
Tributo póstumo a Rufo Caballero
Por: Antonio Enrique González Rojas
No puedo decir que en lo personal comulgara cien por ciento con las posturas, criterios, concepciones y razonamientos del crítico y ensayista cubano Rufo Caballero, sorprendentemente fallecido en estos días iniciales de 2011, pero es imposible desconocer cómo, desde su irrupción en la liza creativa e intelectual criolla, en las postrimerías del siglo XX, y exactamente durante la recién culminada primera década del presente XXI, se dedicó metódicamente, junto a otros compañeros de generación, a remover pedestales perceptuales y conceptuales, demasiado anclados en la palestra cultural de la Isla, por generaciones pretéritas, legitimadas en sus particulares prismas, un tanto monocromos.
Rufo contribuyó a fraccionar dichos prismas en multiplicidad de graduaciones/gradaciones estético-discursivas complejamente interconectadas, cuyas divergencias fueron redimensionadas como elementos complementarios del gran e inaprehensible corpus cultural humano, ya no como potencias antagónicas/excluyentes. Esta suerte de (r)evolución de la crítica artística nacional, coadyuvó al descongelamiento de tales monopolos densificados y homogeneizados, esparcidas sus aguas, derrumbadas las atalayas gnoseológicas.
Por ende, Caballero propugnó en su obrar textual y oral el enfoque ecléctico de los productos, expresiones, dinámicas y fenómenos artísticos, desde criterios emitidos con apasionamiento y parcialidad confesos, pero siempre desde una responsabilidad soportada en sólido acervo cultural y otra más sólida capacidad de plantear ideas, estructurar argumentos realmente proteicos, no exenta su ejecutoria de astucias sofistas e intenciones epatantes; pero que tire la primera piedra, el pensador libre de toda egolatría.
Miembro de una generación intelectual abanderada con la ruptura y la renovación, nacida y criada en plena época posmoderna, pletórica de un inquietante espíritu desacralizador y de múltiples interrogantes, Rufo Caballero buscaba, con sus posiciones, provocar a las audiencias, acto básico de la mayéutica socrática; creo que precisamente buscaba el que nadie comulgara con él 100%, sino fomentar el disenso prolífico, la duda buena, emisora de una luz que desbroza senderos a la inteligencia creativa, nunca acríticamente asimilativa, contemplativa.
Sus libros América clásica, un paisaje con otro sentido (Ediciones Unión, 2000); Rumores del cómplice, cinco maneras de ser crítico de cine (Letras Cubanas, 2000); Sedición en la pasarela. Cómo narra el cine posmoderno (Arte y Literatura, 2001); Un hombre solo y una calle oscura. Los roles de género en el cine negro (Ediciones Unión, 2005), y Cine latinoamericano: Un pez que huye (Fundación Autor, 2005), Lágrimas en la lluvia. Dos décadas de un pensamiento sobre cine (1987-2007) (Ediciones ICAIC-Letras Cubanas, 2008) y numerosos artículos publicados en revistas, representan no pocas (re)vueltas de tuerca a las dinámicas perceptivas, deconstructivas y semióticas del panorama de las artes plásticas y del audiovisual en Cuba , la América Latina y el mundo, siempre signadas por la muy suya voluntad de retar concepciones, lanzar inquietantes miradas tras bastidores, construyendo quintas y sextas columnas desde la autenticidad del criterio; su decidida militancia por validar la crítica, el debate polémico, el pensamiento todo, dentro de los medios de comunicación cubanos, desde emisiones ya añejas de 24 x Segundo, losprimeros intentos de programas sobre el video clip cubano, y los más recientes nichos de La Columna y su “El Caballete de Lucas”; por todo esto, y precisamente por motivar en fueros íntimos como el mío, el inquietante impulso de pensar el arte y pensarnos desde el arte, como sublime expresión de la cultura, tributo estas palabras, expreso una vez más para Rufo Caballero mis convergencias y divergencias, mi necesidad de pensar, ser sincero aunque esto implique el escándalo, parafraseando una sentencia suya, y me conduelo especialmente por la pérdida de este eterno retador. |