
Los miserables o de Las miserias. Esbozo de un análisis histórico
Por: David Domínguez Cabrera
Cualquier intento de embadurnar la blancura de una hoja de papel con palabras me remite necesariamente al por qué de ensayar una cavilación. Pero no creo que sea este el modo idóneo de iniciar un texto, ni siquiera cuando se trate de encontrar en los resquicios de una obra tan dilatada como Los miserables o Las miserias (como primero quiso titularla Víctor Hugo) al entramado confuso de la sociedad francesa. A pesar de esto esbozaré algunas impresiones históricas sobre Los miserables:
1. Luego de 1789, fecha fatídica para la monarquía de la flor de lis (nunca se recuperó de la Bastilla y de lo que ella representaba en lo simbólico) se dio entrada al decimonónico burgués y con él, a la implantación/imposición del modo de producción que traía como proyecto de clase, siendo el siglo de la mundialización del capital a través del proceso de la industrialización, el desarrollo del pensamiento liberal y cual estocada final, la colonización de los territorios vírgenes del orbe.
2. La Francia de Los miserables fue surcada por la guillotina de la Convención, que rodó las cabezas de sus reyes taumaturgos, para después aceptar al advenedizo Corso y a su sueño imperial, cuyo último quejido no encontró eco ni siquiera en Saint Jean. La demolición de la monarquía advierte de manera significativa la transposición de la soberanía del rey, potestad apropiada por la Gracia de Dios, hacia y por derecho legítimo, según Siéyes al Tercer Estado. Mas este hecho revolucionario no fue de por sí definitivo pues cuando Bonaparte da muerte a la República, no el 18 Brumario de 1799, sino en 1804, necesitó la santidad del pontífice para ser ungido, malabares burgueses para legitimarse ante una Europa de derecho divino, incluso debió enlazarse con la archiduquesa austriaca, cuya membresía en los Habsburgo, ofrecía la aureola de antigüedad que necesitaba la corona recién estrenada. En 1830 cuando las barricadas dan pie a la entronización de Luis Felipe de Orleáns, este recordará haber portado la escarapela tricolor de 1789. Rejuego de fechas que ansían la legitimación: si bien él en representación de la clase burguesa o de una fracción de ella, así como los abdicados ante un derecho perdido y que los despoja del poder.
3. Luego de 1815, los vencedores (Inglaterra, Prusia, Austria, etc.) impusieron sus condiciones onerosas tras la farsa de los Cien Días. Un espíritu de tornar al pasado francés, de religiosidad regenerada y de esperanza en un rey del exilio, inundó a algunos escritores como Chateaubriand y Víctor Hugo. El romanticismo nació como reacción ante la racionalidad ilustrada, y si en un primer momento aplaude el retorno del monarca, tenderá sus esfuerzos hacia la liberación de Grecia, a la cristalización de un sentimiento nacional (Italia, Alemania, Polonia, etc.) y estará presente en los sucesos de Julio (1830) y en la revolución de Febrero (1848). La gran corriente del siglo, el liberalismo, siendo esta la centuria de la burguesía (incluso Marx lo reconoce en el Manifiesto Comunista) transita de la mano con los románticos en su leitmotiv, ambos ansían la libertad de individuo, abstracción que el díscolo de Tréveris hará volar en pedazos.
4. Estas tres tesis, el siglo burgués con la solidificación del capitalismo como modo de producción, la transposición de la soberanía monarca-nación y/o pueblo, y la lucha por la legitimación de este acto subversivo, y la ideología romántica-liberal cual vaso comunicante, me permitirá discurrir sobre la obra de Hugo.
5. Quizás lo más evidente sobre el proceso de industrialización de la economía francesa y de sus potencialidades lo podemos hallar en los abalorios negros del señor Madeleine que le permite depositar en la casa Laffitte más de medio millón de francos, dos hechos significativos: la fortuna fue lograda a través de la sustitución de la goma de laca por la resina, y en los brazaletes, los coladeros de chapa unida por los de chapa soldada, reduciendo el precio de las materias primas, y abaratando el producto final, se lograron ventas fabulosas; este suceso multiplíquenlo por 10 o 100 o 1000 en otras ramas de la industria, y se verá el rostro del mundo del capital, y si todos “los afortunados” tienen la inteligencia del señor Madeleine, y guardar sus “ahorros” en casas como la de Laffitte, imagínense el descomunal numerario que poseerán, y de los hilos de poder que moverían, no sin razón, en 1830 los que alzan y coronan a Luis Felipe, son estos señores de la Banca.
6. La antípoda Javert/Thenardier cierra el círculo sobre el orden lozanamente constituido, ambos representan una misma actitud social, lo que en márgenes distintas de la ley. Cuando “la Gracia de Dios” no basta a los súbditos para aceptar la potestad soberana en la figura regia, y de hecho la coartan al subordinarla a la Nación o al Pueblo, ambos entes abstractos y de fácil apropiación (en este caso por la burguesía), surge entonces como poder mediador y sostenedor de la clase la ley, inmaculada, donde reside toda la autoridad depuesta, falacia impersonalizada que defiende Javert y perturba Thenardier/Jondrette. El primero es algo más que su ejecutante ciego, deudor de la misma (su poder reside precisamente en ella) es también recluso de sus testaferros, por eso su final, la muerte en uno de los vórtices del Sena es la aceptación de su burla a la ley, despreciando todo lo que la constituye, incluso a él mismo, tanta desgarradura no puede contenerse en un alma romántica. El segundo es un infractor constante de la moralidad imperante a quién Víctor Hugo carga con el pesado fardo de la perversidad insoluble, como contrapartida del personaje central, Jean Valjean. Es un defensor rabioso del derecho a su praxis de hurto, porque los ricos dadivosos no son más que unos hipócritas cuyas conciencias interrumpen su modorra. Tal es lo irreversible de su situación que termina como negrero. Ambos deambulan en el orden burgués, uno plegándose y el otro reptando: son resultantes de un sistema que busca sus perros guardianes (Javert) y a la escoria de la cual protegerse (Jondrette), los dos actúan para el mismo director de teatro, aún sin saberlo.
7. La calle Saint-Denis es el espacio donde los levantiscos deslegitiman al régimen bancario de Luis Felipe, pintoresco intento de revolucionar, al cual Víctor Hugo encuentra raíces en los alaridos del faubourg Saint-Antoine en el 89 o en el 93, otra manera sutil revestir con dignidad al amotinamiento. Lo sublime de la barricada no es la disposición de morir que comparten los camaradas de Marius, sino la incertidumbre de no vivir la victoria, difusa línea que solo Marius sufre conscientemente. La ley vejada por los fusiles de hombres que socializan el hambre y la miseria de la muerte no tardará en reprimir e instaurar su ¿total dominio?
8. Jean Valjean no posee una corporeidad, no por el accidente de ser ficticio, es simplemente una transfiguración romántica y quijotesca de la esperanza en un sentido de progreso de la humanidad, muy en boga en el XIX, y de la cual Hugo no pudo escabullirse. Jean atraviesa las nominaciones intrínsecas de su contemporaneidad: J. Valjean, No. 24601, Sr. Madeleine, No. 9430, U. Fauchelevent, en esta sucesión se observa el ascenso y la caída del hombre en búsqueda eterna hacia el bien. De libre a cautivo, de forzado a la redención del obispo Myriel (extensión de la mano de Dios), de salvado a burgués, de alcalde a recluso, de galeote a Guardia Nacional. ¡Soberbia evolución! Quién sino él puede llevar cual un Atlante moderno la enhiesta gradación de que es objeto, amalgama del hombre de empresa, propietario de una moralidad cristiana, egoísta y de febriles remordimientos, hacedor de un deber-ser alienado de sus circunstancias, en resumen, ahistórico. |