 Crítica de la crítica: banalidad, prejuicios y ceguera
(Una reflexión desde las Ciencias Sociales)
Por: Jorge G. Arocha
“¿Dónde encontrar en este cielo sin nubes el trueno
Cuyo estampido raje, de arriba a abajo, el tímpano
de los durmientes?”
Virgilio Piñera, “La isla en peso”
Si de crítica y juventud se trata, el panorama es más o menos contradictorio. No por la inexistencia de una crítica joven en Cuba, sino por la ambigüedad que esconden esas nociones tan necesarias para toda sociedad. De un lado, está el ciudadano que no se asume en su rol crítico, el estudiante complaciente, la cultura simplificada a su función burocrática, la excesiva institucionalización, el paternalismo; del otro, algo indefinido todavía, que se constituye casi en ideal, una noción de crítica y cambio que nos impulsa de manera mística e inexplicable. La misma que se realiza medianamente en los llevados y traídos espacios de debates, las polémicas, paneles de discusión, talleres o mesas redondas.
Si evaluamos la crítica desde la juventud, chocamos con otra paradoja un poco más interesante. En los últimos años ya viene siendo recurrente el calificativo de joven, o ideas parecidas, para distintas manifestaciones de la cultura cubana; desde la Muestra de Cine de Jóvenes Realizadores hasta la novísima trova, pasando por la tan socorrida expresión: «las nuevas generaciones». Lo paradójico es, que este proceso de recreación de «lo joven» va aparejado de otro fenómeno menos feliz: su desvaloración; ya sea porque «la juventud está perdida» o por el paternalismo que recae sobre nosotros, provocando una complacencia peligrosa. En un sentido o en otro, en su connotación positiva o negativa, lo cierto es que la juventud se está convirtiendo en un espacio de significaciones diferente; y lo que salta a la vista del contemporáneo es precisamente ese reclamo y ese pequeño espacio que lo joven está fundado en la sociedad civil cubana.
No obstante, la verdadera trampa está en la definición biológica. Los reclamos de espacios juveniles, novísimos o renovados, se constituyen en relatos que ocultan, tergiversan o incluso manipulan sus verdaderas intenciones: los deseos y ansias del sujeto cotidiano cubano de abrir zonas donde pueda demostrar su valía como ciudadano; más allá de si se es joven o no. Por tanto, el verdadero problema no es analizar hasta dónde hay o no crítica joven en Cuba; tampoco sobre su relación inmediata con las artes y la cultura, sino en evaluar las condiciones que posibilitan o no la función crítica en nuestro entorno.
En este sentido, ensayar la crítica desde las Ciencias Sociales y sobre la sociedad misma, no es una tarea ociosa. Cuando se habla de ella se piensa inicialmente en la especializada, específicamente aquella que se hace en el espacio de las artes, cualquiera de sus variantes. Pero aquella demanda como objeto, no solo al arte, sino a la sociedad en su conjunto, que la propicia o la obstaculiza. Si partimos de esto, podemos hablar entonces no de críticas por espacios teóricos y culturales, sino de una Crítica como función del pensamiento que puede ser llevada a distintas áreas del pensar y el hacer, como la función esencial de toda ciudadanía.
La pregunta, entonces, no es si hay o no crítica joven en Cuba, sino por qué tenemos la percepción aun de que es estéril. Por qué sentimos aun la necesidad de legitimar a ultranzas una supuesta forma joven en el cine, en el teatro, o en la música; por qué nos demarcamos respecto al pasado, apresurándonos a fundar tierras desconocidas pero consideradas satisfactorias. ¿Cuál es la hipocresía que nos impele a construir algo que objetivamente tenemos, o a ocultar la necesidad real que tenemos? La trampa está justamente ahí, en que evidentemente lo que tenemos, aun siendo joven y siendo crítica, no participa del todo de la juventud y del papel crítico que debe desempeñar un ciudadano.
Así pues, la dicotomía intergeneracional se inscribe en una serie de contradicciones más profundas, donde las imposiciones del discurso institucional se articulan obviando determinadas gradaciones y diferencias de protagonismo; a la vez que termina estableciendo una tabla de valores que segmenta nuestras vidas y nuestra realidad. Somos hombres y mujeres que vivimos detenidos entre el pasado y el futuro, entre un adentro y un afuera, entre el protagonismo de la institución y los subterfugios de una sociedad civil aparentemente diferente, entre un arte abstraído de lo social –no abstracto- y uno simplificado y popular, entre las leyes que no dicen nada y nuestras acciones ilegales. Tomando en cuenta esto, la fundación de un pensamiento crítico es algo que atañe a la sociedad en su conjunto, a sus normas y a sus contradicciones.
No podemos conformarnos con un espacio de complacencias y deleites en el que unos dicen lo que otros quieren escuchar, en donde los prejuicios determinan la finalidad de la crítica, o donde falsas representaciones terminan por sustituir a los procesos y fenómenos verdaderamente importantes. En este sentido podríamos decir que tres de los grandes enemigos de la Crítica en Cuba, ya sea desde la juventud o no, son precisamente la banalidad, los prejuicios y la ceguera casi sustancial que influye en nuestro desempeño como ciudadanos críticos. Y en otro sentido, la gran ausencia o tarea pendiente de nuestra crítica joven, la reflexión sobre un proyecto o ideal. Con lo cual, llegamos al extraño caso de que la crítica debe participar de una doble condición, por un lado, satisfacer sus ansias de libertad, pero por el otro, establecer un compromiso con la sociedad a la que impugna.
En este sentido, el primer objetivo de la Modernidad occidental, su primer punto de apoyo, fue la crítica a los prejuicios heredados de la Escolástica, por lo cual se pudieron levantar los pilares de un pensamiento incómodo con la realidad. Así, poco a poco se funda un pensamiento que de Descartes a Kant va reclutando argumentos no solo para el sentido negativo de la crítica sino también para el positivo, la construcción de un nuevo modelo social. Desde esos momentos ese tipo de reflexión se convierte tanto en demoledora de prejuicios y nociones falsamente asentadas en la subjetividad humana, como en posibilidad de construir discursos coherentes con el todo social.
Todavía más interesante resultan las concepciones que de la modernidad y el pensamiento clásico alemán extrajo la teoría marxista, tan cara a nuestro entorno. Por un lado los análisis magistrales que sobre la enajenación realiza el propio Marx en un pequeño texto como Trabajo enajenado y por el otro, en su obra cumbre El Capital cuando reflexiona sobre el carácter fetichista de la mercancía.
Si ampliamos los juicios de Marx a la actualidad, resultan de una importancia medular. Por un lado el carácter negativo y enajenado que puede llegar a adquirir hasta la propia sociedad para el hombre; y bajo su análisis del fetichismo de la mercancía, la inversión a la que pueden estar sujetas las relaciones sociales debido al carácter mercantil de las mismas. Relaciones en las que los hombres se asumen como cosas y el objeto mercancía se convierte en sujeto activo.
Ese es, en esencia, el fundamento de una sociedad de hombres aislados, basada en la estricta individualidad, en la que la opinión ocupa el lugar del análisis, una realidad que no puede ser impugnada en su misma base, donde los hombres prefieren tomarse como cosas. O sea, como máquinas que expresan lo que algo más grande que ellos domina, que da paso a la burocracia, a la banalidad cultural y la insuficiencia de sus instituciones para crear un ciudadano activo.
Bajo tales condiciones, en su realidad cotidiana, el sujeto descubre que ante él aparecen o se revelan especies de nociones que se explican desde los presupuestos del fetichismo. En una realidad que solo tiene un sentido inmediato desde la carencia económica, de la falta de activismo político, en la que las relaciones solo se alcanzan para satisfacer necesidades inmediatas, los valores e ideales alcanzan una importancia sin igual. De hecho corren el riesgo de convertirse en prejuicios necesarios no solo en su sentido restrictivo sino también positivo. O sea, no solo para limitar la actividad de los sujetos, sino también para otorgarle sentido a sus vidas, aunque este pueda ser precario.
Este hecho, paradójicamente, no ha escapado al contemporáneo en nuestro país. Nos hemos acostumbrados como sociedad a depender del sentido que tienen ciertos y determinados valores absolutos o ideas abstractas. La Historia, La Política, La Moral. Así como el líder, el traidor, la unidad, o la heroicidad. Además, desde nuestras circunstancias y como individualidades le damos contenido a cada uno de ellos, en un doble juego en el que le otorgamos la responsabilidad de todo cambio y nosotros solo asumimos un sentido precario y conveniente bajo ciertas circunstancias oportunas.
La gran pregunta que serviría como hipótesis para posteriores análisis es saber cómo es posible que en una sociedad que le ha dado la espalda a las relaciones de producción mercantiles y que ha realzado el papel del hombre en la historia ha podido crear estructuras y relaciones sociales fetichistas y enajenantes. Hipótesis que desgraciadamente excede las intenciones de este trabajo.
Ceguera crítica es, entonces, la incapacidad de nuestra sociedad para ver el conjunto de relaciones que otorga sentido a los fenómenos de la realidad, ceguera que toma los fenómenos en sí mismos como verdaderos y descubre en ellos el fundamento de su verdad. Una verdad absoluta e incuestionable. Tal ceguera, sin embargo, es la que alimenta la presencia de discursos políticos, económicos, estéticos o sociales basados en prejuicios. Es sumirse en un hiato que, en primer lugar, ve una realidad inconexa, de escasez económica, de simplificación cultural bajo formas turísticas o burocráticas, con falta de representatividad de sus instituciones, falta de expectativas individuales, ausencia de un proyecto en sociedad, egoísmo, espera o la llamada «crisis de valores».
Vivimos entre el pasado glorioso y un futuro incierto, entre un adentro legítimo y un afuera azaroso, entre la necesidad de representatividad como ciudadanos y el abandono de las estructuras institucionales que se encargan de ella. Por lo cual el hombre en su cotidianidad toma como ejemplo la construcción de un mundo ideal, casi virtual, no porque las ideas, nociones o prejuicios sean perniciosas en sí mismas, sino por el carácter que adquieren en una sociedad tal; estas adquieren coherencia y sentido desde sí mismas, son absolutas e inamovibles, son de hecho, las que regulan el sentido y la realidad de las creaciones y recreaciones del hombre en su vida diaria. Ya que la realidad o sus cambios pierden sentido, los ideales adquieren por ellos mismos el papel protagónico.
El otro problema es que tales ideales no son los clásicos ideales de libertad, democracia, Razón, lo bueno o lo malo. O sea, no son los típicos ideales de racionalidad que gobernaban el mundo Moral del hombre de hace un siglo atrás. En cierta medida podría decirse que ha ocurrido una inversión bastante interesante; del ideal de vida racional que dominó el mundo hasta hace un siglo, basado en una moral con un sentido evolutivo, hemos construido una cierta realidad virtual.
Quiere esto decir que la vida en sí misma es virtual, preñada de representaciones simbólicas que tienen su valor, aparentemente, en sí mismas, y además imitando la realidad, su funcionamiento, y con la capacidad de mostrarnos lo posible como necesario. Redes inconexas, aparentemente rápidas, basadas en los ejemplos y modelos que se construyen desde los grupos humanos, su consumo cultural y simbólico.
Lo paradójico en este proceso es que si pactamos con nuestra hipótesis, la banalidad no sería meramente la manera en que los individuos, dígase nuestra ciudadanía, precariamente constituida, asume las producciones culturales y sociales. Sino también sería una construcción desde la esfera política. Aquí debemos hacer una salvedad, y es precisamente que la esfera política, como ya avizoraba Gramsci, no está deslindada de la esfera civil, de hecho no tiene sentido plantearse tal problemática, ya que allí donde hay un político o un funcionario también hay un ciudadano que vive, piensa y siente las mismas representaciones que cualquier ciudadano percibe y reproduce; la diferencia viene dada por grados de actividad y función dentro del todo social. Por eso los nexos entre la crítica superficial y banal que se da en la esfera civil están íntimamente relacionados con la alta política. Al igual que la difusión o reproducción de un tipo de arte, responde a relaciones con el poder y la política.
De ahí que me parezca importante no solo discutir sobre qué tipo de arte hacemos o que crítica la enriquece o la perjudica, sino además por qué es funcional para nuestro sistema social. En otras palabras, si escuchamos reggaetón, si preferimos los videojuegos, si las salas de cine ya no son tan visitadas –salvo en contadas excepciones- si la funcionalidad del teatro ha quedado reducida a espectáculos humorísticos, todo esto y más, no responde solo a la mala o buena educación cultural de la ciudadanía o a elecciones que hacen los individuos, sino también al incentivo velado que encuentran tales manifestaciones desde la esfera política.
Por tanto la banalidad no cae del cielo, es un producto de nuestra elección y de una función burocrática de la cultura que ha ido ocupando espacios en los últimos años en nuestra Isla. De un lado, es cierto, está nuestra elección, la aun insatisfactoria crítica joven, pero del otro pervive agazapado el paternalismo, el desconocimiento y la sujeción a normas burocráticas en temas culturales que parten en primera instancia de esa esfera institucional.
Lo cierto es que la construcción de una otra isla, crítica y joven, basada en los ideales de libertad y compromiso social no es imposible. Para ello la sociedad debe virarse sobre sí misma y encontrar sus propios defectos y vacíos, definirse como autocrítica y enrumbar sus ideales no hacia una mera virtualidad como imitación precaria de lo real, sino como un simple momento suyo. Educando desde un arte crítico, con un lenguaje preciso, cercano a las problemáticas comunes si bien no debe hacer dejación tampoco de su abstracción. Enseñando a ser ciudadano, defendiendo nuestros deberes y derechos. En fin, destronando cualquier pretensión de universalidad y necesidad absoluta, para poder crear una isla ética, incluso, a riesgo de que lo joven se equivoque. |