
Masculinidad y violencia en los “bonches”
Por: Yonnier Angulo Rodríguez
Los fines de semana suelen ser para los jóvenes de mi localidad un momento esperado para salir a divertirse. Muchas son las maneras de escapar durante estos días de la rutina creada alrededor de la escuela, el trabajo y las familias. Durante el verano la playa se convierte en un destino atractivo y más o menos económico. El malecón habanero, la zona de el Vedado, o diferentes actividades culturales y recreativas, también se unen al conjunto de opciones para “desconectar” del día a día de mis homólogos etarios.
Al unísono, se desarrollan además en varios sitios de la periferia de la ciudad, algunas fiestas denominadas “bonches” (fiestas callejeras), que se planifican con poca antelación; y tienen como epicentro una casa que funciona como emisora de una música que expande su sonido al vecindario. Esta opción de divertirse muchas veces se distancia del objetivo que lo origina, tornándose en un espacio donde los ánimos se caldean y dan lugar a actos violentos.
La violencia se ha convertido en un problema social a nivel global que nos afecta de algún modo a todos. Desde tiempos de antaño, la humanidad ha sido escenario de hechos donde la violencia es la protagonista. Ser violentos no es una condición natural o biológica, sino que su ejercicio es el reflejo de un proceso de construcción sociocultural e histórica.
A los hombres, por ejemplo, se nos enseña a ser violentos desde el primer momento en que comienza la socialización de género. Es un recurso que utilizan los varones para conservar un poder otorgado por el sistema patriarcal como forma de subordinar a las mujeres y a otros hombres.
La violencia de género se puede manifestar de varias maneras. La más conocida y visible es la variante física, pero no la única. También existe la psicológica, económica o sexual, las cuales afectan y dejan secuelas con igual intensidad.
Asimismo, las mujeres son las principales víctimas de la violencia, sin descartar el hecho de que los hombres también sufren sus consecuencias. Se puede mencionar la “tríada de la violencia”, denominada por el teórico Michael Kaufman como la violencia de hombres hacia mujeres, de hombres hacia otros hombres y de hombres contra sí mismos. (Kaufman, 1997)
Los espacios donde se ejerce la violencia comprenden casi todos los ámbitos de nuestras sociedades. La familia, la escuela, instituciones públicas, vecindarios, centros culturales, son algunos de los ejemplos donde esto se manifiesta.
Las fiestas mencionadas anteriormente es un escenario donde se puede observar claramente está triada de la violencia y varias de sus manifestaciones o variantes.
En los “bonches”, un alto porciento de incidencia en hechos violentos es protagonizado por hombres jóvenes, de raza negra, entre 12 y 24 años de edad, con poca solvencia económica. Las razones que desencadenan dichos acontecimientos pueden ser varias; desde un viejo pleito no resuelto hasta la disputa por una “hembra”, casi al estilo de épocas medievales o de películas western de Hollywood, solo que cambia el contexto, la época y el espacio geográfico.
Alrededor de la música (principalmente el reggaetón), es que socializan los “jóvenes guerreros” en las fiestas callejeras o “bonches”, incitados a defender un honor que por nada del mundo puede ser soslayado; en un ambiente altamente competitivo, donde se impone el que más “liga” (conquista chicas), el más respetado –o mejor temido-, o simplemente el que mejor ropa o teléfono móvil posee.
Sus modelos a seguir son a menudo cantantes del reggaetón o hip hop cubano e internacional, que trasmiten en las letras de sus canciones una incitación a la violencia, se representan a las mujeres como símbolos sexuales, así como una marcada homofobia, entre otros valores nada positivos:
“Mira el chamaco como anda, anda sin camisa enseñando el eribanga
Y como está la andina, y como está el ambiente, la caliente pa’ arriba de mí, y yo pa’ arriba de la caliente”
“Tú te sabes mi nombre, a mi no me digas na’
Si se va a formar que se forme”
“Que yo me voy pal’ party, que yo me voy pal’ bonche”
(Letras de canciones de reggaetón cubano)
La música para los jóvenes, al igual que el deporte, se ha convertido en un trasmisor de valores, con una poderosa influencia sobre estos, quienes se ven a menudo identificados o no en las letras y ritmos de las canciones en boga. El reggaetón en Cuba ha ganado un espacio importante dentro del movimiento cultural.
Este género musical tiene como característica general que sus letras expresen los aspectos antes mencionados. Por tanto, es necesario incidir en las personas que se desenvuelven en este medio para revertir esta dinámica. No se trata de erradicar la música, sino cambiar los valores que se trasmiten en las letras. Con ello se podrían disminuir los niveles de violencia en los “bonches”, por poner un ejemplo.
En este ambiente festivo, también el consumo de bebidas alcohólicas, drogas o cigarrillos se lleva a cabo de una forma muy común. Ello ha provocado la aparición de diferentes problemas de salud o enfrentamientos con la justicia, sin mencionar la frecuente posesión y uso de armas blancas como tijeras, navajas, punzones, machetes y hasta armas de fuego.
Todas estas cuestiones tienen una estrecha relación con la construcción social de la masculinidad. El significado que para estos varones tiene “ser y actuar como hombre”, tiene mucho que ver con la concepción hegemónica de la masculinidad, los cuales comienzan a establecer relaciones de poder con mujeres y con otros hombres basadas en jerarquías y exclusiones, caracterizadas por el autoritarismo, la agresividad, heterosexualidad y bravura, siendo parte de los ideales que van aprendiendo socialmente. (CONNELL, 2001)
También es necesario tener en cuenta la interacción que tiene el género con la clase social y raza, y sus implicaciones a la hora de realizar un análisis sobre las masculinidades de los hombres como entes individuales o como grupos sociales.
La familia y la educación juegan un papel fundamental en la construcción de la identidad masculina y valores de estos jóvenes. Muchos de ellos crecen en hogares disfuncionales, donde las dinámicas familiares son agresivas, no existe la figura paterna y en caso de que así fuera, los padres juegan un papel autoritario y opresor.
Sus madres, quienes tienen el peso de las tareas domésticas encima y además deben asumir el rol de proveedoras, apelan al golpe como forma de educar, maltrato verbal y a la no comunicación con sus hijos.
Por otro lado, el entorno comunitario no los favorece. La mayoría de ellos viven en barrios donde la violencia, los escándalos, robos y peleas están a la orden del día. Es por ello, que debemos entender el origen de los actos violentos que se desencadenan en los “bonches”.
Relacionar el hecho que ser hombre es ser violento, que es algo natural, que está en los genes, en los niveles de testosterona u otra explicación de carácter biologicista, sería caer en un enorme error. Las personas no nacen violentas, sino que la sociedad las hace violentas. Se nos enseña desde pequeños a imponernos, a ser violentos.
Si miramos retrospectivamente hacia nuestra niñez, podemos recordar pasajes que pueden ser reinterpretados desde una visión actual. En lo personal, recuerdo que mis padres, como una forma de prepararme para “defenderme” ante la vida, me inscribieron en unas clases de judo.
En esencia, el objetivo era aprender a derribar a mis oponentes, (me refiero a otros niños), pero disfrazado de deporte de combate. También soy de la generación que en la niñez dedicamos horas enteras a los videojuegos.
Muchos de estos videojuegos, además de su función de entretener, contienen un componente elevado de violencia, incitan a la guerra, al combate, a pelear, a matar. Tales son los casos de ejemplares como Contra (algo estilo Rambo), Mortal Kombat y Street Fighters (peleas sangrientas), y juegos más actuales como Counter Strike (soldados de la “libertad” v/s terroristas), con la diferencia de un mejor gráfico y más sensación de realidad.
Esto es solo un ejemplo de cómo desde muy temprano nos instruyen para participar en muchas de las acciones violentas de nuestras vidas. Qué mejor muestra que las guerras, donde la gran mayoría de los protagonistas y a la vez víctimas somos los hombres.
De igual manera, las dinámicas que en este espacio de diversión nocturna se desarrollan (los bonches), con frecuencia derivan en que varios de estos jóvenes terminen en la cárcel. Según estudios realizados en países como Estados Unidos y Australia, indican que entre el 90 y 94 por ciento de las personas que son encarceladas son hombres. Exactamente no tengo las estadísticas de mi país, pero no creo que se alejen demasiado de este porcentaje.
Entrar en el “tanque” (en la prisión) para muchos varones, puede convertirse en algunos casos como algo muy común en sus vidas, de hecho, un número considerable reinciden en cumplir sentencia. Dentro, cualquier cosa puede suceder. Desde abusos sexuales hasta el asesinato de reclusos, sin contar el sufrimiento que estar en presidio significa para sus familiares, y en especial sus madres. El precio que pagan por el aprendizaje de una masculinidad hegemónica, violenta y agresiva tiene un costo demasiado alto para sus vidas.
Soy violento con ella porque le gusta
De vuelta al tema de los “bonches”, muchos de los jóvenes antes mencionados establecen relaciones de poder con las mujeres que acuden a estos eventos. Una forma en que se lleva a cabo es a través de la violencia, ya sea física o psicológica. Es decir, que no sólo ejercen violencia hacia otros varones como forma de imponer su preponderancia masculina, sino que también lo realizan contra las mujeres.
Desde un elevado tono de voz, maneras peculiares de hablar o vociferar, gesticular e incluso bailar, excesivamente masculinas, estos súper “machangones” intentan hacer visible su gran “hombría”, sin atisbos de debilidades ni “blandenguerías”.
“La relación de los jóvenes y de los hombres con la violencia hacia las mujeres tiene múltiples facetas y resulta muy compleja. Independientemente de su complejidad, se trata de una relación que roza a todos los hombres, de forma directa o indirecta: hay demasiados hombres que practican la violencia” (Kaufman, Publicación digital)
En una entrevista realizada a un joven que acude a estas fiestas, dejaba claro que en ocasiones asumía posiciones violentas con su novia porque a ella le gustaba. Si no tenía una mano dura, no lo respetaban ni las mujeres ni los hombres a su alrededor. “Ellas son hijas del maltrato, si eres bueno te pasan por “arriba”, te cogen la baja, lo que anda, solo los malos sobreviven”. Y es precisamente esta una de las maneras en que se justifica la violencia hacia estas mujeres por parte de sus parejas.
“Las mujeres son objetos de agresiones verbales y físicas por parte de los hombres, quienes respaldados por la lógica patriarcal y por la imagen de que son superiores a las primeras, las humillan”. (GONZÁLEZ PAGÉS; RODRÍGUEZ ETCHEVERRY, 2008)
Ya desde un acontecimiento social como los “bonches”, se ve reflejado la conformación de relaciones de género basadas en el poder y la violencia, la relación entre el dominador y la subordinada. Desde edades muy tempranas, estos varones aprenden a utilizar este mecanismo para reafirmar una supremacía sobre las mujeres.
Otro joven entrevistado hacía alusión a que su novia no podía ir a las fiestas a no ser con su compañía, dando a entender que ella le pertenecía. “Si yo no voy, ella tampoco, hacer lo contrario sería faltarme el respeto, y ello tendría sus consecuencias”. Sabemos lo que podría suceder en este caso. Cualquier agresión sería realizada, desde física, verbal o psicológica, sin que nadie lo detenga.
Pero la violencia de género no se desata de forma repentina, sino que atraviesa por un proceso inicial denominado “ciclo de la violencia”. La primera fase es conocida como “acumulación de tensiones”, la cual se caracteriza por el desarrollo de un conjunto de acciones que contienen agresiones verbales, control excesivo, que aparentemente no afectan por no dejar huellas tangibles en la víctima.
La segunda fase se denomina “episodio agudo o concreción de la violencia”, donde estallan todas las tensiones y se agudiza la violencia en una o todas sus facetas, derivando en maltratos físicos, homicidios o suicidios.
La tercera es llamada “luna de miel”, donde el hombre se arrepiente de lo sucedido, le pide perdón a la mujer, esta cede con las promesas de nunca retornar al abuso, y todo en apariencia vuelve a ser normal y apacible, hasta que el ciclo llega nuevamente a la primera fase, desencadenándose un proceso cíclico cada vez más corto en periodo de tiempo.
La violencia, al estar naturalizada, se percibe en la sociedad como algo normal. Muchas veces hechos violentos pasan inadvertidos ante nuestros ojos, y sin darnos cuenta, con nuestro silencio nos convertimos en cómplices de la violencia. En cuantas ocasiones hemos sido testigos de golpizas propinadas por hombres a sus parejas, y sin embargo, la forma de no entrometerse ni hacer justicia es decir que “entre marido y mujer nadie se puede meter”.
Desmontar la estructura de género que lacera tanto a los hombres como a las mujeres desde la educación y la cultura, según el investigador Julio César González Pagés, es una tarea difícil pero no imposible.
Los varones jóvenes desde las escuelas, los hogares, vecindarios, espacios de socialización, pueden aprender otras formas de ser hombres e interactuar con las mujeres y hombres, sin necesidad de ejercer ningún poder sobre los otros (as), y menos hacer uso de la violencia.
Promover una cultura de paz es algo necesario en un mundo tan marcado las guerras, conflictos y amenazas de todo tipo. Si los jóvenes son la apuesta al futuro, apostémosles todo a ellos con una educación basada en la paz y la igualdad.
Bibliografía
CONNELL, R. W. On Men and Violence. Written for the United Nations INSTRAW Virtual Seminar Series on Men’s Roles and Responsibilities in Ending Gender-based Violence, 2001.
GONZÁLEZ PAGÉS, Julio Cesar; RODRÍGUEZ, Carlos Ernesto. Si le pegó fue por algo. Estereotipos de violencia masculina. Red Iberoamericana de Masculinidades, jun. 2008. Disponible en: <http://www.redmasculinidades.com>. Acceso en: 26/6/2010.
KAUFFMAN, Michel. Los hombres, el feminismo y las experiencias contradictorias del poder entre los hombres. En: VALDÉZ, Teresa; OLAVARRÍA, José (Comps.) Masculinidad(es) Poder y crisis, Ediciones de las Mujeres. Santiago: Isis Internacional/FLACSO, 1997. p. 62-73.
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