos y piezas comunes de la casa).
Cada oración de esta novela son los metros de una colina a escalar. El paisaje se irá completando con los recuerdos evocados por el escritor. Esos continuos viajes a la memoria tienen como punto de partida la niñez del poeta, ¿el resultado?: ángeles y demonios salen despavoridos o en calma. Gratos momentos y otros bien arduos se irán compilando para darle orden y sentido a la novela, a saltos se completa el tránsito de la niñez a la adolescencia, hasta desembocar en la adultez del poeta. Se alternan Cuba y Madrid desde los predios de la memoria. Como páginas de un cuaderno de memorias o diario personal son los capítulos o partes del camino de esta colina que nos ha puesto delante Esquivel Guerra. No es una cuesta sencilla de transitar. Las esquirlas de su memoria bien podrían ser las nuestras, sus amigos los nuestros, sus diálogos podrían estar formados con las palabras que hemos pronunciado a lo largo de nuestra vida; a fin de cuentas el amor, la derrota y el dolor son algunas de las cifras de la vida. Las mujeres con las que se ha revolcado el escritor, también sus amores serán parte de la flora y la fauna en el camino pendiente arriba propuesto por Esquivel.
En Un lobo, una colina hay ayudas que no son tales, los amores tienen la marca registrada del fracaso, las relaciones de amor no son más que contratos donde lo pactado es el odio, la traición; y si van de la mano los personajes, y si se unen, y si copulan no es por puro placer, tal parece que el divertimiento no es una variable a tener en cuenta, porque en la mayoría de los casos la unión se produce solo para darle caza a un adversario que los supera en poder.
DOS (La parte en que no solo se cita a Imre Kertész)
Para Imre Kertész, el héroe de la tragedia es el hombre que se crea a sí mismo y fracasa. Hoy en día, sin embargo, el ser humano ya solo se adapta. El narrador de esta novela (debo consignar que mientras fatigaba las páginas de Un lobo, una colina, a la par que me ponía a tono con la altísima intensidad de sus frases y los decibeles de su banda sonora, mientras analizaba las estrategias de lectura de Esquivel, de sus maneras de asociar los compartimentos en que se dividen las artes, a la par que me sobreponía al pequeño radio de acción de la historia narrada —no en términos de espacio, sino en relación a las peripecias, porque apenas pasa nada; y para mayor sorpresa los parlamentos tienen un raro matiz o composición, el registro es casi similar en todos los personajes, además hablan como no se habla en este mundo, quizá sea el efecto de que es un poeta el que rememora y narra su propia vida—, a la par que me sobreponía al pequeño radio de acción de la historia narrada dudaba cada vez más del verdadero género de esta entrega de Carlos Esquivel; pero qué más da, a estas alturas del siglo la novela se parece más a nosotros y menos a la norma impuesta por el Canon) el narrador de este libro no ha hecho otra cosa que adaptar su cuerpo, sus ganas y sus maneras al adverso entorno que habita. ¿Adaptarse para sobrevivir? Hay una nota de advertencia ubicada antes de llegar al exergo, en ella el autor nos alerta que no tiene pretensiones de confundir los hechos narrados con “situaciones que pudieron vivir personas parecidas”. Según Esquivel Guerra los lugares sí son reales, pero “arbitrariamente han sido transformados en algunos de sus detalles” con el propósito de dejar por sentado que “ni siquiera con la realidad, con las apariencias que la rodean, estamos seguros”. Sobrevivir, de eso se trata. Porque siempre hay alguien al acecho. Está latente la posibilidad de la derrota. De quien menos lo esperas viene el zarpazo. Lo que te hace feliz genera en dosis doble la envidia del otro. Hay un mecanismo del que formas parte y no lo sabes; ese mecanismo no opera en beneficio tuyo, sino de quien lo diseñó, de los que lo pusieron en marcha. Hay un dispositivo de vigilancia y control; aunque no delincas, aunque no disientas te vigilan. Estás atrapado en una madeja, pero no lo sabes. Tal parece la advertencia ha sido puesta al inicio del libro para prevenirnos de cualquier adversidad, disgusto, decepción, contratiempo.
Nada o muy poco es lo que aparenta ser. Te esfuerzas, supuestamente eres el héroe; si en verdad lo eres, solo llegaste a ser el héroe de una tragedia.
TRES (La parte en que no solo se cita a Paul Claudel)
¿Cuál es el verdadero escenario de Un lobo, una colina? No es La Habana, no es Madrid, es el cuerpo del narrador personaje. Para intentar la maroma de la exactitud, el verdadero escenario es la memoria del poeta.
Mojar una magdalena en un vaso de Johnnie Walker. Esperar a que se embeba de whisky. Y morder. Un mezcla ideal para abrir el cuartón de las bestias. Rodearse de ellas, correr detrás o delante. O dejarse llevar. Devenir bestia, o hacer y deshacer justo como en verdad eres. Apropiémonos de Paul Claudel con la misma intención de Esquivel Guerra: habitamos el exterior del anillo. Debemos comprender de una vez por todas que no es fuera, sino dentro, donde se yergue el muro del que la mayoría somos prisioneros. Y como una bestia, o un lobo, asumir la cuesta de la colina para advertir, tras el descenso, que en verdad hemos bajado una montaña.
* Carlos Esquivel (Elia, Las Tunas, 1968). Poeta y narrador. Ha ganado varios premios nacionales e internacionales. Textos suyos aparecen en revistas y antologías de más de diez países. Es autor, entre otros, de los libros Perros ladrándole a Dios (poesía, 1999, Premio a la mejor Ópera Prima del año), Tren de Oriente (México, poesía, 2001), Los animales del cuerpo (cuento, 2001), La isla imposible y otras mujeres (cuento, 2002), El boulevard de los Capuchinos (poesía, 2003), Matando a los pieles rojas (poesía, 2008) y Los hijos del kamikaze (poesía, 2008). |