Bumerán: Encuentro con Michel Encinosa Fú
Por: Ahmel Echevarría
En una edición de la revista La letra del escriba leí una extensísima entrevista: La literatura no es un arma. Una frase acompañaba al título: “Conversación con Arturo Arango”. Quien guiaba la conversación era el narrador y editor Michel Encinosa Fú (La Habana, 1974), autor de los libros Sol negro (cuento, Extramuros, 2001), Niños de neón (novela, Letras Cubanas, 2001) y Dioses de neón (novela, Letras Cubanas, 2006) entre otros. Me sedujo conversar con Michel dentro de los mismos límites impuestos por él y con los mismos términos utilizados en su encuentro con el crítico, narrador y ensayista Arturo Arango, es por eso que este diálogo es una suerte de bumerán —que Michel lanzó desde las páginas de La letra del escriba y que luego regresó a él.
El inicio de tu conversación con Arturo Arango fue: “Dinos sobre tus primeros encuentros con la literatura. ¿Cuáles fueron tus lecturas iniciales y qué impresión te causaron? ¿Ha cambiado en algo esa visión?” Este es, también, el comienzo de mi diálogo contigo. Pero súmale otras preguntas: ¿Cuales han sido tus lecturas más recientes? ¿Cómo han operado en ti estas lecturas sucesivas —y ten en cuenta que no intento separar al hombre que vive del que escribe?
“Lecturas iniciales… No sé, a partir de cuándo llamarlas iniciales. ¿Se valen las de chiquito, como El grillo caminante, El principito, Sandokan…? ¿Hasta cuándo dura el de chiquito, cuándo empieza las de grande? Leí La Ilíada y La Odisea antes que 20000 Leguas de viaje submarino, El nombre de la rosa antes que Cuatro tanquistas y un perro, la Playboy antes que Lolita. No recuerdo qué vino antes, qué después: Poe, Shakespeare, Lovecraft, Vargas Llosa, Kundera, Carpentier, Agatha Christie, Mika Waltari, Chéjov, John Grisham… Los autores de la Edad de Oro de la Ciencia Ficción, los rusos, la New Wave anglosajona… ¿Impresión? Una muy variada, pues soy fan de la relectura. Pero lo fundamental fue saber que podía vivir dentro de esos libros, imaginar escenas y finales alternativos. Y después, descubrirme capaz de devolver, al menos en parte, lo que me fue obsequiado. No veo los libros desde lejos, como algo que brilla en lo alto y a lo que recurro para escapar, para visitar. Los veo como criaturas que cruzan desvergonzadas la verja de mi patio para dialogar misterios con mis propias mascotas. Percibo el imaginario literario como una unidad vasta, inabarcable, dolorosamente tangible.
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“En cuanto a mis lecturas más recientes, pues ando redescubriendo a Borges y Cortázar por tercera o cuarta vez, y husmeando en lo que se hace a mi alrededor. Lo primero es una deuda que nunca termino de pagar, pues Borges y Cortázar son interminables. Lo segundo lo debo a la ansiedad de no pasar por ‘desenterado’ en entrevistas como ésta, y la curiosidad. Advierto que siempre trato de huirle a esa fácil tendencia de comunicar textos entre contemporáneos. Al menos de forma deliberada.
“Y tienes razón, no deben separarse el hombre que vive, del hombre que escribe. El artista no lo es de 8:00 a.m. a 5:00 p.m. Pocas profesiones, oficios, o como queramos llamarle consensualmente, comparten tal naturaleza. A veces algunos de los que empiezan me llegan con preguntas diversas y siempre hay una que, aunque no digan, se intuye: ‘¿Cómo diablos hago para integrar a mi vida este asunto de escribir?’. La solución es que no hay que integrar nada. Se eso no. Así de fácil. Ser escritor es igual que ser mulato o chino, hombre o mujer... Es una naturaleza, o cuando menos, parte de esa naturaleza plural que eres como individuo. No un calificativo, tampoco un status. Y las lecturas, pues bien, como es natural, no han hecho más que conformar mi organismo, mi ideario, mi devenir”.
Al inicio te advertí acerca de los términos de esta conversación, es por eso que seguiré apropiándome de cuanto le preguntaste a Arturo Arango: ¿Qué significó para ti empezar? ¿Una decisión consciente, un texto en específico, una súbita epifanía, al decir de algunos? A este bloque de preguntas le agregaré: ¿Qué ha significado continuar?
“Aun sigo empezando. Cuando uno cree que ha llegado a… a donde quiera que se suponga que uno deba llegar, es hora de colgar los guantes. Pero trataré de responder sin alegorías ni aforismos. Fue mucho antes de ver mi primer texto publicado. Fue cuando alguien leyó algo mío y pidió más, me dio un consejo, me criticó, me reconoció. No recuerdo el texto, tal vez ni siquiera lo conserve. En todo caso, decisión consciente no lo fue.
“En cuanto a la epifanía… las tengo a diario, a veces al escribir cada palabra. Este sendero es de alumbrar sucesivo, gradual. Continuar significa mantener viva la chispa. Las ganas de decir, de contar. No atascarse en un tema, en un estilo, en una catarsis. Aprender a eludir los arquetipos, aprender que los arquetipos son imprescindibles. Descubrir lo esencial, necesario, de cada anécdota. Intuir qué busca la gente al leer. No aspirar a ser leído por todos. Uno mismo nunca lo lee todo, ni gusta de todo en los libros. No despreciar las neurosis, los traumas, los ataques esquizoides, le son tan caros al escritor como el aire mismo. También la soledad, la compañía, el abandono, el hallazgo, la lluvia, el mar, las avenidas a las tres de la madrugada, todas esas divinidades infinitas.
“Contemplar con largura esa diminuta piedra en la suela del zapato, y preguntarse: ¿de dónde la habré enganchado? Qué sé yo, seguir viviendo y no parar, aunque a veces cojees, te falte el aliento, se te quiten las ganas. Todo se salva cuando alguien viene y te dice: ‘Chino, ¿para cuándo otro libro?’, queriendo decir: ‘Lo necesito’. Todo cuanto puedas escribir en esta vida y durante mil reencarnaciones más, bien valen ese momento”.
Te interesaba saber qué sintió tu interlocutor al tener en sus manos su primer libro publicado. Además de querer enterarme de lo que sentiste al tener en las manos el tuyo, quiero conocer qué sentiste al tener en tus manos los primeros textos de los escritores de tu generación y qué opinas de esos títulos —tienes todo el espacio y el tiempo que quieras, la elección va por ti.
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“Mi primer libro no llegó a mis manos tan de sorpresa. Recuerdo aquellas noches, madrugadas, empalmándolo entre amigos sobre una mesa, junto a otros libros para la Feria Internacional del Libro de 2001. Después, lo recuerdo en sus cajas, encuadernado. Ese fue Sol Negro, publicado por la editorial Extramuros. En la misma Feria, Letras Cubanas sacó mi Niños de neón. Fueron volúmenes cuyo proceso seguí bastante de cerca. Siento decir que la emoción que me causaron fue tal vez pequeña, pues empezaba a soñar despierto, a avizorar los libros futuros. Quizás debí salir corriendo a gritos por toda La Cabaña, no sé, como Arquímedes. Debe ser que siempre sentí estos acontecimientos de la vida como naturales. Herencia china. Arcanos tranquilos, inconmovibles. Vaya uno a saber.
“Creo conocer personalmente a casi todos los más valiosos escritores de mi órbita. Los que empezaron a escribir un poco antes, durante, y algo después de los noventa y tantos. Es interesante, porque en aquellos tiempos era muy raro que alguien se iniciara con fe en la literatura. Casi todo lo que nació, literariamente hablando, en aquellos años, es interesante. Algunos caminos llevaron o llevan, en mi opinión, a callejones sin salida, o a redescubrimientos de tópicos ya consumidos en otras partes del mundo en épocas anteriores, pero no por eso dejan de significar. Siempre vale decir, si es que se necesita imperiosamente decir algo.
Para ti, ¿cuáles son las historias más difíciles de narrar? ¿Y las imposibles?
“…Nunca sé qué diablos pienso de una cosa hasta que lo comento con alguien”, eso decía Theodore Sturgeon. Escribir es eso, producir, rumiar, arrojar en público un discurso. Para mí, lo más difícil de narrar es una historia que implica una toma de decisión, de conciencia, sobre un asunto del que ni yo mismo sé qué posición tomar en la vida. Suelo descubrir mi posición luego de escribir un texto sobre ello, pero a veces ni siquiera lo logro en el primer texto. Hasta ahora, hay posiciones que no he logrado descubrir. Seguiré indagando, comentando, pues. Las historias en que el yo-narrador se debaten entre lo que quiere, lo que cree, lo que quiere creer, lo que necesita, lo que cree no necesitar, lo que quisiera temer, lo que quisiera amar esas son para mí las difíciles.
“No creo, no, en historias imposibles. Eso sí, recordar que la literatura es un medio con sus limitantes. La palabra tiene efectos distintos, digamos, del medio audiovisual. Un imaginario emocional, evocativo, e implicador, muy peculiar, así como peculiar, diferenciada, es cada manifestación artística conocida hasta hoy. Un auto, un dragón, una nave espacial, un AK-47, una espada, un bláster, el semen, la sangre, el flujo de electrones, tienen significados distintos, tan dispares, si los ves en la pantalla de un televisor Panda o los lees en las páginas de un libro. Y no hablo de ‘zapatero, a tus zapatos’. Sencillamente, la literatura tiene sus códigos. Usarlos de manera efectiva —ya sea por veredas clásicas o experimentales (vaya uno a saber qué significan en verdad clásico o experimental) — es el meollo de la cosa en sí, vaya, la ‘volá’ ineludible”.
Que tu segundo apellido sea Fú, que tengas los ojos rasgados y vivas en el Barrio Chino no implica, necesariamente, que seas un tipo apegado a los rituales. ¿Los tienes? ¿Eres un escritor de ritual —horas especiales, lugar, condiciones, ritmo fijo, metas de cuartillas diarias?
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“Tengo rituales, pero no sistema. Tengo mis horas, pero elijo si las invierto o no en escribir —las otras opciones son PC games, anime, orgías de Rock´n Roll, Dr. House o CSI Las Vegas, sexo, lecturas… no en ese orden de prioridad, y tampoco te voy a especificar orden alguno—, en general las horas de noche-tarde y madrugada. Me siento cómodo escribiendo en mi cuarto, pero igual puedo ir por la calle tomando notas. ¿Condiciones? Audífonos puestos (Manowar, T.A.t.u., Rammstein, Counting Crows, Fito Páez… en los últimos tiempos Leonard Cohen, The Platters, Carole King y Charlie Parker), café o no café, una jarra de agua… Poca cosa. No me impongo ritmos, ni metas de cuartillas. Trato de escribir como me de el loco, a no ser que sea un cuento por encargo para antología o peña literaria, pero ni aun así. Escribir es una fiesta de la que no me puedo hurtar, una fiesta que me gusta, no una obligación. Trato de no sentir presiones, ni compromisos. A veces paso un mes sin soltar una línea, a veces me salen treinta cuartillas en una madrugada.
Eres escritor y trabajas en la Editorial Extramuros, eso te otorga un don: la ubicuidad. Estás en los dos bandos y eso me permite tomar otra de tus preguntas: Dime tu parecer sobre el mecanismo editorial que fusiona política y cultura a la hora de evaluar, editar y publicar un libro. ¿Cuál sería el status quo ideal en este asunto?
“No existe un status quo ideal, nunca existió, ni existirá. El ser humano implica ser social. La sociedad implica política. Quizás un status cercano al ideal sea el propuesto por Bellamy en El año 2000. El mecanismo editorial incluye desde directivas de producción hasta decisiones políticas respecto a temáticas priorizadas y zonas muertas. Aun en los países más globalizados, donde el beneficio bancario está por encima de todo, y se creería que cualquiera puede publicar cualquier cosa, hay duras guerras. En una editorial pueden hacerte una evaluación hipernegativa de tu libro, en otra, te lo pasan como bola por tronera hasta la imprenta. Hay que aprender a buscarle la entraña, a tocar puertas, a batallar. Trabajar en el campo editorial me ha ayudado a ver con más claridad el paisaje, pero no me ha ayudado a publicar, contrario a lo que muchos podrían creer.
Para ti la literatura es algo así como una pistola caliente. No me he inventado lo de “caliente”, sino que literalmente lo leí en tu conversación. Mencionas que hay alguien con un dedito puesto en el gatillo y además lo oprime, y por si fuera poco me pones a alguien del otro lado del cañón. ¿La literatura es un arma? ¿Qué la convierte en algo tan polémico?
“Cuando le hice la pregunta a Arango, en aquella ocasión, tuve acaso un error de formulación, pero es que no quería hacer una pregunta de media cuartilla. Comparaba la literatura con un arma en el sentido de que cualquier cosa —un CD, un bolígrafo, un tractor, una bufanda— puede resultar un arma si se interpreta y se usa como tal. El pensamiento es una herramienta. La palabra es un recurso de comunicación, negociación, manipulación. Yo decía: ‘la literatura es un arma’, queriendo decir: ‘sabes que la literatura puede ser interpretada y usada como un arma’. Un buen libro siempre atacará algo esencial: las creencias de alguien, las certezas de alguien, las mentiras o verdades de alguien. Cuando digo ‘atacará’ quiero decir ‘se pronunciará en contra o a favor’. No existe tal cosa como un texto imparcial, pues no hay individuos imparciales. Un libro, si es un buen libro, un libro honesto, nacido del espíritu, tratará de trasmitir los ideales de su autor, sus conceptos de la ética y la moral, de la lealtad y el afecto, y sus opuestos, aunque se mueva en los grises, aunque no sea retórico ni sentencioso. El ojo del autor está allí y elige su punto de vista, su ángulo de cámara, su juego de luces y sombras, su ritmo, su secuencia, sus prioridades. Nunca podremos ser imparciales.
“El verdadero arte tratará siempre, o al menos eso espero, de mantenerse lejos de la Política, entendida como el juego sucio de las superpotencias y las infrapotencias y las subpotencias, pero siempre nacerá en lo Político. Para nosotros como individuos siempre habrá algo esencialmente bueno y algo esencialmente malo, aunque usemos grises para crear un azar de imparcialidad. Y la literatura es cultura de masas y vivimos en la Edad de la Cultura de Masas. Predeterminada o no, trampeada o no, en todo caso difícilmente pura, la cultura de masas es nuestra educación, nuestra formación como individuos. Cuanto se produce en la cultura de masas es una especie de Verdad Esencial, un Modelo, una Aspiración, un Ideario. Talar árboles para construir una cabaña es un acto de violencia contra el bosque. No hay maldad, pero sí violencia. Así es el Arte. Las mismas relaciones humanas son, aunque sin maldad en los mejores casos, violencia y manipulación: proponer, imponer, encausar, guiar, provocar, obtener; la esencia humana. Y el Arte y la Literatura, como espejo, son certeros en este sentido. Los libros modifican vidas, y eso todo lector lo ha experimentado, no son piedras que lanzamos al estanque sin efecto. Y es a esto a lo que quiero en verdad referirme. Cuanto escribes provoca cambios, influencias. La frase menos esperada puede transformarse en una consigna, el cuento menos sospechado devenir manifiesto. Y si son tu frase, y tu cuento, no eres culpable pero sí responsable.
“De todos modos, sigue escribiendo sin que eso te quite el sueño. Total, cuántos libros ajenos no te lo habrán quitado. Es así. Es el Gran Juego, como dije antes. Solo no caigas en la ingenuidad de creerte fuera del tablero”.
¿De qué hablamos cuando hablamos de ciencia ficción made in Cuba? Me gustaría saber cuál es tu top ten o tu top five de la sci-fi nacional.
“La CF made in Cuba es un terreno sencillo. Están los que siguen haciendo cuentos del platillo volador en el platanal del guajiro. Están los que tratan de imaginar un futuro distinto al que nos educaron a creer, y cuál sería nuestro lugar —si lo hay— en ese futuro (muchas veces con humor, que para algo somos cubanos). Están los que eligen no trabarse en ese dilema y seguir esbozando teorías y propuestas sobre el papel de la humanidad en el Universo. Están, claro, los que escriben CF sin saber que la escriben, los que tratan de mantener una identidad nacional o, cuando menos, hispanoamericana, los que escriben como si fueran traducciones del inglés… hay variedad, pero se publica poco. A veces, cuesta trabajo que entren los libros en las editoriales, a veces cuesta trabajo encontrar libros que meter. Hay autores que tienen varios libros en lista de espera, y los que se pasan la vida gritando: “no me publican” —cuando vas a ver qué tienen resulta que no llegan a las veinte cuartillas.
“Diría que hay limitación de temas, territorios, pero eso es falta de lectura, de actualización. La literatura es una bestia que se alimenta de sí misma y las posibilidades de actualización son tan nulas, casi siempre…
“Mi Top List no es abundante. Miguel Collazo, Ángel Arango, Mond, Agustín de Rojas —¡Maestro! —, Yoss… Hay otros que vienen saliendo, no diré de ellos en público. Ya sabes, la entrevista es periodismo, el periodismo es cultura de masas, y la cultura de masas es Verdad Esencial. Esperemos, digo yo, a ver qué nos depara la próxima década”.
Por el orden de tu conversación con Arango tocaría preguntarte quienes son para ti los autores contemporáneos más importantes y además pedirte que me hicieras una lista de los autores más significativos, nacidos entre los 70 y los 80. Pero no, dejemos cerrada esa gaveta. Prefiero que me hables de los autores nacidos entre los 70 y los 80 y sus textos.
“Temo caer en muchas omisiones, pues me limitaría prácticamente a Ciudad de La Habana. Son los libros que conozco, y a veces porque el mismo autor me lo ha obsequiado. Con las tiradas actuales, algunos libros no duran mucho en librerías y no se puede estar siempre en todas las presentaciones. Respecto al resto del país, ando muy, pero que muy fuera de onda.
“Por cierto, ¿no has notado esa triste tendencia colectiva de responder este tipo de preguntas incluyendo algo al estilo de “¿Te puedo hablar de lo que he leído, casi todo comprimido entre Santiago de las Vegas, Guanabo, La Coronela y el Malecón?” Tenemos una desconexión desesperante con nuestros pares fuera de la capital, una especie de horizonte de eventos insalvable.
“En todo caso, por lo que veo por acá, sí puedo decir que tenemos altibajos, y una perniciosa vocación por el cuento. Las novelas de esta generación siguen sin nacer y son necesarias”.
En la entrevista que le hiciste a Arturo Arango querías saber si le sugirió a alguien que se diera por vencido y probara suerte con otro oficio y no con la literatura. Era una pregunta con doble fondo porque te interesaba conocer qué hubiera hecho él en sus inicios si le aconsejaran lo mismo. De lo que le dijiste me interesa la segunda parte: ¿qué habrías hecho tú? ¿Si optabas por desistir, cuál hubiera sido ese nuevo oficio elegido?
“Por fortuna, en los tiempos en que alguien pudiera haber intentado desestimularme, yo era demasiado joven. Eso quiere decir cabezón, intranquilo, fanático a mí mismo y a las cosas en las que creía y sigo creyendo, en gran medida. No hubiera desistido.
“Yo no escribo porque quiero escribir, como tal. Escribo porque es la forma que mejor se me ha dado de hablar de todo y de mí mismo. Pero en fin, ¿de no ser escritor? Creo que lo estaría intentando en la dirección cinematográfica o como guionista. La historieta, el cómic, serían otras opciones, tuve mis incursiones en la plástica, después de todo, exposiciones incluidas. La música no, tengo la garganta rectangular y muy poca disciplina con las manualidades. La cuestión sería contar historias: mis historias. Eso es todo”. |