Encuentro con Osmany Oduardo
Cartografía de una ciudad
Por: Ahmel Echeverría
No hay nada tan irreal como una ciudad. Ella te va moldeando con el paso de los días, tú la vas modelando en tu memoria. Es un proceso largo, apenas perceptible, solo lo adviertes cuando ya no hay remedio: justo en el instante en que el único camino que te llevará hacia ella es hablar, escribir acerca de esa ciudad, vivirla aunque sea en la distancia —habitar tu propia ciudad desde otra: Moscú, Madrid, Nueva York, Londres—. O adviertes que ya no hay remedio cuando sabes que la única manera de abandonarla es hablar, escribir acerca de ella, o hacer las maletas aunque no tengas para comprar el billete de ida —porque solo te importa pensar que es cierto que te has largado y que el supuesto destino final es Moscú, La Habana, Nueva York o Londres—. Cada jornada se irá archivando en esa suerte de inventario personal que es la memoria. Amigos, calles, plazas, edificios, días de mal tiempo, derrumbes, el odio y la muerte se irán juntando hasta completar todo un mapa de una ciudad que nunca será el calco de esa otra que existe fuera de nosotros.
Tengo un amigo poeta, narrador y traductor que nació en Las Tunas. En esa ciudad vivió varios años, pasado un tiempo se mudó a la capital del país. Su nombre es Osmany Oduardo (Las Tunas, 1975), con el libro Poeta en La Habana obtuvo mención en el Premio Casa de las Américas 2004, el cual fue publicado por la Editorial Letras Cubanas en 2005.
Me interesaba saber cómo era el mapa que hasta ese momento había trazado a lo largo de sus días en La Habana, qué y cuánto había juntado en su memoria para hacerlo, así como los trazos personales de su ciudad natal. Tras la justificación de un diálogo me propuse conocer cómo él había cartografiado ambos lugares.
Luego de escuchar la presentación que hizo el poeta, narrador, crítico y editor Jesús David Curbelo en el lanzamiento del libro Un poeta en La Habana, de ser testigo de tus palabras y la lectura de algunos poemas, te imaginé como al equilibrista que aparece en la imagen de la cubierta: un hombre que trata de no perder el equilibrio mientras cruza la ciudad desde la altura de una cuerda floja. ¿Cuánto de riesgo y zozobra hubo en la escritura del poemario?
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Siempre hay riesgo en la escritura y todo escritor asume ese riesgo. De ahí, supongo, que todo escritor tenga el ego en las nubes. Si te pones a meditar demasiado en los clásicos no escribes, sucumbes a una especie de humillación ante textos como El Quijote, o los poemas de Rimbaud, Whitman, Martí, Eliseo, o los ensayos de Borges, los cuadros de Van Gogh, un concierto de Tchaikovsky, y terminas preguntándote para qué escribes. Justamente ahí radica el riesgo. Tienes que decir cosas y por un momento olvidas la repetida frase de que todo está escrito. Crees que existe una forma única, una fórmula, digamos, que solo tú conoces, y a la larga puedes terminar siendo un compendio de todos los escritores y artistas que han influido directamente en ti. Pero igual te lanzas. Ves la cuerda floja y decides que vale la pena intentarlo aunque en la luneta no todas las miradas sean condescendientes y siempre haya alguien orando en silencio para que tropieces. Al asumir el riesgo tienes que olvidar esas miradas.
Yo tengo una relación de dulce envidia con la plástica y la música. Me siento impotente ante ciertos cuadros y sobre todo bajo los influjos de conciertos clásicos. Quizás por eso sea escritor. Nunca me he sentido impotente ante un libro a pesar de que hay libros y autores de los que no puedo desprenderme, también soy un vago leyendo y puedo pasarme un par de meses con un volumen nada grueso.
Cuando supe que mi libro se iba a publicar por Letras Cubanas, editorial con la que, creo, todo escritor cubano sueña por lo que representa, me puse a pensar en alguna imagen o cuadro que tuviera que ver con la esencia de Poeta en La Habana. También pensé en varios artistas que conozco para que lo ilustraran, pero al pasar por el famoso Taller de Montaje —este taller está frente al Capitolio, y es un sitio donde convergíamos poetas, músicos, pintores, y que está condenado a convertirse en una cafetería—, quedé extasiado ante ese grabado que está en la cubierta y que se titula El equilibrista. Es de Luis Lamothe. De alguna manera sí me vi reflejado en ese hombrecillo que se pasea en un monociclo sobre la cuerda floja, sobre la ciudad, con el pincel como una adarga. Creo que de ese modo andamos todos por estas ciudades, que no son más que grandes aldeas, o aldeas a gran escala, sobre todo los que, como yo, venimos de aquellas otras pequeñas aldeas.
Entre otras personas, dedicas tu libro a Guillermo Vidal quien, en una tarde en Las Tunas, te dijo: «Vete de esta ciudad mientras puedas». Me atrevería a decir que el origen de tu libro no debe ubicarse en tu arribo a La Habana, sino justo cuando acabó la conversación entre Guillermo y tú. De más está decir que la capital es el escenario donde transcurretodo el poemario. ¿Acaso no hay huellas de tu ciudad natal?
Eres suspicaz. Hay más de una pregunta ahí. A raíz de la muerte del Guille escribí algo que se publicó en Cubaliteraria y en El Caimán Barbudo, donde, entre otras cosas, menciono los consejos que me daba siempre ese hombre al que tuve el privilegio de tener como maestro y padre adoptivo, como lo fue también de otros escritores. Y vuelvo sobre los artículos que te mencioné: el Guille me decía “Cuando te sientes a escribir, piensa que eres el mejor escritor del mundo. Escribe siempre y lo mejor que puedas. No le hagas daño a nadie, ni siquiera a tus enemigos.” La gente no puede creer que él me hubiera dado el consejo que puse en la dedicatoria del libro, por su persistencia en permanecer en Las Tunas a pesar de las zancadillas que le pusieron ciertos personajillos que aún pululan por las calles e instituciones de esa ciudad. Usted arranca un árbol, lo siembra en otro sitio y puede que reverdezca otra vez. Pero lo más probable es que muera. Y el Guille era un árbol, había echado esas fuertes raíces en Las Tunas y se alimentaba de todo lo bueno y malo que hay allá.
No puedo precisar la fecha exacta en la que el Guille me dijo esa frase sentado en el parque Vicente García, pero tienes razón en que el poemario no se comenzó a escribir cuando vine a vivir a La Habana, sino antes, cuando visitaba la capital, sobre todo el Taller de Narrativa del Chino Eduardo Heras. Siempre me he sentido incómodo en esta ciudad. Me aplasta. Creo que también me molesta el hecho de que se la tenga como la ciudad de ciudades y se subvalore al resto del país. Entonces siempre aparece un bien intencionado que te pregunta qué haces en esta ciudad si te molesta tanto. Y no tengo una repuesta definitiva porque esta ciudad me aplasta con la misma intensidad con la que me cautiva. Una acotación: yo no nací en una ciudad, nací en el municipio Colombia —antiguamente se llamaba Elia— y su único atractivo es el central azucarero que está en medio del pueblo, a escasos metros del parque principal, donde te puedes sentar a mirar las mismas muchachas de siempre y seguir los bagacillos que descienden en el aire desde las altas torres. Allí viví una parte de mi niñez y la otra en Amancio, otro municipio más al sur, que se llamaba Francisco —el famoso Francisco de la canción del Benny—, un pueblo con una sola calle ancha a la que estúpidamente comparo con la avenida 23, por la rara amplitud y por la inclinación. Ambos municipios pertenecían a Camagüey antes de la división política administrativa y todavía subyace en los mayores una especie de resabio por haberles quitado algo de pertenencia. Pero si te fijas bien, Ahmel, detrás de cada uno de mis poemas del libro hay una nostalgia por estos lugares. Cada uno de mis poemas esconde un canto a ellos, aunque me esté enfrentando a La Habana con esa rudeza que, sé, a muchos le molesta.
Gracias al consejo, al viaje a La Habana y a los años que llevas viviendo en la capital, tienes ahora una manera propia de ver la ciudad. Este cúmulo de experiencias te ha servido para terminar el libro en cuya nota de contracubierta dice: «Poeta en La Habana no es precisamente un canto de amor a la ciudad, sino todo lo contrario». Discrepo. Un canto de amor puede ser también insano, desesperado. Y tú le has “cantado” a La Habana. ¿Acaso nunca te sedujo esta ciudad? ¿Acaso no te traicionó —como en todo buen bolero, como en toda cursi (común) historia de amor?
Yo no creo que vine a La Habana por el consejo del Guille, sino porque todo conspiró para que yo terminara aquí. Quizás hubiera un propósito oculto en ello, o más de un propósito, que incluye a este libro. Y tienes razón, un canto de amor también puede ser insano y desesperado, aunque fíjate, la nota dice “no precisamente”. Si me permites, puedo añadir que en un canto de desamor también puede haber ternura y hasta dulcedumbre.
Digamos que esta ciudad me sedujo, pero quizás yo fui lo demasiado torpe como para no dejarme seducir. Para que veas, a pesar de mi torpeza, esta ciudad nunca me ha traicionado. Así que me parece que este libro es un homenaje en pago a esa inquebrantable fidelidad. Aquí le canto a mi Habana, no a La Habana de las postales. Si mi visión es demasiado fuerte para algún lector —para aquel que ve a la ciudad de sus sueños, inmaculada y limpia, solo la de sus sueños—, pues sépase que puedo entenderlo, también soy hijo y no me gusta que nadie venga a decirme verdades de mi madre.
A veces soy un mal lector. A veces me cuesta creer que la voz de quien narra un texto no es la misma que la del propio autor. Por eso he pensado que también eres un “torpe desertor del miedo”. La ciudad —tal como la ha vistoelPoeta, tal como se ha aferrado a ella y padecido— comparte el faro de la bahía con la abulia; los disparos y las cuchilladas con castillos, plazas y museos; el suicida, la muerte y el duro asfalto con el Malecón, el túnel y “la maldita circunstancia...” ¿No temería el Poetao acaso tú —recuerda que a veces soy un mal lector— volver a convertirse en un “torpe desertor del miedo”y hacer otra vez las maletas?
Ese es otro de los riesgos de escribir poesía, que te delatas, te desnudas, pones tu alma al descubierto para que otros la tanteen a su antojo. Por supuesto, debo ser ese torpe desertor del miedo. Siempre estoy haciendo las maletas. Creo que se debe a la condición casi nómada de mi familia. Desde que soy un niño recuerdo que me he mudado de un sitio a otro. Recuerdo un día en particular: llegué de la beca y descubrí que mi familia se había mudado. En otra ocasión, sabiendo que ya vivía en otra parte, me descubrí caminando automáticamente a mi casa anterior: caminé hasta que uno de mis amigos me preguntó a dónde iba. Y ese temor siempre me ha acompañado y ha influido en ese sentido de no-pertenencia que me identifica. Pero también está la certeza de ese otro viaje hacia la estación definitiva que es la Muerte. Para ese viaje ya he empacado desde hace mucho tiempo. Ya me he despedido, sobre todo, de mis amigos más cercanos, porque de los padres no es conveniente despedirse nunca, ni siquiera un “hasta luego”, a ellos hay que darles la alegría de que te sientan respirando hasta su último día. A ningún padre le gusta ver morir a un hijo, así que nunca te despidas antes de tiempo. No hablo de quererse morir, sino de estar preparado, o sea, tener la certeza de que existe ese otro viaje.
El libro Las mil y una poses quedó finalista en el premio de novela que convoca la editorial puertorriqueña Plaza Mayor en la edición de 2005. ¿Esta novela también tiene a La Habana como escenario?
No precisamente. El escenario de Las mil y una poses es más bien cualquier pueblo o ciudad que no es La Habana, lo cual queda claro por el ambiente provinciano que trato de describir allí a través de la mirada diferente de dos hermanos —uno parapléjico y el otro pintor— y de las prostitutas que los visitan. En uno de los capítulos una de ellas sí habla de su estancia en La Habana.
La novela es un género que me fascina. Me fascina más que el cuento —al que le tengo pánico—, aunque tengo un libro publicado por Reina del Mar Editores, en Cienfuegos. La novela es, como alguien la describió, una carrera de fondo, o como me decía el Guille: un saco donde cabe todo. Y la mía no es una novela de jineteras ni sobre un pintor, como muchos pueden pensar al leer que esos son los personajes. Es una novela que trata de escudriñar las fibras más sensibles de las relaciones humanas entre dos hermanos que a su vez interactúan, pasiva y activamente, con otros personajes. Pero nada que ver directamente con el tema de la ciudad, sino con las pequeñas aldeas, como me gusta llamarlas.
Las mil y una poses es, si se quiere, un homenaje a esos dos pueblos que compartieron mi niñez. El parque, el museo, las ventanas que describo allí son de Amancio y Colombia. Y también hay elementos de la vida, sobre todo cultural, de Las Tunas.
Traducir un texto es, de cierta manera, emprender un viaje. ¿Cuál ha sido tu experiencia como traductor?
Ah, traducir es una de mis pasiones entrañables. Es un viaje apasionante y a la vez tortuoso que, como la misma escritura, implica muchos riesgos. Y quizás implique muchos más riesgos porque ya no es tu obra, lo que tú quisiste decir. Es archiconocida la sentencia latina traduttore e tradittore, que supone al traductor como un profanador de textos literarios. Cuando lees una traducción sin conocer el texto original puedes creer que te encuentras frente a un gran texto, y de hecho lo puede ser, pero siempre, al leer el original, si conoces la lengua, te percatarás de cuánto ha perdido. Sabiendo esas cosas, el traductor se lanza a esa aventura de la que siempre saldrá vencedor —por cuanto la traducción es una suerte de re-escritura— y vencido —por la profanación ejecutada.
Cuando Casa de las Américas me propuso —o casi yo me impuse— hacer la traducción de Tide Running, de la escritora guyanesa Oonya Kempadoo, premiada en literatura caribeña en idioma inglés o creole, acepté —o, repito, casi me impuse— sin meditar demasiado a lo que me enfrentaba. Cuando tuve la novela en mis manos, prácticamente no entendía nada de ese lenguaje atropellado donde se mezclaban el creole y el slang propios de los pueblos del Caribe. La leí como cinco veces antes de traducir la primera oración. Para entonces ya me había impregnado tanto del lenguaje de la novela que me parecía escuchar a los personajes. Me ayudó mucho la comunicación que mantuve con la autora, por supuesto. Y me alegró mucho cuando se publicó —salió bajo el título Mar de fondo—, y cuando Luis Suardíaz elogió mi traducción en un artículo, y cuando el holguinero Roberto Fernández Retamar se asombró de mi juventud, y cuando Nancy Morejón me encargó algunas traducciones para Anales del Caribe.
He traducido muchos textos de Whitman, poetas ingleses como Sir Walter Raleigh, al poeta apócrifo australiano Ern Malley y otros poetas australianos. Estoy trabajando mucho con la literatura de ese país.
Se me antoja que Guillermo Vidal, como todo un ángel de la guarda, sigue tus pasos, para llegado el momento susurrarte: “Vete de esta ciudad mientras puedas”. Si toda ciudad puede convertirse en “barro moldeado en imperfectas poses”, en una pesadilla, ¿a dónde escaparías?
Si hubiera un lugar adonde escaparía, así, tranquilamente, fuera al vientre de mi madre. Aquello debió ser un lugar apacible. Del él no guardo recuerdos, pero quisiera retornar a ese lugar.
Uno no siempre tiene que escapar de las ciudades ni del mundanal ruido. Se puede escapar de uno mismo. O del silencio. Incluso se puede escapar hacia uno mismo, hacia el silencio. |