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Viene el lobo
COMENTARIO

Por: Alcides Pereda

El crítico Juan Antonio García Borrero ha dicho que Jorge Molina, el director de Ferozz estará condenado, por los siglos de los siglos a figurar como el gran outsider del cine cubano al uso.

El propio García Borrero reconoce en las películas de Molina una, o mejor, otra pretensión. El realizador incursiona en el ser interior, y se adelanta en agradecer la valentía de su autor, una valentía cada vez más inusual, según Borrero, en una época donde las dictaduras del “buen gusto” están anulando la imaginación audiovisual.

Mientras me estrenaba con Ferozz, pensé en Inception de Christopher Noland y The Rabbit Hole de John Cameron Mitchell, películas que nos recuerdan que aún existen cineastas con  imaginación audiovisual y espectadores ni tan ingenuos, ni filmes tan feroces como pretende serlo Ferozz.

Recuérdense las adaptaciones de de Chamaco y El Premio Flaco, las de Casa Vieja, Lisanka y Afinidades.

Dentro de esta urgencia por acceder a historias probadas se inscribe Ferozz, película de Jorge Molina, escrita con la colaboración de Alaín Jiménez, y presentada al público en la pasada edición de Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano, la cual parte del clásico Caperucita Roja de Charles Perrault, para explorar una zona olvidada de nuestra cinematografía: el erotismo y el sexo descarnado sin medias tintas.

Olvide el lector las escenas que pueden venirle a la mente, el cine cubano anterior hizo uso del componente erótico desde una perspectiva tímida, un ligero brochazo que condimentaba anécdotas interesadas más en documentar la realidad de la época, pienso en el cine de la década del noventa, por no remontarnos a los espectáculos privados del cine Shanghai y el explícitamente porno realizado antes del triunfo de la Revolución.

No, Ferozz, ya es otra cosa. La película intenta ser una especie de fábula noir erótica que explora el lado oscuro del ser humano y la relatividad de la inocencia, una mezcla entre Lolita, la novela de Nabokov; la Caperucita Roja, de Perrault; y las atmósferas inquietantes de las películas Malabimba de Andrea Bianchi y La bestia de Walerian Borowczyk.

Los que aún no la han visto, créanme si les digo que encuentro en Ferozz reminiscencias de En compañía de lobos, película de Neil Jordan, o de Caperucita Verde, uno de los capítulos de la telenovela argentina Casi Ángeles, además de escenas del manga japonés Tokio Akazukin. Pueden hacerlo, porque Ferozz es todo eso y nada al mismo tiempo.

Lo primero que salta a la vista del espectador es la total incongruencia planteada desde el mismo inicio del filme, lo que se nos cuenta no es lo que parece. No entendemos por qué la abuela interpretada por Pancho García ama o detesta a sus familiares, tampoco sabemos cuáles son los móviles de Roberto Perdomo y Dayane Legrá, o los de Ana Silvia Machado.

Solo ya bastante avanzada Ferozz muestra sus cartas, la historia que hasta entonces tratábamos de adivinar se nos presenta como una recontextualización en la campiña cubana de la historia de la Caperucita Roja. Hasta entonces el espectador ha pagado las exigencias de una historia que dejó de interesarle hace mucho, error atribuible a un guión plagado de lugares comunes, que asienta su historia en un conflicto que no tienen claro ni siquiera sus realizadores y que paga su fracaso al tratar de resultar atrevido e interesante cuando es todo lo contrario.

¿O acaso el pretexto de la escritura de las tierras en poder de la abuela es suficiente para soportar el desfile de senos, traseros, pelvis, entrepiernas y torsos que atraviesa el filme, como si solo importara esto? Unamos a este resbalón la pobreza de una fotografía que hubiese sido preferible se volviera paisajística en lugar de correcta, y no hablo de corrección a la usanza de oficio.

En términos narrativos, Ferozz deja mucho que desear con su filiación al campo y contracampo, la extensión de los planos y una iluminación puntillista e innecesaria, a lo que tampoco ayudan la edición y el diseño sonoro, preocupados por seguir la historia y no su esencia, créanlo o no, el propio metraje de la cinta habla por sí solo: se sostiene en apenas una hora y diez minutos.

 

© Asociación Hermanos Saíz. 2011.