
La crítica precoz o el estreno de otras voces
Por: Rubens Riol Hernández
Primeramente, debo señalar que mi definición de «crítica joven» estará determinada por mi corta experiencia y relación con la Historia del Arte en tanto profesor, investigador y crítico; aunque habría preferido un círculo menos estrecho que comprendiera «la cultura» de manera general, pero esa es una competencia en la que apenas doy los primeros pasos, de modo que no puedo valorar todavía su estado en la actualidad. Dicho esto, entiendo como «crítica joven», el ejercicio sistemático del criterio por parte de un grupo reducido de jóvenes, que podríamos llamar «geniecillos» o «pequeña élite» (dígase: estudiantes universitarios, recién graduados de carreras humanísticas o de ciencias sociales como Filología, Historia del Arte, Periodismo, Comunicación Social, Filosofía, Historia, u otras especialidades dentro de la enseñanza artística como la Dramaturgia y la Teatrología) que haciendo gala de un riguroso aprendizaje académico, una vocación fatal por la escritura o un talento a prueba de balas, deciden lanzarse al mundo editorial con el ánimo de socializar sus opiniones.
Todos sabemos, desde luego, que resucitar el discurso crítico sin quebrar la tradición de un género literario cultivado históricamente por brillantes defensores en nuestro país es una ardua y riesgosa labor que no todos vencen con éxito. De ahí que se tienda a confundir esta crítica joven con gestos irreverentes, inmaduros, vulgares, cínicos y especialmente polémicos. Personalmente, considero que nuestros puntos de vista no debieran desestimarse caprichosamente, siempre que se trate de provocaciones honestas, consistentes, profundas y reveladoras, ya que esta podría ser otra manera de enriquecer los debates sobre el arte y la cultura en nuestro país. Al menos aquí en La Habana sobran espacios -me refiero a las publicaciones de perfil artístico-literario como: Upsalón, Extramuros, Dédalo, La Gaceta de Cuba, Revolución y Cultura, La Siempreviva, Noticias de Arte Cubano, Arte por Excelencias, Cine Cubano, etc. donde pueden colaborar los jóvenes, y como en efecto lo hace a duras penas esa pequeña élite a la que me refería al inicio, solo que por lo general, esos mismos espacios están reservados para autores legitimados, lo cual significa, naturalmente, una garantía de prestigio y calidad para las revistas en cuestión. Bajo dicha política, he notado que los textos de las conocidas -y no sé si mal llamadas- «vacas sagradas» hacen zafra, dejando un delgado margen para nuestras «desasosegadas» conjeturas.
Aunque es válido aclarar que no todas las editoriales son extremistas, conservadoras y antidemocráticas, debemos reconocer que en los circuitos de poder, desde donde se negocia el acceso de los más jóvenes, perviven juicios ortodoxos que se resisten a valorar poéticas arriesgadas o especulativas, al tiempo que se subestima el talento joven. Un ejemplo de ello, es la tendencia reciente de algunos jurados de concursos, que deciden -quizás por un recelo generacional, al tratarse de rigores, formaciones, intereses o coyunturas diferentes- declarar los premios desiertos en sus distintas categorías, alegando que ningún trabajo reúne las condiciones suficientes (pareciera temor o prejuicio). En este sentido recuerdo una confesión que me hiciera Rufo Caballero en un correo electrónico hace ya algún tiempo, donde escribía: No sabes la enorme tranquilidad que me da leer la sabiduría y la destreza de la gente que viene detrás, con un empuje que mete placer en lugar de miedo. Obviamente se refería a la pertinencia del relevo, a esas voces que hoy se atreven y hay que darles paso porque seguramente -y sin paternalismo alguno- serán los autores consagrados de mañana.
Ante esta negativa, es que algunos críticos jóvenes acuden a otras variantes; digamos, alternativas como los blog en Internet, tertulias o espacios de debate muy personales y organizaciones como la Asociación Hermanos Saíz, etc. entornos que facilitan la movilización del criterio y la mengua de la censura entre otras cosas; pues dentro de la oficialidad no se puede hacer contracultura. Por mucho que se sepa que la crítica también edifica, se le tiene como un arma enemiga y se equivocan. Ese es otro síntoma de la «paranoia cederista», espero que esta vez mi texto no cause rubor y se publique. A fin de cuentas, hacen falta reclamos como este, aunque para cambiar las cosas sea necesario ponerlas de cabeza. La crítica, no por precoz, tiene necesariamente que ser deficiente, irrespetuosa, irracional o excesiva. Pensemos, por el bien de nuestra cultura, que la nueva crítica a menudo oxigena y fortalece. ¡Salud! |