Virgilio Piñera en los años 80
Un escritor que renació de una generación que nació de él
Por: Dainerys Machado Vento
Partamos de un hecho concreto: Virgilio Piñera, uno de los más grandes escritores cubanos de todos los tiempos, murió en la terrible marginación que enfrentó la genialidad incomprendida de su obra y su desprejuiciado e irreverente carácter. Ambos rasgos, el literario y el rebelde, lo convierten hoy en un símbolo de renovación, búsquedas y cuestionamientos.
Innombrable, “fuera de los parámetros” que regentaron el quehacer de los círculos cubanos de poder cultural en la década de los años 70; su mayor virtud, así como su mayor defecto, fue ser “la suma de todas las esclavitudes y de todas las libertades. Todo lo que se dice y, lo que es peor aún, todo lo que se calla”. Su obra plagada de valores, se sobrepuso finalmente al paso del tiempo y a cualquier circunstancia que la rodeara, para renacer al presente como presagio o presente mismo.
“Por primera vez en nuestra historia literaria, un escritor diseña un País para el Arte, y un tipo de artista que celebra la insignificancia de la Vida, la Nada existencial del hombre, frente a la grandeza del Arte como subversión de valores. Nadie, como él, —afirma Alberto Abreu—lo ha reflejado con tanta veracidad”. Y cuando descubrimos que ese “País” inventado por Piñera resulta ser Cuba misma desde la “otredad”, desde la negación, desde el examen al interior del ser que somos y no del que mostramos, comprendemos que la autenticidad de su poética, no parte de una búsqueda desesperada de originalidad, sino del reflejo más sincero y desgarrador de su existencia.
No bien tuve la edad exigida para que el pensamiento se traduzca en algo más que soltar la baba y agitar los bracitos, me enteré de tres cosas lo bastante sucias para no poderme lavar jamás de las mismas. Comprendí que era pobre, que era homosexual y que me gustaba el arte (...) Claro que no podía saber a tan corta edad que el saldo arrojado por esas tres gorgonas: miseria, homosexualismo y arte, era la pavorosa nada.
Pero tampoco pudo percibir el niño que era el poeta, que de “esas tres gorgonas” nacería “un arte literario contradictorio, de repentes humorísticos y grotescos, cuajado de esencial cubanía”, suma del amor-odio de los cubanos por su Isla, e iniciador indiscutible de una nueva poética.
Aire frío (1959) y Electra Garrigó (1941) han influido mucho en otros autores dramáticos cubanos. El humor, el choteo, la familia, el chantaje emocional, el hambre, la sobrevivencia cotidiana, estampan en cuanto a temas las creaciones de Piñera. En estilo, el modo de enfrentar las escenas ha marcado a otros dramaturgos, su cubanía profunda, su odio y su síntesis rabiosa de nuestro diálogo. También el juego con el absurdo, como tragedia y expresión del ser nacional (...) él es, después de todo, un clásico desde hace más de cincuenta años y es difícil no recibir su impronta.
Un poema marcaría la arrancada más clara y feroz a ese retornar eterno al absurdo como expresión real de lo que somos: La isla en peso, escrito en 1943, que tal como refiere el crítico Omar Valiño: “su famoso verso, de “La maldita circunstancia del agua por todas partes”, se ha convertido en una filosofía”.
Pero teatro y poesía no fueron las únicas creaciones genéricas de Virgilio Piñera. En 1964, cuando el Quinquenio Gris solo se anunciaba en una lucha abierta por el poder cultural, la revista Bohemia del mes de agosto publicaba estas palabras del escritor:
De ser posible, me gustaría confeccionar un plato supremo con estos cuatro géneros literarios (poesía, teatro, cuento y novela). Bueno, el lector se chuparía los dedos... En la actualidad —y ayer y mañana—, me interesan enormemente todos y no le doy preferencia a ninguno, con lo cual se la doy a todos. No es mi culpa si juego “las cuatro bases”, y tampoco es mi culpa si otros juegan solo una y la juegan mal. Son esos escritores fallidos los que estiman que el resto las juega tan desdichadamente como ellos.
Según cuenta Antón Arrufat, en los últimos años que vivió Piñera, “apartado y solitario, con una fe sin comprobación posible, no había dejado de trabajar en silencio, en la sombra”. En 1987, ocho años después de su fallecimiento, sus volúmenes inéditos comenzarían a editarse en Cuba. Para entonces la obra de Virgilio había sido reinsertada en la vida cultural de la nación.
Rine Leal afirmaba en 1989 que “la apertura que (Virgilio) realiza en nuestra escena no surge de la nada, pero sí cristaliza búsquedas teatrales que la vanguardia entrega a nuestros mejores dramaturgos. No quiero exagerar más bien hoy es un lugar común— si afirmo que Virgilio contemporiza nuestro teatro”.
Si el triunfo de la Revolución había gestado una nueva literatura en la que se repetían como recurrente motivo artístico temas sociales y de las luchas pasadas (entre clases, contra bandidos, Playa Girón); los años ochenta trajeron las primeras señales de la posmodernidad con una significativa apertura estética y temática (homosexualismo, tendencias musicales, emigración). Virgilio Piñera, sin estar en el centro de esas transformaciones, contribuyó a ellas desde el redescubrimiento de su poética.
El silencio al que había sido sometida, por muchas razones, la obra del escritor, contribuyó con el transcurso del tiempo a fomentar su “celebridad (...) hecha de rumores, impresiones, falsedades y habladurías, más que de un conocimiento auténtico de su obra”. Para entonces “sus anécdotas y los efectos devastadores de su «lengua de víbora», eran más conocidos que sus admirables poemas y relatos”.
De malditas circunstancias, de altos y bajos, estuvo lleno el recorrido de su obra hacia la consagración. Como testimonio su literatura misma:
Sus personajes no aspiran ni a la gloria ni a la felicidad. Están condenados a vivir al margen, sin salida. No hay escapatoria posible. Están condenados a vivir en un universo sombrío y encerrado. Les está negada toda posibilidad de ser felices. (…) Estamos ante un negador que todo el tiempo está implicando que no le interesa dar recetas afirmativas. Él impugna y critica lo que cree injusto y dañino. Y no es disparatado calificarlo de un pesimista agresor.
Son muchos los que hoy podrían concurrir aquí, a través de sus trabajos periodísticos, críticos o de investigación, a evaluar la obra de Virgilio Piñera. Pero no se hace ya muy necesario apelar a esos recursos para demostrar la importancia de sus creaciones para la literatura cubana. La simbología de la que está cargada su obra, las modificaciones dramáticas y estéticas que aportó a las artes de la Isla, lo sitúan como representante de toda una generación que nació de él. La forma en que se gestó su recuperación es un poco el nacimiento de esa nueva hornada de escritores que, como Piñera, estaban dispuestos a refugiarse en “el gran orgullo de haber vencido ciertas trabas sociales, ciertos tabúes morales o de falsa moral”.
¿Las inquietudes de los 80? Un escritor como respuesta
La reaparición de Virgilio durante la década que siguió a su deceso es parte de un período de cambios, mezcla de voluntad política en mínima porción, con elevado nivel de natural descubrimiento del valor de su obra. Porque esa voluntad de las instituciones culturales que conocemos, de revalorizar figuras y creaciones marginadas en los años setenta, sólo tomó su cause correcto, en el caso de la obra de Virgilio, gracias a naturales procesos socio-culturales en los que se reinsertaba su poética a manera de diálogo con la realidad.
Tal vez por eso es posible identificar, a partir de dos grupos fundamentales, a aquellos que desde los años 80 manejaban con mayor lucidez, la diversidad y potencialidad de las creaciones de Piñera. El protagonismo de estos segmentos es clarísimo si revisamos la prensa de todo el decenio y son los responsables directos de la rehabilitación pública del dramaturgo. De un lado están las personas e instituciones representativas de la cultura cubana y latinoamericana hacia el exterior (Helena Huerta, Luis Carbonell, Casa de las Américas, Tablas) y del otro, las jóvenes generaciones de artistas aglutinados y liderados por el Instituto Superior de Arte y por profesores como Rine Leal, Rosa Ileana Boudet y Flora Lauten. Muchos de los acercamientos que estos últimos producen sobre las más clásicas piezas dramáticas de Piñera encuentran resistencia en otros sectores artísticos, sobre todo hacia mediados de la década de los 80.
Período de avances e interrogantes, de transformaciones y evoluciones, de rupturas, presagio de un futuro de “maldita circunstancia”, el tercer decenio que vivió Cuba en Revolución devuelve por fin Piñera al imaginario popular.
Dos factores inciden directamente en esta rehabilitación: el primero representado en las facilidades económicas que significó también para la cultura y los medios de comunicación el Proceso de Rectificación de Errores y Tendencias Negativas, que permitió ampliar las carteleras culturales y el resto de las actividades artísticas. El segundo y tal vez más importante factor de ese progreso es que, a medida que avanzaba la década, surgían para Cuba cada vez más interrogantes, propiciadas sobre todo por frustraciones ideológicas—Mariel en 1980, la embajada del Perú en 1981, Granada en 1983, Ochoa en 1989—; y por decepciones externas como el evidente peligro a la fragmentación que vivía la URSS. En medio de todo eso la poética de Piñera va ganando espacio “por la profunda correspondencia con el espíritu de la época”. Omar Valiño sitúa este rasgo, como el diálogo cultural, casi filosófico, de mayor valor ante la crisis de los años 90, pero es evidente que este comienza su bregar desde la década de los 80.
Como prueba de esta relación: un diario como Juventud Rebelde, con una política editorial y un público meta bien definidos. Los jóvenes que se dedicaban al periodismo desde las páginas culturales de la publicación aludían a las creaciones piñerianas con mayor asiduidad que en la mayoría de los medios de prensa. Y esta situación es notable no solo por la cantidad de veces que mencionaron el nombre del escritor, sino porque cuantas veces lo hicieron, a lo largo de toda la década, mostraron un notable conocimiento de su obra, en evidente contraste con trabajos publicados en otros medios de prensa—nacionales o especializados. Leonardo Padura, Ángel Tomás, Emilio Surí, Amado del Pino, son algunos de los nombres que llegan al presente como protagonistas de ese breve auge del periodismo literario en Cuba. Hurgando hacia el interior de ese movimiento hallamos las primeras referencias, nunca suficientes, pero las primeras en mucho tiempo, a las creaciones piñerianas. A la par que el medio de prensa, vocero de la juventud, se consolidaba como espacio de entrevistas, críticas, comentarios, reseñas y reportajes de fondo, muchos de los cuales conservan hasta hoy un importante valor periodístico.
En los pasillos del ISA, “Virgilio era, en ese proceso de recuperación, como un personaje mítico sobre el que se hablaba, pero se hablaba más de lo que se leía”, según recuerda el crítico Omar Valiño, actual director de la revista Tablas y estudiante del Instituto en aquellos años. Justamente en las aulas de esa universidad se gesta la primera versión que se hace en los años 80 de uno de los clásicos de Piñera: Electra Garrigó.
Bajo la dirección de Flora Lauten, estudiantes de último año del ISA, asumirían la pieza teatral como tesis de grado del curso 1983-1984, ejercicio que se incluiría luego en la Temporada Teatral de Verano de ese año. La puesta abrió paso a sucesivas relecturas de una de las obras más conocidas del escritor, confirmando el liderazgo escénico del ISA de los 80.
Interpretado por Anabel Leal, Verónica Díaz y Ángel Escobar en la Sala Hubert de Blank, el montaje apelaba a los recursos del entonces polémico “teatro de la imagen”, a través de juegos circenses entre los personajes. Dos años más tarde otras dos versiones de la Electrade Virgilio —una por Teatro Estudio, bajo la dirección de Armando Suárez del Villar y otra por el Ballet Nacional de Cuba, con coreografía de Gustavo Herrera—, junto a un teleteatro transmitido en 1989 por la Televisión Cubana, vendrían a cerrar el ciclo de interpretaciones más amplio y distendido que ha tenido la pieza en Cuba. Pero en ningún caso despertarían en el público y la crítica la polémica y la admiración que ganó la puesta de Lauten junto a los estudiantes del ISA. Fueron críticas de teatro en ascenso, como Raquel Carrió (1951) y Vivian Martínez Tabares (1956), las que valoraron en su justa magnitud ese diálogo de los jóvenes con la obra dramática de Piñera. Trabajos como “De La emboscada a Electra: Una clave metafórica”, publicado en Tablas de 1984 por la Carrió, se convierten en el testimonio más completo de la puesta y de las interrogantes que en su momento despertó.
Pero el papel de las nuevas generaciones de artistas en la rehabilitación de Piñera sólo comenzaba. El penúltimo número de la revista Tablas de 1987, anunciaba que la Dirección de Enseñanza Artística había comenzado, desde septiembre de ese mismo año, un “plan editorial”, dirigido a engrosar la bibliografía de los estudiantes de artes. Por los intereses de estos y por el valor innegable de la obra, el plan se había iniciado con la publicación de Aire frío. Este suceso provocó la inclusión de la obra de Piñera en los planes de estudio de “el teatrólogo, el actor y, sobre todo, el instructor de arte—promotor por excelencia”. Lucía lejano aquel 1971 y su “no es permisible que por medio de la «calidad artística» reconocidos homosexuales ganen influencia que incida en la formación de nuestra juventud”.
En la confirmación de estas realidades el 26 de diciembre el diario Granma anuncia en su sesión Entérese que “Siempre se olvida algo, de Virgilio Piñera, y Las Pericas, de Nicolás Dorr, son las opciones que brinda el grupo Rita Montaner en el teatro Miramar, hoy sábado a las 9:00 p.m....”.
Cuatro días más tarde, en el mismo diario sale a la luz una crítica titulada “Dos obras y un director”. En ella, se dice acertadamente que “Siempre se olvida algo no es lo mejor escrito por el autor de Aire fríoy Electra Garrigó, pero deja en el espectador un saldo favorable, apoyado en el diálogo y en una recreación teatral no al uso”. En esta comparación implícita entre la pieza escrita en 1963 y los dos clásicos por excelencia de Piñera se muestra la permanencia en la parte más tradicional de la crítica cubana, de una visión aún sesgada ante la amplitud y magnitud de la obra del escritor.
Y son justamente los jóvenes artistas los que vienen a intentar fragmentar una vez más estos esquemas—tal vez inconscientemente—, cuando en julio de 1988 se produce la puesta de Gutiérrez, Tadeo. De nuevo un grupo de estudiantes del ISA se apropia de una pieza de Virgilio Piñera, esta vez con versión de Alejandro Normand (1968). El montaje parte de Tadeo, cuento de Piñera publicado por primera vez en el número de abril 1984 de Revolución y Cultura, e incluido en Un fogonazo. Es la primera vez que la prensa de la época referencia una adaptación de una narración virgiliana al teatro, pues probablemente es la primera vez que se produce.
En el número 1 de la revista Tablas de 1988, Rine Leal, prestigioso profesor de ISA, considerado maestro y guía de incontables generaciones de críticos cubanos, con una obra investigativa de imperecedero valor, había reconocido, insistido y demostrado que “no hay más que un Virgilio Piñera, y su obra total goza de una profunda coherencia”. Planteamiento que contribuyó definitivamente a la solidificación de una mirada totalizadora a la obra de Piñera, principalmente por parte de los jóvenes que se encontraban bajo su égida.
Para entonces escritores como Abilio Estévez (1954) y Alberto Pedro (1954) comenzaban una carrera literaria en ascenso influenciados explícitamente por el absurdo e hiperrealismo virigilianos. A Juego con Gloria, publicada por Estévez en 1987, se sumaría en los años 90, Manteca, de Alberto Pedro, marcadas claramente por la impronta de la poética de Piñera. Esto demuestra una clara identificación con las creaciones del escritor, que trascienden las meras lecturas para situarse en un camino de diálogos e influencias directas.
Nuevos acercamientos proporcionarían aún los jóvenes a zonas desconocidas de la obra de Virgilio. La puesta de Un jesuita de la literatura en el II Festival del Monólogo de marzo de 1989, con versión y dirección de Osvaldo Doimeadiós, y con Leonardo de Armas como intérprete es un ejemplo de ello. Ganadora del Premio a la puesta en escena y de una mención a la actuación, esta adaptación sería repuesta en mayo de ese mismo año como parte de una muestra importante de monólogos. En los mismos escenarios, Alexis Valdés, estudiante de arte, subía a la escena la parodia musical El extra Garrigó.
En abril, durante una de las primeras versiones del Festival Elsinor, de los estudiantes del ISA, Rine Leal ofrecía una conferencia sobre el teatro inconcluso de Piñera, y anunciaba la próxima salida de su Teatro Completo. Probablemente esa fecha coincide con la de la fundación de la Cátedra “Virgilio Piñera”, en homenaje al dramaturgo, primer espacio conciente de reconocimiento al valor de su obra. Desafortunadamente nunca fue centro de acciones en la rehabilitación de la figura del escritor, y en el presente conserva su inactividad.
Mientras, en la prensa Virgilio pasa de ser uno de “los tres grandes” dramaturgos de la transición a ser “uno de los más grandes dramaturgos cubanos de todos los tiempos”, no desde la literalidad de las palabras que expresan diferentes tratamientos periodísticos, sino desde los hechos que se ocultan tras ellas. Pero todavía el 18 de octubre de 1989, fecha del aniversario diez de la muerte de Piñera, pasó desapercibido su nombre para las publicaciones periódicas cubanas. Afortunadamente el camino desandado, en gran medida gracias a los jóvenes actores y escritores de la Cuba de los años 80, no permitiría ya volver atrás.
Las décadas no terminan en fiel concordancia con el almanaque y para la rehabilitación de la obra de Virgilio, la de los 80 fue apenas un comienzo. El pasado como continuidad de la experiencia del presente nos convida a hacer justicia a los que se nos murieron en el olvido y despiertan hoy en el “boom de la memoria”, como única posibilidad de escrutar en el “horizonte histórico, sin el que se hace imposible el diálogo entre generaciones”.
El decenio vivido por Cuba bajo la égida del Período Especial, colocó la poética piñeriana en el centro de todas las interrogantes artísticas y sociales; pero no la salvó de su hálito de leyenda. La voluntad política se ha unido al descubrimiento cultural originado por la situación de los años 90, para propiciar un acercamiento de un número mayor de lectores, principalmente jóvenes, a la obra de Virgilio. Sin embargo, en el 2009, esa distancia entre mito y realidad que acompañó siempre a su obra como a él mismo, aún no ha sido completamente salvada.
BIBLIOGRAFÍA
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-Celdrán, Carlos en entrevista con la autora, el 20 de noviembre de 2008.
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-Sobre la sexualidad. En: Declaración final del Primer Congreso Nacional de Educación y Cultura. En: Revista Casa de las Américas, Año XXI, La Habana, marzo-junio, 1971, pp. 13-14.
-Valiño, Omar en entrevista con la autora, el 26 de enero de 2009.
Notas
1 Abreu, Alberto: Virgilio Piñera: un hombre, una isla. Ediciones UNIÓN, La Habana, 2002, p. 11
2 Ídem, p. 15.
3 Piñera, Virgilio: La vida tal cual. Disponible en http://www.lajiribilla.cu/paraimprimir/nro66/1790_66_imp.html. Consultado: 9 de marzo de 2005.
4 Arrufat, Antón: Un poco de Piñera. Prólogo a Piñera, Virgilio: Cuentos Completos, Ed. Letras Cubanas, La Habana, 2004, Pp. 7-24, P. 15.
5 Celdrán, Carlos en entrevista con la autora, el 20 de noviembre de 2008.
6 Valiño, Omar en entrevista con la autora, el 26 de enero de 2009.
7 Tomado de Espinosa, Carlos: Virgilio Piñera en persona. Ediciones UNIÓN, La Habana, 2003, p. 250.
8 Arrufat, Antón: Ob. cit. P. 15.
9 Leal, Rine: Piñera todo teatral.Prólogo a Piñera, Virgilio: Teatro Completo. Ed. Letras Cubanas, La Habana, 2007, Pp. V-XXXIII, Pp. XVII-XVIII.
10 Heras León, Eduardo: Conferencia Década de los 80, impartida como parte del ciclo Los decenios de la Revolución en el espacio La Cafetera, Facultad de Comunicación, Universidad de La Habana, 7 de mayo de 2008.
11 Arrufat, Antón: Virgilio Piñera: entre él y yo. Ediciones UNIÓN, La Habana, 1994, P. 48.
12 Íbidem.
13 Arenal, Humberto: Seis dramaturgos ejemplares. Ediciones UNIÓN, La Habana, 2005, p. 154
14 Arrufat, Antón: Virgilio Piñera: entre él y yo, Ob. cit., p. 18.
15 Valiño, Omar en entrevista con la autora, el 26 de enero de 2009.
16 Sobre la sexualidad. En: Declaración final del Primer Congreso Nacional de Educación y Cultura. En: Revista Casa de las Américas, Año XXI, La Habana, marzo-junio, 1971, pp. 13-14.
17 Estas ideas las presenta Jesús Martín Barbero como único rasgo humano de un sistema de comunicación que reta toda capacidad física y psíquica de seguir el ritmo a la profusa producción de información. Enuncia la recuperación del pasado como representación de la sociedad actual, en la búsqueda de sus residuos como necesidad de una identidad que se diluye en el desarrollo. En: Dislocaciones del tiempo y nuevas topografías de la memoria. Versión digital.
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