
¿Existe una crítica joven?
Por: Yusleidy Pérez Sánchez
Cualquier acercamiento a la dimensión cultural, social y política de nuestra realidad tiene que partir de considerar un hecho irrefutable, y es precisamente esa enorme responsabilidad la que debemos asumir cuando se nos convoca a una reflexión crítica que ayude a vencer desaciertos y obstáculos; así como a provocar un debate colectivo que sume nuevas ideas, perspectivas e interrogantes. De todo lo anterior, estamos seguros que muchas preguntas se quedarán, al menos por ahora, sin respuestas. En el mejor de los casos, las respuestas generarán nuevas inquietudes, pero pensamos que vale la pena…
Fomentar un debate honesto y comprometido se evidencia, cada vez más, como una condición necesaria. No ignoramos, sin embargo, la inmadurez que trae consigo la generación a la que pertenecemos, pero eso no nos inspira, en última instancia, temor, sino más bien una idea fija de esforzarnos para ser escuchados, leídos por la inmensa mayoría o, al menos, por aquellos que todavía confían en que los sueños se pueden hacer realidad.
Ciertamente, estas inquietudes se manifiestan con mayor fuerza en las nuevas generaciones. Pienso sobre todo en aquellos que nacimos en los años 80 y los 90, esas décadas que nos dejaron preocupaciones que subyacen en el espíritu del análisis que proponemos. Cómo convencer, qué métodos usar para hacer creíbles nuestras posiciones. La respuesta, aunque parezca compleja, no es sin embargo imposible. En primer lugar -y esto se refiere a ciertas actitudes en el contexto generacional en cuestión-las desventajas que padecemos, como la falta en muchos casos de tecnología y de recursos de diversa índole, no justifican la falta de creatividad y talento. En mi opinión, del mismo espacio generacional, aunque en un orden diferente, emana la no concreción de un objetivo común, o al menos la dispersión de experiencias individuales y, por tanto, inconexas y poco coherentes que de algún modo reflejan la complejidad de la evolución social cubana de las últimas décadas.
La superación de este estado exigiría lograr espacios de articulación de las diversas percepciones en los que se alcance la coherencia necesaria para una expresión que pretende ser generacional y crítica. Las posibilidades son múltiples. Las instituciones, tanto artísticas como intelectuales, deben conjugar esfuerzos para facilitar la divulgación de nuestra obra. La Asociación Hermanos Saíz constituye, en este sentido, un valioso esfuerzo por llevar a la práctica nuestras aspiraciones y conjugarlas con las de aquellos que hasta el momento no veían posibilidad alguna de formar parte de un espacio que aglutinara a jóvenes de diversos campos como alternativa de realización personal a través de la diversidad de enfoques y criterios, a la vez que se convierte en una forma de participación que tiende a ser coherente.
Todo lo anterior se relaciona estrechamente con el problema del ejercicio de la crítica. En el área que nos ocupa nuestras posibilidades de ser reconocidos comienzan cuando podemos publicar algunos de nuestros trabajos. Ahora bien, qué debemos escribir, cómo hacerlo para no traicionar la verdad, hasta dónde llegar. Este, quizás, se ha convertido en el mayor temor de nuestra generación. Aun más si dentro de ella existen jóvenes, como nosotros, que conocemos el impacto de ciertas coyunturas de nuestra historia, como aquella etapa que Ambrosio Fornet concibió como un tiempo extenso de triste memoria, (…) una concepción retorcida del mundo, construida sobre la intolerancia, la exclusión y el rechazo a lo nuevo y diferente. Me refiero al también denominado Quinquenio Gris, período en el cual los efectos de la política cultural rígida e impositiva dañaron el pensamiento, la literatura, el teatro y otras manifestaciones intelectuales y artísticas durante la década del 70, con un impacto impresionante sobre el ejercicio de la crítica en todos los ámbitos.
Impresionante, porque el problema de las inercias constituye un factor muy negativo en la función de la crítica social. Si no se es capaz de comprender la complejidad de las interacciones sociales e institucionales y superar dogmatismos conceptuales en una propuesta de reestructuración resueltamente comprometida con la realidad social y política, estamos por muy mal camino. Todo ello demanda preservar la diversidad y la pluralidad, así como dar una participación activa y consciente a los jóvenes en la identificación y solución de sus propios problemas. Llevar a cabo una crítica verdaderamente constructiva es acaso la única respuesta legítima, lo que incluye combatir aquello que resulte simplista, cualquiera sea la lectura que cada cual haga de este término.
Ahora bien, ¿existe una crítica joven? A riesgo de despertar polémicas, este planteamiento de la cuestión provoca lecturas ambiguas. ¿Joven porque la realizan las jóvenes generaciones, o jóvenes por lecturas nuevas, por nuevas problemáticas, por nuevas perspectivas, o por abordar viejos problemas que nunca se resolvieron? En última instancia, resulta más frecuente de lo que deseáramos la reproducción, por jóvenes, de lecturas e interpretaciones que simplemente reciclan posturas añejas.
El ensayo parece ser un género privilegiado entre los jóvenes creadores - entendiendo por esto a la más diversa práctica profesional-, por su naturaleza polémica y su planteamiento interminable de preguntas inquietantes. En nuestra profesión de historiador, sin embargo, ser ensayista no significa dejar de ser un investigador de formación. La crítica, el ensayo y el pensamiento sobre determinados temas, necesitan afincarse, hallar líneas, dar coherencia, crear discursos, entender fenómenos y sistematizarlos como un todo. Y para hacerlo con eficiencia se necesita de riesgos, de ir siempre un poco más allá, de renovar los problemas, pero no necesariamente prescindir de lo que a veces peyorativamente –reconozcámoslo- denominamos “academia”. Sobre todo porque mucho de lo que hoy es el canon de la academia no lo fue, o fue de algún modo herético en su origen.
Un problema de otro tipo es el de la socialización del conocimiento producido. Es aquí, en las condiciones actuales, donde puede radicar el mayor peso de las nuevas tecnologías de la información. Internet, los blogs, las redes sociales, parecen llamadas hoy a constituir un medio insustituible en la legitimación de los nuevos puntos de vista a través de los consensos posibles en la inmensa diversidad que presentan.
En resumen, en el escenario de la reflexión sobre la cultura, como experiencia deconstructiva y erigidora al mismo tiempo, quizás el argumento de mayor peso es la condición de compromiso absoluto del ser social. Una idea que parte de la problemática marxista, en la medida en que reproduce el tópico del condicionamiento social e histórico del arte y la literatura, y que Sartre hace valer como fundamento de la toma de conciencia ulterior, que convierte al escritor en hombre de su tiempo. Estar inevitablemente comprometido significa definir la dirección del pensamiento según los modos de existencia. Ser consecuente con ese compromiso es actuar responsablemente a favor del ideal emancipatorio, sin posibilidad de abstenerse en la elección de ser o no ser libre. Es el absoluto moral del hombre socializado, el hombre totalmente comprometido y totalmente libre, de Sartre. En cierto sentido, es el mismo hombre que pensó el Che, libre de elegir su camino en la conciencia de un compromiso social ineludible. Pero cómo saber si llegamos, si no sabemos a dónde queremos llegar. |